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Historia de México Historia contemporanea de
América Latina
Alianza editorial mexicana ISBN 968-206 1192-1 Todavía a principios del siglo XIX seguían siendo visibles en lberoamérica las huellas del proceso de conquista. Las de las vicisitudes de los conquistadores mismos, que iban a fascinar a los historiadores de esa centuria: Lima, Buenos Aires, Asunción, eran el fruto perdurable de la decisión de ciertos hombres... Tras de esa versión heroica de la histoire événementielle no es imposible descubrir ciertos acondicionamiento s objetivos de esas trayectorias fulgurantes, aparentemente regidas por una caprichosa libertad; es la vigencia perdurable de esos acondicionamientos la .que asegura la continuidad entre la conquista y la más lenta colonización. Como sabían bien quienes en el siglo XVIII se habían inclinado sobre el enigma de ese gigantesco imperio dominado por una de las más arcaicas naciones de Europa, lo que había movido a los conquistadores era la búsqueda de metal precioso. Siguiendo sus huellas, su poco afectuosa heredera la corona de Castilla iba a buscar exactamente lo mismo y organizar sus Indias con este objeto principal. Si hasta 1520 el núcleo de la colonización española estuvo en las Antillas, las dos décadas siguientes fueron de conquista de las zonas continentales de meseta, donde iba a estar por dos siglos y medio el corazón del imperio español, desde México hasta el Alto Perú; ya antes de mediados de siglo el agotamiento de la población antillana ha puesto fin a la explotación del oro superficial del archipiélago; hacia esa fecha la plata excede ya en volumen al oro en los envíos de metal precioso a la metrópoli, y a fines de esa centuria lo supera también en valor. Para ese momento las Indias españolas han adquirido una figura geográfica que va a permanecer sustancialmente incambiada hasta la emancipación. Sin duda las Antillas, y hasta mediados del siglo XVIII el entero frente atlántico, son el flanco débil de ese imperio organizado en torno a la minería andina: desde Jamaica hasta la Colonia de Sacramento en el Río de la Plata, el dominio español ha retrocedido en más de un punto (provisoria o definitivamente) ante la presión de sus rivales. Aun así, el imperio llega casi intacto hasta 1810, y es precisamente la longevidad de esa caduca estructura la que intriga (ya veces indigna) a los observadores del siglo XVIII. Ese sistema colonial tan capaz de sobrevivir a sus debilidades tenía -se ha señalado ya- el fin principal de obtener la mayor cantidad posible de metálico con el menor desembolso de recursos metropolitanos. De aquí deriva más de una de las peculiaridades que el pacto colonial tuvo en América española, no sólo cuanto a las relaciones entre metrópoli y colonias, sino también en las que corrían entre la economía colonial en su conjunto y los sectores mineros dentro de ella. ¿De qué manera podía lograrse, en efecto, que las tierras que producían metálico suficiente para revolucionar la economía .europea estuviesen crónicamente desprovistas de moneda? Dejando de lado la porción -nada desdeñable- extraída por la Corona, por vía de impuesto, era necesario orientar hacia la metrópoli, mediante el intercambio comercial, la mayor parte de ese tesoro metálico. Ello se hacía posible manteniendo altos no sólo los costes del aporte de la economía metropolitana, sino también los de comercialización, sea entre España y sus Indias, sea entre los puertos y los centros mineros de éstas. Las consecuencias de este sistema comercial para la economía hispanoamericana era múltiples y tanto más violentas cuanto más las favoreciesen los datos de la geografía. La primera de ellas era la supremacía económica de los emisarios locales de la economía metropolitana: el fisco. y los comerciantes que aseguraban el vínculo con la Península. La segunda era el mantenimiento casi total de los demás sectores de la economía colonial -incluso en más de un aspecto los mineros- al margen de la circulación monetaria. Las ventajas que este sistema aportaba a la metrópoli son evidentes. Más dudoso parece que pudiese deparar algunas a los sectores a los que la conquista había hecho dominantes en las colonias; pero los puntos de vista de éstos (luego. de las pruebas de fuerza de las que abundó el siglo. XVI) debieron aprender a conciliarse con los de la Corona, organizadora de la economía indiana en beneficio de la metrópoli. Esa conciliación -base de un equilibrio siempre inestable y no. desprovisto de tensiones- fue posible sobre todo gracias a que (desde una perspectiva americana) el botín de la conquista no incluía sólo metálico, sino también hombres y tierras. Lo que, hizo del área de mesetas y montañas de México a Potosí el núcleo de las Indias españolas no fue sólo su riqueza minera, sino también la presencia de poblaciones indígenas, a las que su organización anterior a la conquista hacía utilizables para la economía surgida de ésta. La tierra y los hombres Para la minería, desde luego, pero también
