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Historia de México

Historia contemporanea de América Latina
Tulio Alperin Donghi

Alianza editorial mexicana

ISBN 968-206 1192-1


Capítulo 1
El pacto colonial

Todavía a principios del siglo XIX seguían siendo visibles en lberoamérica las huellas del proceso de conquista. Las de las vicisitudes de los conquistadores mismos, que iban a fascinar a los historiadores de esa centuria: Lima, Buenos Aires, Asunción, eran el fruto perdurable de la decisión de ciertos hombres... Tras de esa versión heroica de la histoire événementielle no es imposible descubrir ciertos acondicionamiento s objetivos de esas trayectorias fulgurantes, aparentemente regidas por una caprichosa libertad; es la vigencia perdurable de esos acondicionamientos la .que asegura la continuidad entre la conquista y la más lenta colonización.

Como sabían bien quienes en el siglo XVIII se habían inclinado sobre el enigma de ese gigantesco imperio dominado por una de las más arcaicas naciones de Europa, lo que había movido a los conquistadores era la búsqueda de metal precioso. Siguiendo sus huellas, su poco afectuosa heredera la corona de Castilla iba a buscar exactamente lo mismo y organizar sus Indias con este objeto principal. Si hasta 1520 el núcleo de la colonización española estuvo en las Antillas, las dos décadas siguientes fueron de conquista de las zonas continentales de meseta, donde iba a estar por dos siglos y medio el corazón del imperio español, desde México hasta el Alto Perú; ya antes de mediados de siglo el agotamiento de la población antillana ha puesto fin a la explotación del oro superficial del archipiélago; hacia esa fecha la plata excede ya en volumen al oro en los envíos de metal precioso a la metrópoli, y a fines de esa centuria lo supera también en valor.

Para ese momento las Indias españolas han adquirido una figura geográfica que va a permanecer sustancialmente incambiada hasta la emancipación. Sin duda las Antillas, y hasta mediados del siglo XVIII el entero frente atlántico, son el flanco débil de ese imperio organizado en torno a la minería andina: desde Jamaica hasta la Colonia de Sacramento en el Río de la Plata, el dominio español ha retrocedido en más de un punto (provisoria o definitivamente) ante la presión de sus rivales. Aun así, el imperio llega casi intacto hasta 1810, y es precisamente la longevidad de esa caduca estructura la que intriga (ya veces indigna) a los observadores del siglo XVIII.

Ese sistema colonial tan capaz de sobrevivir a sus debilidades tenía -se ha señalado ya- el fin principal de obtener la mayor cantidad posible de metálico con el menor desembolso de recursos metropolitanos. De aquí deriva más de una de las peculiaridades que el pacto colonial tuvo en América española, no sólo cuanto a las relaciones entre metrópoli y colonias, sino también en las que corrían entre la economía colonial en su conjunto y los sectores mineros dentro de ella. ¿De qué manera podía lograrse, en efecto, que las tierras que producían metálico suficiente para revolucionar la economía .europea estuviesen crónicamente desprovistas de moneda? Dejando de lado la porción -nada desdeñable- extraída por la Corona, por vía de impuesto, era necesario orientar hacia la metrópoli, mediante el intercambio comercial, la mayor parte de ese tesoro metálico. Ello se hacía posible manteniendo altos no sólo los costes del aporte de la economía metropolitana, sino también los de comercialización, sea entre España y sus Indias, sea entre los puertos y los centros mineros de éstas. Las consecuencias de este sistema comercial para la economía hispanoamericana era múltiples y tanto más violentas cuanto más las favoreciesen los datos de la geografía. La primera de ellas era la supremacía económica de los emisarios locales de la economía metropolitana: el fisco. y los comerciantes que aseguraban el vínculo con la Península. La segunda era el mantenimiento casi total de los demás sectores de la economía colonial -incluso en más de un aspecto los mineros- al margen de la circulación monetaria.

Las ventajas que este sistema aportaba a la metrópoli son evidentes. Más dudoso parece que pudiese deparar algunas a los sectores a los que la conquista había hecho dominantes en las colonias; pero los puntos de vista de éstos (luego. de las pruebas de fuerza de las que abundó el siglo. XVI) debieron aprender a conciliarse con los de la Corona, organizadora de la economía indiana en beneficio de la metrópoli. Esa conciliación -base de un equilibrio siempre inestable y no. desprovisto de tensiones- fue posible sobre todo gracias a que (desde una perspectiva americana) el botín de la conquista no incluía sólo metálico, sino también hombres y tierras. Lo que, hizo del área de mesetas y montañas de México a Potosí el núcleo de las Indias españolas no fue sólo su riqueza minera, sino también la presencia de poblaciones indígenas, a las que su organización anterior a la conquista hacía utilizables para la economía surgida de ésta.

La tierra y los hombres

Para la minería, desde luego, pero también para actividades artesanales y agrícolas. Hacia estas últimas se orientan predominantemente los conquistadores y sus herederos, primero como encomenderos a quienes un lote de indios ha sido otorgado para percibir de ellos el tributo que de todos modos los vasallos indígenas deben a la Corona; luego --de modo cada vez más frecuente en medio del derrumbe demográfico del siglo XVII- como dueños de tierras recibidas por mercedes reales. Sobre la tierra y el trabajo indio se apoya un modo de vida señorial que conserva hasta el siglo XIX rasgos contradictorios de opulencia y miseria. Sin duda, la situación de los nuevos señores de la tierra no ha sido ganada sin lucha, primero abierta (el precio del retorno a la obediencia en el Perú, luego de las luchas entre conquistadores, a mediados del siglo XVI, fue una mejora en el status jurídico de los encomenderos) y luego más discreta contra las exigencias de la Corona y de los sectores mineros y mercantiles que contaban en principio con su apoyo: a medida que el derrumbe de la población indígena se aceleraba, la defensa de la mano de obra (en particular contra esa insaciable devoradora de hombres que era la mina) se hacía más urgente, y antes de llenar --con entera justicia- uno de los pasajes más negros de la llamada leyenda negra, la mita -el servicio obligatorio en las minas y obrajes textiles- había ganado una sólida antipatía entre señores territoriales y administradores laicos y eclesiásticos de las zonas en que los mitayos debían ser reclutados.
Los señores de la tierra tenían así un inequívoco predominio sobre amplias zonas de la sociedad colonial; no habían conquistado situación igualmente predominante en la economía hispanoamericana globalmente considerada. Esta es una de las objeciones sin duda más graves a la imagen que muestra al orden social de la colonia dominado por rasgos feudales, por otra parte indiscutiblemente presentes en las relaciones socioeconómicas de muy amplios sectores primarios. Pero es que el peso económico de estos sectores es menor de lo que podría hacer esperar su lugar en el conjunto de la población hispanoamericana (y aun éste era desde el siglo XVII menos abrumadoramente dominante de lo que gusta a veces suponerse). Ello es asi porque es la organización de la entera economía hispanoamericana la que margina a esos sectores, a la vez que acentúa en ellos los rasgos feudales.
Por otra parte, éstos están lejos de aparecer con igual intensidad en el entero sector agrícola. Desde muy pronto surgen al lado de la tierras de agricultura indígena islotes de agricultura española; pese a la exigüidad de éstos, su sola supervivencia está mostrando una de las fallas de la agricultura apoyada en el trabajo indio: debiendo sostener dos estructuras señoriales a la vez (la todavía muy fuerte de origen prehispánico y la española, laica y eclesiástica a la vez) le resulta cada vez más fácil, mientras el derrumbe demográfico y la concurrencia de otras actividades arrebatan buena parte de su mano de obra, producir a precios bajos excedentes para el mercado.
La catástrofe demográfica del siglo XVII provocará transformaciones aun más importantes en el sector agrario: reemplazo de la agricultura por la ganadería del ovino, respuesta elaborada desde México hasta Tucumán a la disminución de la población trabajadora; reemplazo parcial de la comunidad agraria indígena, de la que el español se limita a extender una renta señorial en frutos y trabajo, por la hacienda, unidad de explotación del suelo dirigida por españoles. Este último cambio es, sin embargo, muy incompleto; de intensidad y formas jurídicas variables según las comarcas, de algunas estuvo casi totalmente ausente. Es que el estímulo brutal del derrumbe demográfico no bastaba para provocado; era necesaria también la presencia de mercados capaces de sostener, mediante la expansión del consumo, una expansión productiva: a diferencia de la comunidad indígena, a la que la conquista ha impuesto un nuevo señor, la hacienda es una organización orientada hacia consumidores ajenos a ella.
Su triunfo es entonces limitado; se da con mayor pureza allí donde el contacto más directo con la economía metropolitana, gracias al cual los sectores mercantiles y mineros defienden mejor su parte del producto de la actividad económica, da a las economías urbanas una mayor capacidad de consumo. Esa es sin duda la causa del ritmo relativamente más acelerado que el proceso tuvo en México, que pese al papel secundario que al principio le cupo dentro de la producción minera hispanoamericana alcanzó, desde muy pronto, una situación relativamente privilegiada en sus relaciones económicas con la metrópoli. Pero aún en México el avance de la hacienda no dará lugar al surgimiento de un asalariado rural auténtico: los salarios, aunque expresados por lo menos parcialmente ,términos monetarios, de hecho son predominantemente en especie, y por otra parte el endeudamiento de los peones hace ilusoria su libertad de romper la relación con patrón. No ha de olvidarse por añadidura que, entre la explotación directa de toda la tierra y la percepción pura y simple de una renta señorial, existen numerosos estadios intermedios (comparables a los bien conocidos en la metrópoli y la entera Europa) en que si el campesino cultiva para sí un lote, debe trabajar con intensidad localmente variable la tierra señorial... Esta última solución, si facilita la producción de excedentes para mercados externos, no siempre va acompañada de ella; en este punto el panorama hispanoamericano es extremadamente complejo, y estamos por cierto lejos de conocerlo bien.
De todos modos, dentro del orden económico colonial la explotación agrícola forma una suerte de segunda zona, dependiente de la mercantil y minera (en la medida en que a través de ellas recibe los últimos ecos de una economía monetaria de ritmo, lento y baja intensidad), pero a la vez capaz de desarrollos propios bajo el signo de una economía de autoconsumo que elabora su propios y desconcertantes signos de riqueza. Este repliegue sobre sí misma ofrece solución sólo provisional y siempre frágil al desequilibrio entre ambas zonas: hay en el sector dominante quienes se interesan en mantener entreabierta la comunicación con la que tiende a aislarse; buena parte de los lucros que las Indias ofrecen suelen cosecharse en esa frontera entre sus dos economías. Esos esfuerzos cuentan en general con el apoyo del poder político: la función del sector agrícola es, dentro del orden colonial, proporcionar alimentos, tejidos y bestias de carga a bajo precio para ciudades y minas; si una incorporación menos limitada del sector rural a los circuitos económicos encarecería acaso sus productos, su aislamiento total tendría la consecuencia aun más grave de hacerlos desaparecer de los mercados mineros y urbanos.
Esa combinación de intereses privados y presiones oficiales tiene acaso su expresión más típica (aunque sin duda no su manifestación más importante) en la institución del repartimiento. Para evitar que, por ausencia de una espontánea corriente de intercambios, faltase a enteras zonas rurales lo más necesario, se decide inducir esta corriente por acto de imperio: los corregidores, funcionarios ubicados por la Corona al frente de enteros distritos, ofrecerán esos productos al trueque de las poblaciones indígenas sometidas a su mando. Se adivina qué provechos dejó el sistema a funcionarios y comerciantes por ellos favorecidos: las quejas sobre las muchas cosas inútiles que se obliga a los indios a comprar -fondos de almacén que no han encontrado adquirientes en la ciudad- se hacen cada vez más ruidosas a lo largo del siglo XVIII. Pero si estos episodios dicen mucho sobre la situación real de los campesinos indígenas, también echan luz sobre las limitaciones del poder y la riqueza de los señores territoriales: la debilidad de éstos frente a la doble presión de la Corona y de los emisarios de la economía mercantil se hace sentir no sólo cuando examinamos globalmente la economía colonial hispanoamericana, sino aun si se limita el campo de observación a los rincones semiaislados que se supondría destinados a sufrir el inmitigado predominio señorial.


El comercio y la minería

Menos nítida es la situación en lo que toca a las relaciones entre sectores mercantiles y mineros. Como en la explotación de la tierra, y todavía más que en ésta, se impone la diferenciación entre México y el resto del imperio. Mientras en México los mineros constituyen un grupo dotado de capital bastante para encarar a menudo autónomamente la expansión de sus explotaciones (y aun cuando deben buscarlo fuera, la comparativa abundancia hace que no deban sacrificar a cambio de él su autonomía económica real), en Perú los mineros de Potosí dependen cada vez más de los adelantos de los comerciantes, y el ritmo despiadado que a lo largo del siglo XVIII imponen a la explotación de la mano de obra, a medida que se empobrecen los filones, es en parte una tentativa de revertir sobre ésta las consecuencias de la dependencia creciente de la economía minera respecto de la mercantil. Esta diferencia entre México y el resto del imperio (que hace que, nada sorprendentemente, en México un efectivo régimen de salariado ----con niveles que observadores europeos encuentran inesperadamente altos- domine la actividad minera y aparezca en algunos sectores privilegiados de la agrícola) se vincula (como se ha observado ya) con la situación privilegiada de esta región, menos duramente golpeada por las consecuencias del pacto colonial.

Capítulo 2
La segunda conquista

Este pacto colonial, laboriosamente madurado en los siglos XVI y XVII, comienza a transformarse en el siglo XVIII. Influye en ello más que la estagnación minera -que está lejos de ser el rasgo dominante en el siglo que asiste al boom de la plata mexicana- la decisión por parte de la metrópoli de asumir un nuevo papel frente a la economía colonial, cuya expresión legal son las reformas del sistema comercial introducidas en 1778-82, que establecen el comercio libre entre la Península y las Indias.
¿Qué implicaban estas reformas? Por una parte la admisión de que el tesoro metálico no era el solo aporte posible de las colonias a la metrópoli; por otra -en medio de un avance de la economía europea en que España tenía la participación limitada pero real-, el descubrimiento de las posibilidades de las colonias como mercado consumidor. Una y otra innovación debían afectar el delicado equilibrio interregional de las Indias españolas; los nuevos contactos directos entre la metrópoli y las colonias hacen aparecer a ésta como rival -y rival exitosa de las que entre éstas habían surgido como núcleos secundarios del anterior sistema mercantil. Es lo que descubren los estudiosos del comercio colonial en el siglo XVIII, desde el Caribe al Plata, desde las grandes Antillas antes ganaderas y orientadas hacia el mercado mexicano, ahora transformadas por la agricultura del tabaco y del azúcar y vueltas hacia la Península, hasta el litoral venezolano, que reorienta sus exportaciones de cacao de México a España, y hasta las pampas rioplatenses en que se expande una ganadería cuyos cueros también encuentran salida en la metrópoli.
En los casos arriba mencionados el contacto directo con la Península comienza la fragmentación del área económica hispanoamericana en zonas de monocultivo que terminarán por estar mejor comunicadas con su metrópoli ultramarina que con cualquier área vecina. Esa fragmentación es a la larga políticamente peligrosa; si parece fortificar los vínculos entre Hispanoamérica y su metrópoli, rompe los que en el pasado han unido entre sí a las distintas comarcas de las Indias españolas.
La reforma comercial no sólo consolida y promueve esos cambios en la economía indiana; se vincula además -tal como se ha señalado- con otros que se dan en la metrópoli. Esa nueva oleada de conquista mercantil que desde Veracruz a Buenos Aires va dando, a lo largo del siglo XVIII, el dominio de los mercados locales a comerciantes venidos de la Península (que desplazan a los criollos antes dominantes) es denunciada en todas partes como afirmación del monopolio de Cádiz. Pero a su vez, quienes dominan el nudo mercantil andaluz provienen ahora de la España del Norte; Cádiz es esencialmente el emisario de Barcelona. Junto con la hegemonía mercantil de la renaciente "España septentrional se afirma también -más ambiguamente-- su avance industrial, que las me¬didas proteccionistas incluidas en el nuevo sistema comercial intentan fortalecer asegurándole facilidades en el mercado colonial. En este sentido la reforma alcanza un éxito muy limitado: el despertar económico de la España del setecientos no tiene vigor bastante para que la metrópoli pueda asumir plenamente el papel de proveedora de productos industriales para su imperio.
Estando así las cosas, los privilegios que el nuevo sistema comercial otorga a la metrópoli benefician menos a su industria que a su comercio: el nuevo pacto colonial fracasa sustancialmente porque mediante él España sólo logra transformarse en onerosa intermediaria entre sus' Indias y las nuevas metrópolis económicas de la Europa industrial