para actividades artesanales y agrícolas. Hacia estas últimas
se orientan predominantemente los conquistadores y sus herederos,
primero como encomenderos a quienes un lote de indios ha sido
otorgado para percibir de ellos el tributo que de todos modos
los vasallos indígenas deben a la Corona; luego --de modo
cada vez más frecuente en medio del derrumbe demográfico
del siglo XVII- como dueños de tierras recibidas por mercedes
reales. Sobre la tierra y el trabajo indio se apoya un modo de
vida señorial que conserva hasta el siglo XIX rasgos contradictorios
de opulencia y miseria. Sin duda, la situación de los nuevos
señores de la tierra no ha sido ganada sin lucha, primero
abierta (el precio del retorno a la obediencia en el Perú,
luego de las luchas entre conquistadores, a mediados del siglo
XVI, fue una mejora en el status jurídico de los
encomenderos) y luego más discreta contra las exigencias
de la Corona y de los sectores mineros y mercantiles que contaban
en principio con su apoyo: a medida que el derrumbe de la población
indígena se aceleraba, la defensa de la mano de obra (en
particular contra esa insaciable devoradora de hombres que era
la mina) se hacía más urgente, y antes de llenar
--con entera justicia- uno de los pasajes más negros de
la llamada leyenda negra, la mita -el servicio obligatorio en
las minas y obrajes textiles- había ganado una sólida
antipatía entre señores territoriales y administradores
laicos y eclesiásticos de las zonas en que los mitayos
debían ser reclutados.
Menos nítida es la situación en lo que toca a las relaciones entre sectores mercantiles y mineros. Como en la explotación de la tierra, y todavía más que en ésta, se impone la diferenciación entre México y el resto del imperio. Mientras en México los mineros constituyen un grupo dotado de capital bastante para encarar a menudo autónomamente la expansión de sus explotaciones (y aun cuando deben buscarlo fuera, la comparativa abundancia hace que no deban sacrificar a cambio de él su autonomía económica real), en Perú los mineros de Potosí dependen cada vez más de los adelantos de los comerciantes, y el ritmo despiadado que a lo largo del siglo XVIII imponen a la explotación de la mano de obra, a medida que se empobrecen los filones, es en parte una tentativa de revertir sobre ésta las consecuencias de la dependencia creciente de la economía minera respecto de la mercantil. Esta diferencia entre México y el resto del imperio (que hace que, nada sorprendentemente, en México un efectivo régimen de salariado ----con niveles que observadores europeos encuentran inesperadamente altos- domine la actividad minera y aparezca en algunos sectores privilegiados de la agrícola) se vincula (como se ha observado ya) con la situación privilegiada de esta región, menos duramente golpeada por las consecuencias del pacto colonial. Capítulo 2 Este pacto colonial, laboriosamente madurado
en los siglos XVI y XVII, comienza a transformarse en el siglo
XVIII. Influye en ello más que la estagnación minera
-que está lejos de ser el rasgo dominante en el siglo que
asiste al boom de la plata mexicana- la decisión por parte
de la metrópoli de asumir un nuevo papel frente a la economía
colonial, cuya expresión legal son las reformas del sistema
comercial introducidas en 1778-82, que establecen el comercio
libre entre la Península y las Indias. Capítulo 3 A. Presentación regional a) México De la Hispanoamérica marcada por las huellas contradictorias de tres siglos de colonización, México era la región más poblada, la más rica, la más significativa para la economía europea. Su capital era la ciudad más grande del Nuevo Mundo; no sólo su población; también la magnificencia de casas privadas y palacios públicos hacen de ella una gran ciudad a escala mundial, transformada por la prosperidad traída por la expansión minera del setecientos. En efecto, es la explotación de la plata del México septentrional la que sostiene el crecimiento capitalino: en toda la ceja septentrional de la meseta de Anahuac -en Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí-, minas nuevas, mucho más vastas, se alinean junto a las antiguas. Los reales de minas y su nueva fortuna vuelven a poner en primer plano al México del Norte; tras de ellos se expande la ganadería de las provincias interiores, que encuentra en la zona minera su centro de consumo; todavía más allá, muy débilmente pobladas, están las tierras del extremo norte, que deben sobre todo a decisiones políticas sus modestos avances demográficos: los avances rusos e ingleses en el Pacífico