Capítulo 3
Descripción de la América hispana

A. Presentación regional

a) México

De la Hispanoamérica marcada por las huellas contradictorias de tres siglos de colonización, México era la región más poblada, la más rica, la más significativa para la economía europea. Su capital era la ciudad más grande del Nuevo Mundo; no sólo su población; también la magnificencia de casas privadas y palacios públicos hacen de ella una gran ciudad a escala mundial, transformada por la prosperidad traída por la expansión minera del setecientos. En efecto, es la explotación de la plata del México septentrional la que sostiene el crecimiento capitalino: en toda la ceja septentrional de la meseta de Anahuac -en Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí-, minas nuevas, mucho más vastas, se alinean junto a las antiguas.

Los reales de minas y su nueva fortuna vuelven a poner en primer plano al México del Norte; tras de ellos se expande la ganadería de las provincias interiores, que encuentra en la zona minera su centro de consumo; todavía más allá, muy débilmente pobladas, están las tierras del extremo norte, que deben sobre todo a decisiones políticas sus modestos avances demográficos: los avances rusos e ingleses en el Pacífico están anunciando nuevas amenazas para la frontera septentrional de las tierras españolas, y la Corona no quiere que ésta quede desguarnecida.

Ese México septentrional es menos indio que el central y meridional; ha sido más tocado que éste por la evolución que va desde la comunidad agraria indígena a la hacienda, en parte porque en amplias zonas de él la hacienda ganadera se implantó allí donde nunca se había conocido agricultura (y tampoco instalaciones indígenas sedentarias). Pero aun en tierras cultivadas desde tiempos prehispánicos la presencia de los reales de minas había dado estímulo a la evolución hacia la hacienda (productora para ese exigente mercado ). En ese Norte en expansión son los mineros más que los hacendados quienes dominan la sociedad local; unos y otros son, por otra parte, predominantemente blancos, y ocupan las primeras filas de esa alta clase criolla que en la capital rivaliza con la peninsular, ostentando frente a ella títulos de nobleza que en el siglo XVIII no ocultan su origen venal y son como la traducción, en los términos de jerarquías sociales más antiguas, del triunfo obtenido en la lucha por la riqueza; aun en Madrid habrá un pequeño grupo de criollos mexicanos enriquecidos por la plata, ennoblecidos por su riqueza, cuya vida ociosa y suntuosa será contemplada entre admirada y burlonamente por la nobleza metropolitana…

La inclinación de esa nueva aristocracia a la conspicuous consumption ha sido reprochada por ese implacable -y no siempre lúcido-- crítico retrospectivo de la élite criolla del México colonial que fue Lucas Alamán. El reproche es a la vez fundado e injusto: el derroche era el desemboque de una riqueza que una vez acumulada no encontraba muchos modos de invertirse útilmente. La agricultura del Norte era sobre todo de consumo local, la ganadería no exigía inversiones importantes, la artesanía (textil, cobre, cerámica) era el fruto del trabajo de obreros domésticos, crónicamente endeudados con los comerciantes, que encontraban demasiadas ventajas en el sistema vigente para revolucionario inyectando en él una parte de sus ganancias bajo la forma de inversiones de capital.

Sin duda la vigencia de este sistema hacía del México del Norte, minero y ganadero, un tributario del México central, y sólo la excepcional prosperidad de la minería mexicana impidió que esa dependencia tuviese las consecuencias que alcanzó -por ejemplo-- en el Alto Perú. Ahora bien, la riqueza minera no hallaba fácil volcarse en el México central, dominado rápidamente por los grupos comerciales consolidados gracias a la hegemonía de Veracruz, que fue uno de los resultados locales de la reforma comercial de 1778. Efectivamente, los comerciantes peninsulares que, gracias a ella, conquistaron desde Veracruz el sistema mercantil mexicano, estaban también detrás del avance de una agricultura de mercado, que roía sobre las mejores tierras de maíz de la meseta, y sobre todo de sus bordes. Si la expansión del trigo fue un episodio efímero, clausurado por causa de la competencia norteamericana, que conquistó el Caribe (aún el español) luego de 1795, el avance del azúcar estaba destinado a durar. Estas transformaciones agrícolas de la meseta dejan intactas a las tierras bajas, a primera vista más adecuadas para una agricultura tropical de plantación, que perma¬necen sin embargo despobladas, salvo en sus centros urbanos, y consagradas sólo en mínima medida a una agricultura de subsistencia.

Hay además en el México central una industria artesanal de importancia mayor que en el Norte: es la del centro textil de Puebla, donde la organización en manufacturas es antigua. Su producción se destina sobre todo al mercado interno, al que domina por entero en los sectores populares. Los comercializadores controlan la economía del textil, pero están a su vez subordinados por una red de adelantos, deudas y habilitaciones "a los grandes importadores y exportadores de Veracruz, dueños, en último término, de la economía del México central y meridional.

Es el predominio de éstos el que hace que para un observador rápido México aparezca sobre todo como un país predominantemente minero: Humboldt ya observaba que, sin embargo, año más, año menos, la agricultura y la ganadería producían treinta millones de pesos contra los veintidós o veinticuatro de las minas. No sólo porque la mayor parte de esa producción era de consumo lo¬cal su importancia permanecía semiescondida: todavía era la minería la actividad primaria Cuyos dominadores alcanzaban a liberarse mejor de la hegemonía de los comercializadores y a ingresar un número más importante en las clases altas del virreinato. De este modo el crecimiento mexicano -muy rápido en la segunda mitad del siglo XVIII- parece hacer crecer las causas del conflicto. En primer lugar, en una clase alta inevitablemente escindida entre señores de la plata -predominantemente criollos- y grandes comerciantes (a menudo transformados en terratenientes) del México central, que son predominantemente peninsulares. Los primeros tienen su expresión corporativa en el Cuerpo de Minería, los segundos en el Consulado de Comercio; en el plano político el Cabildo de México es la fortaleza de la aristocracia criolla, frente a las magistraturas de designación metropolitana.
Toda esa clase alta es escandalosamente rica, su prosperidad va acompañada de una muy honda miseria popular. Por el momento, este contraste -evidente para observadores extraños- no parece haber hecho temer nuevas tensiones. Lo grave era que en México el progreso tendía a acentuar las oposiciones mismas que estaban ya en su punto de partida. Se daba, en primer lugar, en medio de una rápida expansión demográfica; de menos de tres millones de habitantes a mediados del siglo XVIII, México pasa a algo más del doble medio siglo después. Pese a que la expansión de la capital (más de 130.000 habitantes en 1800) y la de las zonas mineras acrecen los sectores de economía de mercado, la mayor parte de esa expansión se hace en el sector de autoconsumo, cuya participación en el dominio de la tierra es disminuida por el avance de los cultivos de exportación. He aquí un problema que va a gravitar con dureza creciente en la vida mexicana: ya es posible adivinado detrás de la violencia de los alzamientos de Hidalgo (que afecta al contorno agrícola de la zona minera del Norte) y de Morelos (zona de agricultura subtropical del Sur). Otro problema que afecta a sectores menos numerosos, pero más capaces de hacerse oír permanentemente, es el del desemboque para la población urbana que, en parte a causa de la inmigración forzada de campesinos, en parte por el puro crecimiento vegetativo, aumenta más rápidamente que las posibilidades de trabajo en la ciudad. No se trata ahora tan sólo de una plebe sin ocupación fija (los temibles léperos de la capital, disponibles para todos los tumultos), sino de una clase media incapaz de encontrar lugar suficiente en las filas no bastante amplias de la nueva buro¬cracia y del clero, y particularmente sensible, por eso mismo, a las preferencias que en ellas encuentran los peninsulares.

El progreso mexicano preparaba así las tormentas que lo iban a interrumpir. No por eso dejaba de ser el aspecto más brillante de la evolución hispanoamericana en la etapa ilustrada. Para la Corona, cuyo progresismo está inspirado, en parte, en criterios fiscalistas, México, capaz de proporcionar los dos tercios de las rentas extraídas de las Indias, es la colonia más importante. Para la econo¬mía metropolitana también: la plata mexicana parece encontrar como espontáneamente el camino de la metrópoli. Sin duda, México hace en el imperio español figura de privilegiado, y la riqueza monetaria por habitantes es superior a la de la metrópoli; pero no sólo esa riqueza está increíblemente concentrada en pocas manos; es por añadidura el fruto de la acumulación de una parte mínima de producto de la minería mexicana; año tras año, el 95 por 100 de la producción de plata toma el camino de Europa; el 50 por 100, sin contraprestación alguna, y el resto como consecuencia -por lo menos parcial- de un sistema comercial sistemáticamente orientado en favor de los productos metropolitanos.

b) Las Antillas

Si México es, a fines del siglo XVIII, la más importante económicamente de las posesiones indianas, no es ya la que crece mas rápidamente. Las Antillas españolas están recorriendo más tardíamente el camino que desde el siglo XVII fue el de las francesas, inglesas y holandesas: originariamente ganaderas, desde comienzos del siglo XVIII se orientan hacia la agricultura tropical. Es sobre todo Cuba la beneficiaria de esta expansión, acelerada luego por la ruina de Haití (que hace del oriente cubano tierra de refugio para plantadores franceses) y anticipada desde el siglo XVII por la aparición del tabaco como segundo rubro de la economía cubana al lado del ganado. Pero la fortuna del tabaco es variable y el monopolio regio de compra pone -a partir del último tercio del siglo XVIII- un límite a su expansión. La del azúcar es, por el contrario, acelerada por la coyuntura internacional: la guerra de independencia de Estados Unidos abre la economía cubana al contacto de estos aliados de España; luego el ciclo de la revolución francesa y las guerras civiles imperiales le asegura -tras de un breve paréntesis de estancamiento-- una nueva y más rápida expansión. Esta se produce en buena parte al margen del sistema comercial español, y aun en la medida en que se da dentro de éste supone un mercado consumidor más amplio que el metropolitano. La expansión azucarera -que lleva de un promedio de exportaciones de 480.000 arrobas en 1764-69 a uno de 1.100.000 en 1786-90, y alrededor de dos millones y medio para 1805- se produce en medio de una crónica escasez de capitales, en explotaciones pequeñas, que trabajan con esclavos relativamente poco numerosos (sólo en las cercanías de La Habana hay ingenios de más de 100 negros), cuyos propietarios arrastran pesadas deudas frente a los comerciantes habaneros que les han adelantado lo necesario para instalarse. El azúcar tardará en crear en Cuba una clase de plantadores ricos: enriquecerá, en cambio, rápidamente a los comerciantes que los habilitan. Consecuencias indirectas de la situación son cierto arcaísmo técnico, impuesto por la escasez de capital y pequeñez de las unidades de explotación, y la limitación de los cambios en el equilibrio racial (entre 1774 y 1817 la población negra pasó del 43,8 al 55 por 100, mientras que el número de habitantes de la isla subía de alrededor de 170.000 a alrededor de 570.000; la Habana pasaba, por su parte, entre 1971 y 1825 de los 50.000 a los 130.000 habitantes).

c) América central

Frente al crecimiento de México y Cuba, América central, organizada en la Capitanía General de Guatemala, se mostraba más estática. De su millón y medio de ha¬bitantes, más de la mitad eran indios, menos del 20 por 100 blancos, el resto castas mezcladas y negros. El mayor predominio indígena se encuentra en- el Norte, en lo que será Guatemala, tierra de grandes haciendas y comunidades indígenas fuertemente señorializadas, orientadas por otra parte hacia el autoconsumo. El Salvador, en tierras más bajas y cálidas, tiene una población más densa de indios y mestizos y una propiedad más dividida. Son los comerciantes los que dominan la zona y controlan la producción y exportación del principal producto con el que Centroamérica participa en la economía internacional: el índigo. Más al Sur, Honduras y Nicaragua son tierras de ganadería extensiva, escasamente próspera poblada sobre todo de mestizos y mulatos; en Costa Rica, el rincón más meridional y despoblado de la capitanía, se han instalado en la segunda mitad del siglo XVIII colonos gallegos, que desarrollan una agricultura dominada por el autoconsumo en el valle central, en torno a Cartago.

d) Nueva Granada

Las tierras sudamericanas del Caribe son de nuevo zonas de expansión. Nueva Granada tiene su principal producto de exportación en el oro, explotado desde el siglo XVI, pero cuya producción creció rápidamente en el siglo XVIII, y llegó a fines del siglo a superar la del Brasil (por su parte ya en decadencia). Pero Nueva Granada era región extremadamente compleja: integrada por una costa en que Cartagena de Indias, la ciudad-fortaleza, era el centro del poder militar español en la orilla sudamericana del Caribe, y dos valles paralelos, separados por montañas difícilmente transitables, cuyos ejes son ríos sólo navegables por trechos -el Cauca y el Magadalena-, la comarca debía adquirir sólo muy tardíamente alguna cohesión: la capital, Bogotá, ciudad surgida en medio de la meseta ganadera al este del Magdalena, encontraba una significativa dificultad para imponerse sobre sus rivales: Cartagena en la costa, Popayán en el Alto Cauca, Medellín en el Cauca medio. Esa falta de cohesión se traduce en otras formas de heterogeneidad: a la costa de población blanca y mulata se contrapone un interior predominantemente mestizo, pero con población blanca importante (más del 30 por 100 para toda Nueva Granada); por su parte, las zonas de minería, en el Alto Cauca y el Atrato, tenían también una concentración de población negra esclava. La meseta de ganadería y agricultura templada (que iba a ser uno de los núcleos de la futura Colombia) estaba en parte en manos de grandes terratenientes (es el caso de la llanura de Bogotá); en otras zonas la propiedad se halla más dividida; así en las tierras de Antioquía, intermediarias entre la zona aurífera y la costa.
Nueva Granada avanza entonces sobre líneas muy tradicionales, y su contribución a la economía ultramarina es sobre todo la de sus -minas de metales preciosos: en 1788 se exportan 1.650.000 pesos en metálico y sólo 250.000 pesos en frutos (un conjunto de rubros muy variados); el desbarajuste de los años de guerra impide tener cifras igualmente representativas para los años que siguen. Al lado del comercio legal está el de contrabando: Jamaica, que lo domina desde el siglo XVII, es cada vez más importante para Nueva Granada. Gracias a los intérlopes el virreinato no queda desprovisto de importaciones europeas en los años de aislamiento. Pero el comercio irregular deprime toda exportación que no sea la de metálico y presiona sobre otras producciones locales: aun el trigo de la meseta halla dificultad para sobrevivir al lado del importado... Esos avances desiguales se refle¬jan también en la curva demográfica: alrededor de un millón de habitantes hacia 1790, pero ninguna ciudad de más de treinta mil; aliado de ello zonas rurales de población relativamente densa, como la agrícola y artesanal del Socorro, al norte de Bogotá, abrigadas aun contra las ase;chanzas de la economía mundial por un volumen de intercambio más reducido aun que en otras áreas hispanoamericanas.