están anunciando nuevas amenazas para la frontera septentrional de las tierras españolas, y la Corona no quiere que ésta quede desguarnecida. Ese México septentrional es menos indio que el central y meridional; ha sido más tocado que éste por la evolución que va desde la comunidad agraria indígena a la hacienda, en parte porque en amplias zonas de él la hacienda ganadera se implantó allí donde nunca se había conocido agricultura (y tampoco instalaciones indígenas sedentarias). Pero aun en tierras cultivadas desde tiempos prehispánicos la presencia de los reales de minas había dado estímulo a la evolución hacia la hacienda (productora para ese exigente mercado ). En ese Norte en expansión son los mineros más que los hacendados quienes dominan la sociedad local; unos y otros son, por otra parte, predominantemente blancos, y ocupan las primeras filas de esa alta clase criolla que en la capital rivaliza con la peninsular, ostentando frente a ella títulos de nobleza que en el siglo XVIII no ocultan su origen venal y son como la traducción, en los términos de jerarquías sociales más antiguas, del triunfo obtenido en la lucha por la riqueza; aun en Madrid habrá un pequeño grupo de criollos mexicanos enriquecidos por la plata, ennoblecidos por su riqueza, cuya vida ociosa y suntuosa será contemplada entre admirada y burlonamente por la nobleza metropolitana… La inclinación de esa nueva aristocracia a la conspicuous consumption ha sido reprochada por ese implacable -y no siempre lúcido-- crítico retrospectivo de la élite criolla del México colonial que fue Lucas Alamán. El reproche es a la vez fundado e injusto: el derroche era el desemboque de una riqueza que una vez acumulada no encontraba muchos modos de invertirse útilmente. La agricultura del Norte era sobre todo de consumo local, la ganadería no exigía inversiones importantes, la artesanía (textil, cobre, cerámica) era el fruto del trabajo de obreros domésticos, crónicamente endeudados con los comerciantes, que encontraban demasiadas ventajas en el sistema vigente para revolucionario inyectando en él una parte de sus ganancias bajo la forma de inversiones de capital. Sin duda la vigencia de este sistema hacía del México del Norte, minero y ganadero, un tributario del México central, y sólo la excepcional prosperidad de la minería mexicana impidió que esa dependencia tuviese las consecuencias que alcanzó -por ejemplo-- en el Alto Perú. Ahora bien, la riqueza minera no hallaba fácil volcarse en el México central, dominado rápidamente por los grupos comerciales consolidados gracias a la hegemonía de Veracruz, que fue uno de los resultados locales de la reforma comercial de 1778. Efectivamente, los comerciantes peninsulares que, gracias a ella, conquistaron desde Veracruz el sistema mercantil mexicano, estaban también detrás del avance de una agricultura de mercado, que roía sobre las mejores tierras de maíz de la meseta, y sobre todo de sus bordes. Si la expansión del trigo fue un episodio efímero, clausurado por causa de la competencia norteamericana, que conquistó el Caribe (aún el español) luego de 1795, el avance del azúcar estaba destinado a durar. Estas transformaciones agrícolas de la meseta dejan intactas a las tierras bajas, a primera vista más adecuadas para una agricultura tropical de plantación, que perma¬necen sin embargo despobladas, salvo en sus centros urbanos, y consagradas sólo en mínima medida a una agricultura de subsistencia. Hay además en el México central una industria artesanal de importancia mayor que en el Norte: es la del centro textil de Puebla, donde la organización en manufacturas es antigua. Su producción se destina sobre todo al mercado interno, al que domina por entero en los sectores populares. Los comercializadores controlan la economía del textil, pero están a su vez subordinados por una red de adelantos, deudas y habilitaciones "a los grandes importadores y exportadores de Veracruz, dueños, en último término, de la economía del México central y meridional. Es el predominio de éstos el que hace
que para un observador rápido México aparezca sobre
todo como un país predominantemente minero: Humboldt ya
observaba que, sin embargo, año más, año
menos, la agricultura y la ganadería producían treinta
millones de pesos contra los veintidós o veinticuatro de
las minas. No sólo porque la mayor parte de esa producción
era de consumo lo¬cal su importancia permanecía semiescondida:
todavía era la minería la actividad primaria Cuyos
dominadores alcanzaban a liberarse mejor de la hegemonía
de los comercializadores y a ingresar un número más
importante en las clases altas del virreinato. De este modo el
crecimiento mexicano -muy rápido en la segunda mitad del
siglo XVIII- parece hacer crecer las causas del conflicto. En