e) Venezuela

A esta Nueva Granada encerrada en sí misma se contrapone una Venezuela volcada, por el contrario, al (comercio ultramarino; su estructura interna, si es aún más compleja que la neogranadina, está también mejor integrada. Está en primer término la costa del cacao, continuada en los valles internos a los Andes venezolanos; en las zonas montañosas hay explotación pastoril de ganado menor. Entre la cordillera costeña y el Orinoco se encuentran los Llanos, poblados marginales de las zonas de más antigua colonización y consagrados a una ganadería de vacas y mulas. Sobre el Orinoco, gracias sobre todo al esfuerzo colonizador de la España- borbónica, están surgiendo algunos centros que encuentran dificultad en arraigar. Con una población que es la mitad de la neoranadina, Venezuela exporta por valor dos veces mayor que Nueva Granada. El más importante de sus rubros es el cacao (un tercio del total de las exportaciones, que excede los cuatro millones y medio de pesos); siguen el ín¬digo, con algo más de un millón, el café y el algodón. La agricultura costera y de los valles andinos se encuentra en manos de grandes propietarios que usan mano de obra predominantemente esclava; esta aristocracia criolla ha obtenido en 1778-85 su victoria sobre la Compañía Guipuzcoana, que había tenido el monopolio de compra y exportación el cacao venezolano, y lo había impuesto en e mercado metropolitano, haciendo posible un gran aumento de la producción local, pero reservándose lo mejor de los lucros del negocio. Los señores del cacao, los mantuanos de Caracas, dominan la economía venezolana, y son lo bastante ricos para que más de uno de ellos pueda permitirse hacer vida ociosa y ostentosa en la corte madrileña (donde los marqueses del chocolate venezolano son recibidos con la misma admiración burlona que los ennoblecidos millonarios de la plata mexicana).
Los Llanos vinculan su economía a circuitos más limitados: mulas y ganado para las Antillas, cueros que alcanzan el mercado europeo (pero sólo por valores anuales de algo más de cien mil pesos) y sobre todo animales para consumo en la costa: Venezuela no pertenece a la Hispanoamérica consumidora de cereales y legumbres (maíz y fríjoles en México, arroz, fríjoles y bananas en las tierras bajas del Caribe, las Antillas y Centroamérica, maíz y trigo en Nueva Granada), sino a la que devora carne, en cantidades increíbles para observadores extraños: como observa Humboldt, cada habitante de Caracas consume anualmente siete veces y media la que cada habi¬tante de París. Aun así, la ganadería no ofrece las mismas pasibilidades de enriquecimiento que la agricultura tropical.

f) La presidencia de Quito


En el Pacífico sudamericano la presidencia de Quito presenta, aún más acentuada que el virreinato de Perú, la oposición entre la casta y la sierra. La casta es aquí sobre todo el ancha valle del Guayas, consagrado a la agricultura tropical exportadora para ultramar (Guayaquil produce un cacao. que -si es de calidad más baja que el venezolano y sobre todo que el mexicano- es en cambio más barato) la misma que en Venezuela, se desarrolla aquí una agricultura de plantación, con mano de obra esclava. Pero la mayor parte de la población se encuentra en la sierra: en 1781 san casi 400.000 en el término de Quito, y 30.000 en el de Guayaquil; en 1822, según cálculos aproximativos, 550.000 y 90.000. Si la casta es predominantemente negra (en 1781 hay en jurisdicción de Guayaquil 17.000 negros, 9.000 indios y sólo memos de 5.000 blancos), la sierra es de predominio indio (hay allí un 68 por 100 de indígenas y un 26 por 100 de blancos); su capital -Quito, con 30.000 habitantes- es todavía una cuidad inesperadamente blanca. La sierra está mal integrada a una economía de intercambio ultramarino: en algunos rincones abrigados produce algodón, utilizada en artesanías domesticas, que encuentran su camino hasta el Ría de la Plata; el trigo de las tierras frías se consume en parte en la costa. Pero esas exportaciones -cuyos provechos hacen pasible el lujo de Quita, donde se concentran las señores de la tierra serrana y su abundante servidumbre -no impiden que la economía de la sierra sea en buena parte de autoconsumo. Ese relativo aislamiento tiene su huella en el idioma; en Quito comienza la maciza área serrana de lenguajes prehispánicas, que se extiende hasta el Alto Perú: al revés de lo que ocurre en México, donde el uso de las lenguas indígenas es un hecho importante pero ya marginal, aquí el quechua -y en el Alto Perú el aimara- es la lengua dominante de una zona en la que el español se implanta mal, limitado a una minoría blanca de señores territoriales, corregidores, ecle¬siásticos, que todavía a fines del siglo XVIII delegan una parte de su poder en una clase alta indígena, a menudo más aborrecida que sus mandantes.

g) Perú

Al sur de Quito, el virreinato de Perú vive una coyuntura nada fácil. La reorganización imperial de la segunda mitad del siglo XVIII ha hecho en él su primera víctima: la separación del virreinato neogranadino, y so re todo la del rioplatense, no han afectado tan sólo la importancia administrativa de Lima; completadas por decisiones de política comercial acaso más graves, arrebatan a Lima el dominio mercantil de la meseta altoperuana, y -a través de él- el de los circuitos comerciales del interior rioplatense; la ofensiva mercantil de Buenos Aires triunfa también -aunque de modo menos integral- en Chile. Sobre todo la pérdida del comercio altoperuano es im¬portante; la decadencia del gran centro de la plata no le impide ser aún el más importante de la América del Sur española. Esas pérdidas encuentran sin duda compensaciones: hay un aumento muy considerable de la producción de plata en el sur de las tierras bajoperuanas que han quedado para el virreinato de Lima, que en conjunto producen alrededor de dos millones y medio de pesos anuales hacia fines de siglo (que de todos modos sólo equivalen a la décima parte de la producción mexicana). La minería (y en ella, junto con la plata, el oro de la zona de Puno: por valor de cerca de cuatro millones de pesos anuales) seguía estando en la base de la economía y del comercio ultramarino de Perú. La sierra del Norte (un conjunto de valles paralelos a la costa, de ríos encajonados y agricultura de irrigación) es predominantemente mestiza y está mejor incorporada a circuitos comerciales relativamente amplios: mulas y textiles domésticos, aceitunas y frutas se envían a Quito o al Perú meridional. La costa es una franja de desiertos interrumpidos por breves oasis de irrigación: allí predomina una agricultura orientada hacia el mercado hispanoamericano (todavía no hacia el ultramarino): aguardiente de Pisco, consumido desde Nueva Granada hasta Chile, vino de la misma comarca, que llega hasta América central y México, algodón, que se teje en Quito; azúcar y arroz, que se distribuyen por el Pacífico sudamericano. Al lado de esa agricultura se da una artesanía muy vinculada á ella (predominantemente textil y cerámica). La sierra meridional, más ancha y maciza que la del Norte, es el gran centro de población indígena peruana, con su capital --el Cuzco- que lo fue de los incas. Allí centros agrícolas destinados a atender las zonas mineras, nudos urbanos de un comercio que vive el ritmo mismo de la minería tienen existencia rica en altibajos, mientras al margen de ellos una agricultura de subsistencia -basada en el maíz y la patata y una ganadería de la que se obtiene lanas -Variadas (de oveja, cabra, llama, etc.), que se vuelcan sobre todo en la artesanía doméstica son la base de la existencia de las comunidades indígenas. Estas predominan, en efecto, en la sierra, mientras la costa tiene una agricultura de haciendas y esclavos. La agricultura serrana vive oprimida por la doble carga de una clase señorial espa¬ñola y otra indígena, agravada por la del aparato político-eclesiástico, que vive también de la tierra. Las clases altas locales están supeditadas a las de la capital (Lima, que con su poco más de cincuenta mil habitantes ha quedado ya detrás de México y de La Habana, y está siendo alcanzada rápidamente por Buenos Aires y Caracas). La seda virreinal es también la de una aristocracia que une al dominio de la agricultura costeña el del comercio del conjunto del virreinato. Este, con su poco más de un millón de habitantes (de los cuales un 60 por 100 son indios, un 24 por 100 mestizos y un 4 por 100 negros esclavos) hace, por otra parte, figura modesta en el cuadro .de la población hispanoamericana.
Sin duda, el marco del virreinato peruano ahoga al comercio limeño, acostumbrado a moverse en uno más ancho, y obligado -ahora como antes y acaso más que antes- a dividir muy desigualmente sus lucros con el comercio metropolitano del que es emisario (en Perú, como en toda Hispanoamérica, casi todo el metálico encuentra demasiado fácilmente el camino de la metrópoli). Lima conserva aún, sin embargo, algún dominio del mercado chileno, que antes ha controlado por completo. Si en la segunda mitad del siglo XVIII Chile aprende a hacer sus importaciones ultramarinas (por otra parte muy modestas), sea directamente, sea sobre todo por vía de Buenos Aires, su comercio exportador se orienta aún hacia el Norte (sobre todo en cuanto al trigo, consumido en la costa peruana), y sigue gobernado por los mercaderes li¬meños, dueños de la flota mercantil del Callao (el puerto de la capital peruana) y poco dispuestos a renunciar a las ventajas del monopolio de compras que han organi¬zado en torno al trigo de Chile.

h) Chile

El reino de Chile, arrinconado en el extremo sur del Pacífico hispanoamericano, es la más aislada y remota de las tierras españolas. En el siglo XVIII también él crece: la producción (y por tanto la exportación) de meta1c;s preciosos está en ascenso y llega hacia fines de siglo a cerca de dos millones de pesos anuales. Pero la economía chilena no dispone de otros rubros fácilmente exportables: si el trigo encuentra su mercado tradicional en Lima, la falta de adquirientes frena una posible expansión ganadera: los cueros de la vertiente atlántica encuentran acceso más fácil a Europa que los de Chile; el sebo tiene en Perú un mercado seguro; pero limitado. La población crece más rápidamente de lo que esa economía en lento avance haría esperar (al parecer se acerca al millón de habitantes hacia 1810) y sigue siendo abrumadoramente rural (Santiago, la capital, no llega a los diez mil habitantes) y formada de blancos y mestizos. Este avance demográfico, vinculado con la expansión del área ocupada (por conquista sobre la muy resistente frontera indígena, acelerada en el siglo XVIII gracias al nuevo interés de la metrópoli por la empresa), se da sin transformaciones notables de la estructura social: el campo es dominado por la gran propiedad, y trabajado en su mayor parte por labradores que explotan reducidos lotes individuales a la vez que cultivan la tierra señorial. En todo caso, la clase terrateniente se renueva en el siglo XVIII, abriéndose a no escasos inmigrante s peninsulares llegados a Chile, como a otras partes, como burócratas o comerciantes. En este último campo se da también la afirmación de un no muy numeroso grupo de mercaderes peninsulares que utilizan, sea la ruta directa a la metrópoli, sea sobre todo la de Buenos Aires.
En Chile, la oposición entre peninsulares y americanos es la dominante: la larga resistencia de los araucanos ha impedido su integración como grupo en la sociedad colonial; si el aporte indígena a la población chilena es sin duda -en la perspectiva de casi tres siglos de dominio español- el más importante, se ha traducido en la formación de un sector mestizo en que los aportes culturales son abrumadoramente españoles, y que se distingue mal del blanco: es por tanto imposible medir la exactitud de los cálculos de comienzos del siglo XIX, que dan un 60 por 100 de mestizos (mientras padrones de 1778 atribuían a ese sector sólo un 10 por 100 del total); es la noción misma de mestizo la que -insuficientemente definida explica esas oscilaciones. La población negra es escasa (cosa nada sorprendente en una región de riqueza monetaria también comparativamente pequeña); al llegar la revolución los negros y mulatos no pasan en mucho de los diez mil.

i) Río de la Plata

Mientras Chile permanece escasamente tocado por las transformaciones de la estructura imperial de la segunda mitad del siglo XVIII, el Río de la Plata es acaso, junto con Venezuela y las Antillas, la comarca hispanoamericana más profundamente afectada por ellas. Por razones ante tod9 políticas (necesidad de establecer una barrera al avance portugués), la Corona aporta su apoyo decidido a un proceso que ya ha comenzado a insinuarse: la orientación hacia el Atlántico de la economía de- Tucumán, de Cuyo, del Alto Perú, de Chile. Es en ése un aporte decisivo al crecimiento de Buenos Aires, centro de importación de esclavos para todo el sur del imperio español desde 1714, y desde 1776 cabeza de virreinato (y, por tanto, capital administrativa del Alto Perú), a la que un conjunto de medidas que gobiernan su comercio ase¬guran algo más que las ventajas derivadas de su situación geográfica y la dotan de un hinterland económico que va hasta el Pacífico y el Titicaca. El ascenso de la ciudad es rápido; no sólo crece su población, también su aspecto se transforma desde aldea de casas de barro hasta réplica ultramarina de una ciudad de provincia andaluza.


Este crecimiento refleja el de una administración hecha más frondosa por las reformas borbónicas, pero sobre todo el de una clase mercantil súbitamente ampliada -como en otras partes- gracias a la inmigración de la Península, y enriquecida con igual rapidez. Ese sector mercantil prospera, sobre todo, gracias a su dominio sobre los circuitos que rematan en el Alto Perú: en sus años mejores la capital del nuevo virreinato exporta por valor de algo más de cinco millones de pesos, de los cuales el 80 por 100 es plata altopetuana. Igualmente vinculada con el Norte está la economía del interior rioplatense: la de los distritos comerciales, ganaderos, artesanales de la ruta altoperuana, que envían mulas y lanas, pieles curtidas y carretas hacia el Norte minero, pero también la de los distritos agrícolas subandinos, donde gracias al riego se cultiva el trigo, la vid y la alfalfa. Unos y otros encuentran un mercado alternativo en el litoral y en su rica capital, pero los productos agrícolas han sufrido un golpe muy rudo con la aproximación económica de la metrópoli, luego de 1778: el trigo, el vino del Levante español expulsan de Buenos Aires a los de Cuyo.
Aunque menos rápidamente que su capital, el conjunto del litoral rioplatense crece en la segunda mitad del siglo XVIII a ritmo afiebrado. Más bien que las tierras dominadas desde antiguo (las de Buenos Aires y Santa Fe, que desde el siglo XVI son defendidas contra los indios para asegurar una salida al Atlántico al sur de las Indias españolas, y en que hasta mediados del siglo XVIII ha dominado una ganadería destructiva, que caza y no cría el vacuno) son las más nuevas al este del Paraná y del Río de la Plata las que se desarrollan. Sus ventajas son múltiples: aquí dos siglos de historia no han creado una propiedad ya demasiado dividida para las primeras etapas de ganadería extensiva; aquí está más cerca ese reservorio de mano de obra en que se han transformado las misiones guaraníes, luego de la expulsión de los jesuitas; aquí (al revés que en las tierras de Buenos Aires y Santa Fe) los indios no constituyen una amenaza constante; si no han abandonado su papel de saqueadores, se han constituido a la vez en intermediarios entre las cierras españo¬las y las portuguesas (y el contrabando de ganado al Brasil es uno de los motores de la expansión ganadera). Una sociedad muy primitiva y muy dinámica se constituye en esas tierras nuevas, laxamente gobernadas desde las jurisdicciones rivales de Buenos Aires y Montevideo. Esta última ciudad, que debía ser la capital del nuevo litoral, está mal integrada a su campaña: surgida demasiado tarde, crecida sobre todo como base de la marina de guerra, le resulta difícil luchar contra el influjo de la más antigua Buenos Aires, para la cual la nueva riqueza mercantil constituye además una decisiva carta de triunfo.