primer lugar, en una clase alta inevitablemente escindida entre
señores de la plata -predominantemente criollos- y grandes
comerciantes (a menudo transformados en terratenientes) del México
central, que son predominantemente peninsulares. Los primeros
tienen su expresión corporativa en el Cuerpo de Minería,
los segundos en el Consulado de Comercio; en el plano político
el Cabildo de México es la fortaleza de la aristocracia
criolla, frente a las magistraturas de designación metropolitana. El progreso mexicano preparaba así las tormentas que lo iban a interrumpir. No por eso dejaba de ser el aspecto más brillante de la evolución hispanoamericana en la etapa ilustrada. Para la Corona, cuyo progresismo está inspirado, en parte, en criterios fiscalistas, México, capaz de proporcionar los dos tercios de las rentas extraídas de las Indias, es la colonia más importante. Para la econo¬mía metropolitana también: la plata mexicana parece encontrar como espontáneamente el camino de la metrópoli. Sin duda, México hace en el imperio español figura de privilegiado, y la riqueza monetaria por habitantes es superior a la de la metrópoli; pero no sólo esa riqueza está increíblemente concentrada en pocas manos; es por añadidura el fruto de la acumulación de una parte mínima de producto de la minería mexicana; año tras año, el 95 por 100 de la producción de plata toma el camino de Europa; el 50 por 100, sin contraprestación alguna, y el resto como consecuencia -por lo menos parcial- de un sistema comercial sistemáticamente orientado en favor de los productos metropolitanos. b) Las Antillas Si México es, a fines del siglo XVIII, la más importante económicamente de las posesiones indianas, no es ya la que crece mas rápidamente. Las Antillas españolas están recorriendo más tardíamente el camino que desde el siglo XVII fue el de las francesas, inglesas y holandesas: originariamente ganaderas, desde comienzos del siglo XVIII se orientan hacia la agricultura tropical. Es sobre todo Cuba la beneficiaria de esta expansión, acelerada luego por la ruina de Haití (que hace del oriente cubano tierra de refugio para plantadores franceses) y anticipada desde el siglo XVII por la aparición del tabaco como segundo rubro de la economía cubana al lado del ganado. Pero la fortuna del tabaco es variable y el monopolio regio de compra pone -a partir del último tercio del siglo XVIII- un límite a su expansión. La del azúcar es, por el contrario, acelerada por la coyuntura internacional: la guerra de independencia de Estados Unidos abre la economía cubana al contacto de estos aliados de España; luego el ciclo de la revolución francesa y las guerras civiles imperiales le asegura -tras de un breve paréntesis de estancamiento-- una nueva y más rápida expansión. Esta se produce en buena parte al margen del sistema comercial español, y aun en la medida en que se da dentro de éste supone un mercado consumidor más amplio que el metropolitano. La expansión azucarera -que lleva de un promedio de exportaciones de 480.000 arrobas en 1764-69 a uno de 1.100.000 en 1786-90, y alrededor de dos millones y medio para 1805- se produce en medio de una crónica escasez de capitales, en explotaciones pequeñas, que trabajan con esclavos relativamente poco numerosos (sólo en las cercanías de La Habana hay ingenios de más de 100 negros), cuyos propietarios arrastran pesadas deudas frente a los comerciantes habaneros que les han adelantado lo necesario para instalarse. El azúcar tardará en crear en Cuba una clase de plantadores ricos: enriquecerá, en cambio, rápidamente a los comerciantes que los habilitan. Consecuencias indirectas de la situación son cierto arcaísmo técnico, impuesto por la escasez de capital y pequeñez de las unidades de explotación, y la limitación de los cambios en el equilibrio racial (entre 1774 y 1817 la población negra pasó del 43,8 al 55 por 100, mientras que el número de habitantes de la isla subía de alrededor de 170.000 a alrededor de 570.000; la Habana pasaba, por su parte, entre 1971 y 1825 de los 50.000 a los 130.000 habitantes). c) América central Frente al crecimiento de México y Cuba, América central, organizada en la Capitanía General de Guatemala, se mostraba más estática. De su millón y medio de ha¬bitantes, más de la mitad eran indios, menos del 20 por 100 blancos, el resto castas mezcladas y negros. El mayor predominio indígena se encuentra en- el Norte, en lo que será Guatemala, tierra de grandes haciendas y comunidades indígenas fuertemente señorializadas, orientadas por otra parte hacia el autoconsumo. El Salvador, en tierras más bajas y cálidas, tiene una población más densa de indios y mestizos y una propiedad más dividida. Son los comerciantes los que dominan la zona y controlan la producción y exportación del principal producto con el que Centroamérica participa en la economía internacional: el índigo. Más al Sur, Honduras y Nicaragua son tierras de ganadería extensiva, escasamente próspera poblada sobre todo de mestizos y mulatos; en Costa Rica, el rincón más meridional y despoblado de la capitanía, se han instalado en la segunda mitad del siglo XVIII colonos gallegos, que desarrollan una agricultura dominada por el autoconsumo en el valle central, en torno a Cartago. d) Nueva Granada Las tierras sudamericanas del Caribe son de nuevo
zonas de expansión. Nueva Granada tiene su principal producto
de exportación en el oro, explotado desde el siglo XVI,
pero cuya producción creció rápidamente en
el siglo XVIII, y llegó a fines del siglo a superar la
del Brasil (por su parte ya en decadencia). Pero Nueva Granada
era región extremadamente compleja: integrada por una costa
en que Cartagena de Indias, la ciudad-fortaleza, era el centro
del poder militar español en la orilla sudamericana del
Caribe, y dos valles paralelos, separados por montañas
difícilmente transitables, cuyos ejes son ríos sólo
navegables por trechos -el Cauca y el Magadalena-, la comarca
debía adquirir sólo muy tardíamente alguna
cohesión: la capital, Bogotá, ciudad surgida en
medio de la meseta ganadera al este del Magdalena, encontraba
una significativa dificultad para imponerse sobre sus rivales:
Cartagena en la costa, Popayán en el Alto Cauca, Medellín
en el Cauca medio. Esa falta de cohesión se traduce en
otras formas de heterogeneidad: a la costa de población
blanca y mulata se contrapone un interior predominantemente mestizo,
pero con población blanca importante (más del 30
por 100 para toda Nueva Granada); por su parte, las zonas de minería,
en el Alto Cauca y el Atrato, tenían también una
concentración de población negra esclava. La meseta
de ganadería y agricultura templada (que iba a ser uno
de los núcleos de la futura Colombia) estaba en parte en
manos de grandes terratenientes (es el caso de la llanura de Bogotá);
en otras zonas la propiedad se halla más dividida; así
en las tierras de Antioquía, intermediarias entre la zona
aurífera y la costa. e) Venezuela A esta Nueva Granada encerrada en sí misma
se contrapone una Venezuela volcada, por el contrario, al (comercio
ultramarino; su estructura interna, si es aún más
compleja que la neogranadina, está también mejor
integrada. Está en primer término la costa del cacao,
continuada en los valles internos a los Andes venezolanos; en
las zonas montañosas hay explotación pastoril de
ganado menor. Entre la cordillera costeña y el Orinoco
se encuentran los Llanos, poblados marginales de las zonas de
más antigua colonización y consagrados a una ganadería
de vacas y mulas. Sobre el Orinoco, gracias sobre todo al esfuerzo
colonizador de la España- borbónica, están
surgiendo algunos centros que encuentran dificultad en arraigar.
Con una población que es la mitad de la neoranadina, Venezuela
exporta por valor dos veces mayor que Nueva Granada. El más
importante de sus rubros es el cacao (un tercio del total de las
exportaciones, que excede los cuatro millones y medio de pesos);
siguen el ín¬digo, con algo más de un millón,
el café y el algodón. La agricultura costera y de
los valles andinos se encuentra en manos de grandes propietarios
que usan mano de obra predominantemente esclava; esta aristocracia
criolla ha obtenido en 1778-85 su victoria sobre la Compañía
Guipuzcoana, que había tenido el monopolio de compra y
exportación el cacao venezolano, y lo había impuesto
en e mercado metropolitano, haciendo posible un gran aumento de
la producción local, pero reservándose lo mejor
de los lucros del negocio. Los señores del cacao, los mantuanos
de Caracas, dominan la economía venezolana, y son lo bastante
ricos para que más de uno de ellos pueda permitirse hacer
vida ociosa y ostentosa en la corte madrileña (donde los
marqueses del chocolate venezolano son recibidos con la misma
admiración burlona que los ennoblecidos millonarios de
la plata mexicana). f) La presidencia de Quito
g) Perú Al sur de Quito, el virreinato de Perú
vive una coyuntura nada fácil. La reorganización
imperial de la segunda mitad del siglo XVIII ha hecho en él
su primera víctima: la separación del virreinato
neogranadino, y so re todo la del rioplatense, no han afectado
tan sólo la importancia administrativa de Lima; completadas
por decisiones de política comercial acaso más graves,
arrebatan a Lima el dominio mercantil de la meseta altoperuana,
y -a través de él- el de los circuitos comerciales
del interior rioplatense; la ofensiva mercantil de Buenos Aires
triunfa también -aunque de modo menos integral- en Chile.
Sobre todo la pérdida del comercio altoperuano es im¬portante;
la decadencia del gran centro de la plata no le impide ser aún
el más importante de la América del Sur española.