j) Paraguay

Al norte del litoral ganadero las tierras de Misiones y de Paraguay tienen destinos divergentes. Desde la expulsión de los jesuitas Misiones ha entrado en contacto clandestino, pero cada vez más frecuente, con las tierras de colonos españoles; la estructura comunitaria indígena ha sufrido con ello; la población del territorio misionero decrece vertiginosamente (menos por la extinción o reversión al estado salvaje que gustan de suponer historiadores adictos a la memoria de la compañía que por emigración al litoral ganadero). Misiones sigue produciendo algodón (exportado bajo forma de telas rústicas) y sobre todo yerba mate, que se bebe en una infusión que los jesuitas han sabido difundir hasta Quito, por toda la zona andina. Pero la producción misionera disminuye y la zona rival de Paraguay, dominada por colonos de remoto origen peninsular, triunfa: no sólo captura los mercados de yerba mate antes dominados por la compañía, también se beneficia con la política de fomento de la producción de tabaco, dirigida por la Corona contra las importaciones brasileñas; por añadidura, la expansión de la ganadería vacuna alcanza también a Paraguay.
El litoral vive dominado por los comerciantes de Buenos Aires; el pequeño comercio local es sólo nominalmente independiente, pues está atado por deudas originadas en adelantos imposibles de saldar; gracias a este predominio mercantil no surge en el litoral, hasta después de la revolución, una clase de hacendados de riqueza comparable a la de los grandes comerciantes de la capital, pese a que desde el comienzo predomina la gran explotación ganadera, que utiliza peones asalariados. Los salarios son en el litoral rioplatense excepcionalrpente altos, pero las necesidades de mano de obra son tan limitadas que ello no frena la expansión ganadera (perjudica en cambio, cada vez más, a la agricultura cerealista, concentrada en algunos distritos rurales de Buenos Aires). La ganadería litoral tiene por principal rubro exportador a los cueros (que llegarán a enviarse a ultramar por valor de un millón de pesos anuales): la industria de carnes saladas, con destino a Brasil y La Habana, que se desarro¬lla en la Banda Oriental del Uruguay en los quince años anteriores a la revolución, sólo logra exportar, en los años mejores, por un valor diez veces menor.

k) El Alto Perú

Pero el núcleo demográfico y económico del virreinato rioplatense sigue estando en el Alto Perú y en sus minas (las decadentes de Potosí, las más nuevas de Oruro). En torno a las minas se expande la agricultura altoperuana, en las zonas más abrigadas del altiplano (la más importante de las cuales es Cochabamba) y una actividad textil artesanal, ya sea doméstica, ya organizada en obrajes colectivos que utilizan el trabajo obligatorio de la población indígena. Al lado de las ciudades mineras, surgen las comerciales: la más importante es La Paz, centro a la vez de una zona densamente poblada de indígenas, y abundante en latifundios y obrajes, que establece el vínculo entre Potosí y el Bajo Perú (y sufre en este aspecto con las transformaciones comerciales de fines del siglo XVIII). El Alto Perú ha sido lo bastante rico como para crear una ciudad de puro consumo: Chuquisaca, donde hallan estancia más grata los más ricos mineros de Potosí y Oruro, es además sede de una Audiencia y de una Universidad. Esa estructura relativamente compleja depende del todo de la minería, y sufre con su decadencia, agravada desde 1802 por la imposibilidad de obtener mercurio suficiente de la metrópoli. La minería consume buena parte de la mano de obra indígena proporcionada por las tierras de comunidad y defendida por la Corona y los mineros contra las asechanzas de los propietarios blancos. Pero la condición de los indígenas agrupados en comunidad es acaso más dura que las de los que cultivan tierras de españoles: deben, además de ofrecer su cuota a la mita minera (que sólo desaparecerá en 1808), mantener a caciques, curas y corregidores.


. La economía y la sociedad del virreinato rioplatense muestran una complejidad que deriva, en parte, de que sus tierras han sido reunidas por decisión política en fecha reciente, luego de haber seguido trayectorias profundamente distintas. Idéntica situación en cuanto a la población: el Alto Perú es una zona de elevado porcentaje de indígenas y mestizos, con una exigua minoría blanca; por añadidura los indios -y en parte los mestizos urbanos- utilizan aún sus lenguas (quechua y aimara) y fuera de las ciudades suelen no entender español; la población negra es poco numerosa y se halla concentrada en tareas domésticas y artes anales urbanas. En el interior de las provincias rioplatenses (Tucumán y Cuyo), la población indígena era menos importante (salvo en el extremo norte); los mestizos predominaban, las tierras de comunidad eran ya excepcionales, pero el predominio de la gran propiedad no era la única situación conocida en las tierras de españoles. Había, en cambio, núcleos importantes de población negra (ésta, traída en el siglo XVII, luego del catastrófico derrumbe de la indígena, era, en su mayor parte, libre a fines del siglo XVIII). En el litoral las ciudades contaban con un 30 por 100 de negros y castas, entre los que predominaban los primeros; para los censos no existen casi indios ni mestizos pero, como en Chile, sus cifras parecen reflejar más bien la preponderancia de las pautas culturales españolas que un predominio de la sangre europea, desmentido por los observadores. En la campaña ganadera los negros eran más escasos; los indios (guaraníes), más frecuentes, y la diferencia a las castas hacía menos fácil alcanzar una imagen clara de su equilibrio. En Misiones una sociedad indígena estaba en rápido derrumbe, en Paraguay y el norte de Corrientes una mestiza (que usaba como lengua el guaraní, pero cuyos usos culturales eran mas españoles que indios) estaba sometida a una clase alta que se proclamaba (no siempre verazmente) blanca.

B. Análisis

He aquí un cuadro complejo hasta el abigarramiento: ello no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que en él se refleja el destino divergente de las comarcas hispanoamericanas a través de la primera y la segunda colonización española; a fines del siglo XVIII un equilibrio rico en desigualdades tiende a ser reemplazado por otro que, sin eliminarlas, introduce otras nuevas. Es posible -y oportuno-- señalar, junto con tantas diferencias, ciertos rasgos comunes a toda la América española. Uno de ellos es el peso económico de la Iglesia y de las órdenes, que se da, aunque con intensidad variable, tanto en México como en Nueva Granada o en el Río de la Plata, y que influye de mil maneras diversas en la vida colonial (como la mayor parte de las consecuencias no son propiamente económicas -en este aspecto la diferencia entre la propiedad civil y eclesiástica no era tan notable como hubiera podido esperarse-, se las examinará, sin embargo, más adelante). Otro es la existencia de líneas de casta cada vez más sensibles, que no se afirman tan sólo allí donde coinciden con diferencias económicas bien marcadas (por ejemplo en sociedades como la serrana de los Andes o la mexicana, donde los indios son --como los definirá luego un pensador peruano-- «una raza social»), sino también donde, por el contrario, deben dar nueva fuerza a diferenciaciones que corren peligro de borrarse, sobre todo entre blancos, mestizos y mulatos libres. Las tensiones entre estos grupos étnicos envenenan la vida urbana en toda Hispanoamérica, desde Montevideo, una fundación de aire tan moderno en ese Río de la Plata relativamente abierto a los vientos del mundo, en que un funcionario no logra, ni aun mediante una declaración judicial que atestigua la pureza de su sangre española, esquivar una insistente campaña que lo presenta como mestizo, y por lo tanto indigno de ocupar cargos de confianza, hasta Venezuela, en que la nobleza criolla, a través de algunos de sus miembros más ilustrados, se hace portavoz de resistencias más amplias al protestar contra la largueza con que las autoridades regias distribuyen ejecutorias de hidalguía a quienes tienen con qué pagarla. Allí donde existe, además, el abismo entre dominadores blancos y pobladores indios, esa resistencia adquiere un tono aún más prepotente y violento, tanto más irritante porque muchos de los que son legalmente blancos sólo pueden pasar por tales, porque en los dos siglos anteriores las curiosidades sobre linajes eran menos vivas. La diferenciación de castas es, sin duda, un elemento de estabilización, destinado a impedir el ascenso de los sectores urbanos más bajos a través de la administración, el ejército y la Iglesia, a la vez que a despojar de consecuencias sociales el difícil ascenso económico obtenido por otras vías, pero su acuidad creciente revela acaso el problema capital de la sociedad hispanoamericana en las últimas etapas coloniales: si todas las fronteras entre las castas se hacen dolorosas es porque la sociedad colonial no tiene lugar para todos sus integrantes; no sólo las tendencias al ascenso, también las mucho más difundidas que empujan a asegurar para los descendientes el nivel social ya conquistado se hacen difíciles de satisfacer, en una Hispanoamérica donde el espacio entre una clase rica en la que es difícil ingresar y el océano de la plebe y las castas sigue ocupado por grupos muy reducidos. Con estas tensiones se vincula la violencia creciente del sentimiento antipeninsular: son los españoles europeos los que, al introducirse arrolladoramente (gracias a las reformas mercantiles y administrativas borbónicas) en un espacio ya tan limitado, hacen desesperada una lucha por la supervivencia social que era ya muy difícil. Por añadidura, el triunfo de los peninsulares no se basa en ninguna de las causas de superioridad, reconocidas como legí'timas dentro de la escala jerárquica a la vez social y racial vigente en Hispanoamérica: por eso mismo resulta menos fácil de tolerar que, por ejemplo, la marginación de los mestizos por los criollos blancos, que no hace sino deducir consecuencias cada vez más duras de una diferenciación jerárquica ya tradicional. La sociedad colonial crea así, en sus muy reducidos sectores medios, una masa de descontento creciente: es la de los que no logran ocupación, o la logran sólo por debajo del que juzgan su lugar. En México, que comienza a ser arrollado por el crecimiento demográfico, o en las ciudades de la sierra sudamericana con su rígida diferenciación entre castas y españoles, o en Lima, afectada por la decadencia económica, o aun en el litoral rioplatense, en que el crecimiento económico es más rápido que el de la población, esos hijos de familia ociosos comienzan a ser, para los observadores más agudos, un problema político: de ellos no se puede esperar lealtad alguna al sistema. Problema agravado porque en lo más bajo de la escala veremos reproducirse una situación análoga: frente a los léperos de la capital mexicana, Lima, Santiago, y aun Buenos Aires, pueden exhibir también una vasta plebe sin oficio, que sobrevive precariamente gracias -como se dice- a la generosidad del clima y del suelo, gracias, sobre todo, a la modestia de sus exigencias inmediatas. Su tendencia al ocio puede ser reprochada, pero no hay duda de que el sistema mismo las alienta, en la medida en que crea a los sectores artes anales libres la competencia de los esclavos. De nuevo es impresionante volver a descubrir esta constante de la sociedad colonial hispanoamericana en Buenos Aires, que con sus cuarenta mil habitantes cumple funciones económicas y administrativas muy vastas en el sur del imperio español, pero no logra dar ocupación plena a su población relativamente reducida.


Esta característica de la sociedad urbana colonial crea una corriente de malevolencia apenas subterránea, cuyos ecos pueden rastrearse en la vida administrativa y eclesiástica y de modo más indirecto, pero no menos seguro en la literatura. Tiende, por otra parte, a agudizar el conflicto que opone a los peninsulares y el conjunto de la población hispanoamericana (en particular la blanca y la mestiza). Si no en su origen, por lo menos en sus modalidades este conflicto estuvo condicionado por las características de la inmigración desde la metrópoli. Desde el comienzo de la colonización ésta había sido relativamente poco numerosa; iba a seguir siéndolo a lo largo de la expansión del siglo XVIII: en el momento de la emancipación no llegan, sin duda, a doscientos mil los españoles europeos residentes en las Indias; esto cuando la presencia de la metrópoli sus hijos se hace sentir de modo cada vez más vivo. En la vida administrativa como en la mercantil, los españoles europeos constituyen un sector dirigente bien pronto peligrosamente aislado frente a rivales que tienen (a veces tan sólo creen tener) apoyos más vastos en la población hispanoamericana.
Pero si dejamos de lado tensiones ricas sobre todo en consecuencias futuras, el agolpamiento de la población urbana (que sigue siendo relativamente escasa) en torno a posibilidades de ocupación y ascenso demasiado limitadas para ella, se revela como un aspecto de otro rasgo más general: la desigualdad extrema de la implantación de la sociedad hispanoamericana en el vastísimo territorio bajo dominio español. Se ha visto ya cómo casi la mitad de los trece millones de habitantes de las Indias españolas se concentraban en México: aun aquí la población se agolpaba en el Anahuac, que podía ofrecer en sus zonas nucleares paisajes rurales de tipo europeo, pero estaba orlado de desiertos, algunos naturales '-es el caso del Norte-, otros creados por la pura falta de pobladores. Fuera de México, y salvo las zonas de fuerte población indígena, mal soldadas a la economía y la sociedad colonial, el desierto es la regla: antes de los intérpretes románticos de la realidad argentina, un obispo de Córdoba pudo preguntarse, hacia 1780, si la población demasiado tenue de su diócesis no. hacía radicalmente imposible la disciplina social, sin la cual ni la lealtad política al soberano ni la religiosa a la Iglesia podrían sobrevivir. Y lo mismo podría repetirse en muchas partes.


Sin duda, contra ciertas críticas demasiado sistemáticas del orden español, es preciso recordar que esta distribución desigual era en parte imposición de la geografía: la violencia de los contrastes de población en Hispanoamérica se debe en parte al abrupto relieve, a las características de los sistemas hidrográficos, a las oposiciones de clima que suelen darse aun en espacios pequeños. Pero las modalidades de la conquista vinieron ya a acentuarlos: al preferir las zonas de meseta (donde la adaptación de los europeos al clima era más fácil, pero sobre todo donde la presencia de poblaciones prehispánicas de agricultores sedentarios hacía posible la organización de una sociedad agraria señorial) condenó a quedar desiertas aun a tierras potencialmente capaces de sostener población densa. Aunque la expansión del siglo XVIII corrigió en algunos aspectos la concentración anterior en las zonas altas mexicanas y andinas (a ella se debe la nueva expansión antillana, la venezolana, la rioplatense) reprodujo en las zonas que valorizaba los mismos contrastes de las de más antigua colonización: a una ciudad de Buenos Aires con población sobrante se contraponía una campaña en que la falta de mano de obra era el obstáculo principal a la expansión económica; y la situación no tendía a corregirse, sino a agravarse con el tiempo (un proceso análogo puede rastrearse en Venezuela). Esos desequilibrios son consecuencia del orden social de la colonia: no sólo en las tierras en que la sociedad rural se divide en señores blancos y labradores indios, también en la de colonización más nueva y estructura más fluida las posibilidades de prosperidad que ofrece la campaña no compensan la extrema rudeza de la vida campesina: no es extraño entonces que aun los indigentes de la ciudad de Buenos Aires sólo participen en las actividades agrícolas cuando son obligados a ello por la fuerza. Aun dentro de la ciudad se reiteran actitudes análogas: la repugnancia por los oficios manuales, que es achacada a veces a perversas características de la psicología colectiva española, o bien a la supervivencia de un sistema de valoraciones propio de una sociedad señorial, se apoya en todo caso en una valoración bastante justa de las posibilidades que ellos abren a quienes tienen que luchar con la concurrencia de un artesanado esclavo, protegido por los influyentes amos en cuyo provecho trabaja. Que esta consideración es la decisiva lo muestra el hecho de que, ignorando tradiciones que también le son hostiles, la actividad mercantil es extremadamente prestigiosa (porque, sin duda, a diferencia de la artesanal, es lucrativa). El agolpamiento de grupos humanos cada vez más vastos en torno de las limitada posibilidades que ofrecen los «oficios de república», o las de un sistema mercantil al que contribuyen a hacer cada vez más costoso, se apoya entonces, a la vez que en consideraciones de prestigio, en una noción sustancialmente justa de las posibilidades de prosperar que dejaba abiertas el orden colonial.
Debido a esa desigual implantación, la colonización seguía concentrada -como se ha señalado ya- en núcleos separados por desiertos u obstáculos naturales difícilmente franqueables; antes de alcanzar-el vacío demográfico y económico la instalación española se hace, en vastísimas zonas, increíblemente rala. En México, y pese a las tentativas de proteger esas tierras de las asechanzas de potencias rivales, la franja septentrional de las tierras españolas sigue siendo un cuasi vacío; a ambos lados de la ruta del istmo, entre Panamá y Portobelo (que había sido hasta el siglo XVIII uno de los ejes del sistema mercantil espanol), tierras mal dominadas la separan de Guatemala y Nueva Granada. De nuevo entre ésta y Venezuela, entre Quito y Perú, la barrera formada por los indios de guerra que siguen poblando las tierras bajas hacen preferibles las rutas montañesas. No es extraño entonces que en la monótona epopeya que los textos escolares han hecho de la guerra de Independencia.

 

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Protejamos a la nueva generación: no los dejemos crecer en el vacío y la nada para eludir el trabajo duro, para la introspección y el análisis sin acciones o para los actos mecánicos sin pensamiento ni consideración
Friedrich Fröbel.
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