Esas pérdidas encuentran sin duda compensaciones: hay un
aumento muy considerable de la producción de plata en el
sur de las tierras bajoperuanas que han quedado para el virreinato
de Lima, que en conjunto producen alrededor de dos millones y
medio de pesos anuales hacia fines de siglo (que de todos modos
sólo equivalen a la décima parte de la producción
mexicana). La minería (y en ella, junto con la plata, el
oro de la zona de Puno: por valor de cerca de cuatro millones
de pesos anuales) seguía estando en la base de la economía
y del comercio ultramarino de Perú. La sierra del Norte
(un conjunto de valles paralelos a la costa, de ríos encajonados
y agricultura de irrigación) es predominantemente mestiza
y está mejor incorporada a circuitos comerciales relativamente
amplios: mulas y textiles domésticos, aceitunas y frutas
se envían a Quito o al Perú meridional. La costa
es una franja de desiertos interrumpidos por breves oasis de irrigación:
allí predomina una agricultura orientada hacia el mercado
hispanoamericano (todavía no hacia el ultramarino): aguardiente
de Pisco, consumido desde Nueva Granada hasta Chile, vino de la
misma comarca, que llega hasta América central y México,
algodón, que se teje en Quito; azúcar y arroz, que
se distribuyen por el Pacífico sudamericano. Al lado de
esa agricultura se da una artesanía muy vinculada á
ella (predominantemente textil y cerámica). La sierra meridional,
más ancha y maciza que la del Norte, es el gran centro
de población indígena peruana, con su capital --el
Cuzco- que lo fue de los incas. Allí centros agrícolas
destinados a atender las zonas mineras, nudos urbanos de un comercio
que vive el ritmo mismo de la minería tienen existencia
rica en altibajos, mientras al margen de ellos una agricultura
de subsistencia -basada en el maíz y la patata y una ganadería
de la que se obtiene lanas -Variadas (de oveja, cabra, llama,
etc.), que se vuelcan sobre todo en la artesanía doméstica
son la base de la existencia de las comunidades indígenas.
Estas predominan, en efecto, en la sierra, mientras la costa tiene
una agricultura de haciendas y esclavos. La agricultura serrana
vive oprimida por la doble carga de una clase señorial
espa¬ñola y otra indígena, agravada por la del
aparato político-eclesiástico, que vive también
de la tierra. Las clases altas locales están supeditadas
a las de la capital (Lima, que con su poco más de cincuenta
mil habitantes ha quedado ya detrás de México y
de La Habana, y está siendo alcanzada rápidamente
por Buenos Aires y Caracas). La seda virreinal es también
la de una aristocracia que une al dominio de la agricultura costeña
el del comercio del conjunto del virreinato. Este, con su poco
más de un millón de habitantes (de los cuales un
60 por 100 son indios, un 24 por 100 mestizos y un 4 por 100 negros
esclavos) hace, por otra parte, figura modesta en el cuadro .de
la población hispanoamericana. h) Chile El reino de Chile, arrinconado en el extremo
sur del Pacífico hispanoamericano, es la más aislada
y remota de las tierras españolas. En el siglo XVIII también
él crece: la producción (y por tanto la exportación)
de meta1c;s preciosos está en ascenso y llega hacia fines
de siglo a cerca de dos millones de pesos anuales. Pero la economía
chilena no dispone de otros rubros fácilmente exportables:
si el trigo encuentra su mercado tradicional en Lima, la falta
de adquirientes frena una posible expansión ganadera: los
cueros de la vertiente atlántica encuentran acceso más
fácil a Europa que los de Chile; el sebo tiene en Perú
un mercado seguro; pero limitado. La población crece más
rápidamente de lo que esa economía en lento avance
haría esperar (al parecer se acerca al millón de
habitantes hacia 1810) y sigue siendo abrumadoramente rural (Santiago,
la capital, no llega a los diez mil habitantes) y formada de blancos
y mestizos. Este avance demográfico, vinculado con la expansión
del área ocupada (por conquista sobre la muy resistente
frontera indígena, acelerada en el siglo XVIII gracias
al nuevo interés de la metrópoli por la empresa),
se da sin transformaciones notables de la estructura social: el
campo es dominado por la gran propiedad, y trabajado en su mayor
parte por labradores que explotan reducidos lotes individuales
a la vez que cultivan la tierra señorial. En todo caso,
la clase terrateniente se renueva en el siglo XVIII, abriéndose
a no escasos inmigrante s peninsulares llegados a Chile, como
a otras partes, como burócratas o comerciantes. En este
último campo se da también la afirmación
de un no muy numeroso grupo de mercaderes peninsulares que utilizan,
sea la ruta directa a la metrópoli, sea sobre todo la de
Buenos Aires. i) Río de la Plata Mientras Chile permanece escasamente tocado por las transformaciones de la estructura imperial de la segunda mitad del siglo XVIII, el Río de la Plata es acaso, junto con Venezuela y las Antillas, la comarca hispanoamericana más profundamente afectada por ellas. Por razones ante tod9 políticas (necesidad de establecer una barrera al avance portugués), la Corona aporta su apoyo decidido a un proceso que ya ha comenzado a insinuarse: la orientación hacia el Atlántico de la economía de- Tucumán, de Cuyo, del Alto Perú, de Chile. Es en ése un aporte decisivo al crecimiento de Buenos Aires, centro de importación de esclavos para todo el sur del imperio español desde 1714, y desde 1776 cabeza de virreinato (y, por tanto, capital administrativa del Alto Perú), a la que un conjunto de medidas que gobiernan su comercio ase¬guran algo más que las ventajas derivadas de su situación geográfica y la dotan de un hinterland económico que va hasta el Pacífico y el Titicaca. El ascenso de la ciudad es rápido; no sólo crece su población, también su aspecto se transforma desde aldea de casas de barro hasta réplica ultramarina de una ciudad de provincia andaluza.
j) Paraguay Al norte del litoral ganadero las tierras de
Misiones y de Paraguay tienen destinos divergentes. Desde la expulsión
de los jesuitas Misiones ha entrado en contacto clandestino, pero
cada vez más frecuente, con las tierras de colonos españoles;
la estructura comunitaria indígena ha sufrido con ello;
la población del territorio misionero decrece vertiginosamente
(menos por la extinción o reversión al estado salvaje
que gustan de suponer historiadores adictos a la memoria de la
compañía que por emigración al litoral ganadero).
Misiones sigue produciendo algodón (exportado bajo forma
de telas rústicas) y sobre todo yerba mate, que se bebe
en una infusión que los jesuitas han sabido difundir hasta
Quito, por toda la zona andina. Pero la producción misionera
disminuye y la zona rival de Paraguay, dominada por colonos de
remoto origen peninsular, triunfa: no sólo captura los
mercados de yerba mate antes dominados por la compañía,
también se beneficia con la política de fomento
de la producción de tabaco, dirigida por la Corona contra
las importaciones brasileñas; por añadidura, la
expansión de la ganadería vacuna alcanza también
a Paraguay. k) El Alto Perú Pero el núcleo demográfico y económico del virreinato rioplatense sigue estando en el Alto Perú y en sus minas (las decadentes de Potosí, las más nuevas de Oruro). En torno a las minas se expande la agricultura altoperuana, en las zonas más abrigadas del altiplano (la más importante de las cuales es Cochabamba) y una actividad textil artesanal, ya sea doméstica, ya organizada en obrajes colectivos que utilizan el trabajo obligatorio de la población indígena. Al lado de las ciudades mineras, surgen las comerciales: la más importante es La Paz, centro a la vez de una zona densamente poblada de indígenas, y abundante en latifundios y obrajes, que establece el vínculo entre Potosí y el Bajo Perú (y sufre en este aspecto con las transformaciones comerciales de fines del siglo XVIII). El Alto Perú ha sido lo bastante rico como para crear una ciudad de puro consumo: Chuquisaca, donde hallan estancia más grata los más ricos mineros de Potosí y Oruro, es además sede de una Audiencia y de una Universidad. Esa estructura relativamente compleja depende del todo de la minería, y sufre con su decadencia, agravada desde 1802 por la imposibilidad de obtener mercurio suficiente de la metrópoli. La minería consume buena parte de la mano de obra indígena proporcionada por las tierras de comunidad y defendida por la Corona y los mineros contra las asechanzas de los propietarios blancos. Pero la condición de los indígenas agrupados en comunidad es acaso más dura que las de los que cultivan tierras de españoles: deben, además de ofrecer su cuota a la mita minera (que sólo desaparecerá en 1808), mantener a caciques, curas y corregidores.
B. Análisis He aquí un cuadro complejo hasta el abigarramiento: ello no tiene nada de sorprendente si se tiene en cuenta que en él se refleja el destino divergente de las comarcas hispanoamericanas a través de la primera y la segunda colonización española; a fines del siglo XVIII un equilibrio rico en desigualdades tiende a ser reemplazado por otro que, sin eliminarlas, introduce otras nuevas. Es posible -y oportuno-- señalar, junto con tantas diferencias, ciertos rasgos comunes a toda la América española. Uno de ellos es el peso económico de la Iglesia y de las órdenes, que se da, aunque con intensidad variable, tanto en México como en Nueva Granada o en el Río de la Plata, y que influye de mil maneras diversas en la vida colonial (como la mayor parte de las consecuencias no son propiamente económicas -en este aspecto la diferencia entre la propiedad civil y eclesiástica no era tan notable como hubiera podido esperarse-, se las examinará, sin embargo, más adelante). Otro es la existencia de líneas de casta cada vez más sensibles, que no se afirman tan sólo allí donde coinciden con diferencias económicas bien marcadas (por ejemplo en sociedades como la serrana de los Andes o la mexicana, donde los indios son --como los definirá luego un pensador peruano-- «una raza social»), sino también donde, por el contrario, deben dar nueva fuerza a diferenciaciones que corren peligro de borrarse, sobre todo entre blancos, mestizos y mulatos libres. Las tensiones entre estos grupos étnicos envenenan la vida urbana en toda Hispanoamérica, desde Montevideo, una fundación de aire tan moderno en ese Río de la Plata relativamente abierto a los vientos del mundo, en que un funcionario no logra, ni aun mediante una declaración judicial que atestigua la pureza de su sangre española, esquivar una insistente campaña que lo presenta como mestizo, y por lo tanto indigno de ocupar cargos de confianza, hasta Venezuela, en que la nobleza criolla, a través de algunos de sus miembros más ilustrados, se hace portavoz de resistencias más amplias al protestar contra la largueza con que las autoridades regias distribuyen ejecutorias de hidalguía a quienes tienen con qué pagarla. Allí donde existe, además, el abismo entre dominadores blancos y pobladores indios, esa resistencia adquiere un tono aún más prepotente y violento, tanto más irritante porque muchos de los que son legalmente blancos sólo pueden pasar por tales, porque en los dos siglos anteriores las curiosidades sobre linajes eran menos vivas. La diferenciación de castas es, sin duda, un elemento de estabilización, destinado a impedir el ascenso de los sectores urbanos más bajos a través de la administración, el ejército y la Iglesia, a la vez que a despojar de consecuencias sociales el difícil ascenso económico obtenido por otras vías, pero su acuidad creciente revela acaso el problema capital de la sociedad hispanoamericana en las últimas etapas coloniales: si todas las fronteras entre las castas se hacen dolorosas es porque la sociedad colonial no tiene lugar para todos sus integrantes; no sólo las tendencias al ascenso, también las mucho más difundidas que empujan a asegurar para los descendientes el nivel social ya conquistado se hacen difíciles de satisfacer, en una Hispanoamérica donde el espacio entre una clase rica en la que es difícil ingresar y el océano de la plebe y las castas sigue ocupado por grupos muy reducidos. Con estas tensiones se vincula la violencia creciente del sentimiento antipeninsular: son los españoles europeos los que, al introducirse arrolladoramente (gracias a las reformas mercantiles y administrativas borbónicas) en un espacio ya tan limitado, hacen desesperada una lucha por la supervivencia social que era ya muy difícil. Por añadidura, el triunfo de los peninsulares no se basa en ninguna de las causas de superioridad, reconocidas como legí'timas dentro de la escala jerárquica a la vez social y racial vigente en Hispanoamérica: por eso mismo resulta menos fácil de tolerar que, por ejemplo, la marginación de los mestizos por los criollos blancos, que no hace sino deducir consecuencias cada vez más duras de una diferenciación jerárquica ya tradicional. La sociedad colonial crea así, en sus muy reducidos sectores medios, una masa de descontento creciente: es la de los que no logran ocupación, o la logran sólo por debajo del que juzgan su lugar. En México, que comienza a ser arrollado por el crecimiento demográfico, o en las ciudades de la sierra sudamericana con su rígida diferenciación entre castas y españoles, o en Lima, afectada por la decadencia económica, o aun en el litoral rioplatense, en que el crecimiento económico es más rápido que el de la población, esos hijos de familia ociosos comienzan a ser, para los observadores más agudos, un problema político: de ellos no se puede esperar lealtad alguna al sistema. Problema agravado porque en lo más bajo de la escala veremos reproducirse una situación análoga: frente a los léperos de la capital mexicana, Lima, Santiago, y aun Buenos Aires, pueden exhibir también una vasta plebe sin oficio, que sobrevive precariamente gracias -como se dice- a la generosidad del clima y del suelo, gracias, sobre todo, a la modestia de sus exigencias inmediatas. Su tendencia al ocio puede ser reprochada, pero no hay duda de que el sistema mismo las alienta, en la medida en que crea a los sectores artes anales libres la competencia de los esclavos. De nuevo es impresionante volver a descubrir esta constante de la sociedad colonial hispanoamericana en Buenos Aires, que con sus cuarenta mil habitantes cumple funciones económicas y administrativas muy vastas en el sur del imperio español, pero no logra dar ocupación plena a su población relativamente reducida.
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| Protejamos
a la nueva generación: no los dejemos crecer en el vacío
y la nada para eludir el trabajo duro, para la introspección y
el análisis sin acciones o para los actos mecánicos sin
pensamiento ni consideración Friedrich Fröbel. |
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