Historia de México
La conquista de América
El problema del otro
Tzvetan Todorov

Siglo XXI editores ISBN 968-23-1217-5
IGUALDAD O DESIGUALDAD
Ciertamente el deseo de hacerse rico y la pulsión
de dominio, esas dos formas de aspirar al poder, motivan el comportamiento
de los españoles; pero también está condicionado
por la idea que tienen de los indios, idea según la cual
éstos son inferiores, en otras palabras, están a
la mitad del camino entre los hombres y los animales. Sin esta
premisa existencial, la destrucción no hubiera podido ocurrir.
Desde su primera formulación, esta doctrina de la desigualdad
va a ser combatida por otra, que afirma, por el contrario, la
igualdad entre todos los hombres. Así pues, asistimos aquí
a un debate, y debemos prestar atención a las dos voces
que se enfrentan. Ahora bien, este debate no sólo pone
en juego la oposición igualdad-desigualdad, sino también
la que existe entre identidad y diferencia; y esta nueva oposición,
cuyos términos, en el plano ético, no son más
neutros que los de la anterior, hace más difícil
emitir un juicio sobre ambas posiciones. Ya lo habíamos
visto en Colón: la diferencia se degrada en desigualdad;
la igualdad, en identidad; ésas son las dos grandes figuras
de la relación con el otro, que dibujan su espacio inevitable.
Las Casas y otros defensores de la igualdad acusaron tantas veces
a sus adversarios de haber confundido a los indios con bestias
que podríamos preguntarnos si no ha habido exageración.
Debemos volvernos entonces hacia los defensores de la desigualdad
para ver cómo están las cosas. El primer documento
interesante a este respecto es el célebre requerimiento,
o conminación a los indios. Es obra del jurista real Palacios
Rubios, y data de 1514. Es un texto nacido de la necesidad de
reglamentar unas conquistas que, hasta entonces, habían
sido algo caóticas. A partir de ese momento, antes de conquistar
una región habrá que dirigirse a sus habitantes
y dar lectura a ese texto. A veces se ha querido ver en ello el
deseo de la Corona de impedir guerras no justificadas y de dar
ciertos derechos a los indios; pero esa interpretación
es demasiado generosa. En el contexto de nuestro debate, el requerimiento
está claramente del lado de la desigualdad, una desigualdad,
por cierto, más bien implicada que afirmada.
Este texto, curioso ejemplo de un intento por dar un base legal
al cumplimiento de los deseos, comienza con una breve historia
de la humanidad, cuyo punto culminante es la aparición
de Jesucristo, al que se declara "cabeza de todo el linaje
humano", especie de soberano supremo, que tiene bajo su jurisdicción
al universo entero. Establecido este punto de partida, las cosas
se encadenan con toda sencillez: Jesús transmitió
su poder a san Pedro, y éste a los papas que le siguieron;
uno de los últimos papas regaló el continente americano
a los españoles (y en parte a los portugueses). Establecidas
así las razones jurídicas de la dominación
española, ya sólo falta asegurarse de una cosa:
de que los indios sean informados de la situación, pues
es posible que no se hayan enterado de esos regalos sucesivos
que daban
los papas y los emperadores. Eso es lo que va a remediar la lectura
del requerimiento, hecha en presencia de un oficial del rey (pero
no se menciona a ningún intérprete). Si los indios
se muestran convencidos después de esa lectura, no hay
derecho de hacerlos esclavos (en eso es en lo que el texto "protege"
a los indios con la concesión de un estatuto). Sin embargo,
si no aceptan esa interpretación de su propia historia,
serán duramente castigados. "Si no lo hiciéredes
y en ello maliciosamente dilación pusiéredes, certifícoos
que con el ayuda de Dios, yo entraré poderosamente contra
vosotros, e vos haré guerra por todas las partes e maneras
que yo pudiere, e vos subjectaré al yugo e obidiencia de
la Iglesia, e a Sus Altezas, e tomaré vuestras personas
e de vuestras mujeres e hijos, e los haré esclavos, e como
tales los venderé, e disporné dellos como Sus Altezas
mandaren; e vos tomaré vuestros bienes, e vos haré
todos los males e daños que pudiere, como a vasallos que
no obedescen ni quieren rescebir su señor, e le resisten
e contradicen" (Fernández de Oviedo, 29, 7). Hay una
contradicción evidente, que no dejarán de subrayar
los opositores del requerimiento, entre la esencia de la religión
que
supuestamente es el fundamento de todos los derechos de los españoles
y las consecuencias de esta lectura pública: el cristianismo
es una religión igualitaria; pero en su nombre se reduce
a los seres humanos a la esclavitud. No sólo se confunden
poder temporal y poder espiritual, lo cual es la tendencia de
toda ideología de estado —provenga o no del Evangelio—,
sino que, además, los indios sólo pueden elegir
entre dos posiciones de inferioridad: o se someten por su propia
voluntad, y se vuelven siervos, o serán sometidos por la
fuerza, y reducidos a la esclavitud. Hablar de legalismo, en estas
condiciones, es irrisorio. Se postula de entrada que los indios
son inferiores, pues los españoles deciden las reglas del
juego. Se podría decir que la superioridad de quienes anuncian
el requerimiento ya está contenida en el hecho de que son
ellos los que hablan, mientras que los
indios escuchan.
Sabemos que los conquistadores no sentían ningún
escrúpulo en aplicar las instrucciones reales según
les convenía, y en castigar a los indios en caso de insumisión.
Todavía en 1550, Pedro de Valdivia informa al rey que los
araucanos, habitantes de Chile, no se han querido someter; por
consiguiente les ha hecho la guerra y, una vez que ha ganado,
no ha olvidado castigarlos: ". . .de los cuales [indios]
mandé cortar hasta [a] doscientos las manos y narices,
en rebeldía de que muchas veces les había enviado
mensajeros y hécholes los requerimientos que V.M. manda".
No se sabe exactamente en qué idioma se expresaban los
mensajeros de Valdivia, ni cómo se las arreglaban para
hacer que el contenido del requerimiento fuera comprensible para
los indios. . . Pero sí sabemos cómo, en otros casos,
los españoles dejaban muy a propósito de recurrir
a los intérpretes, puesto que eso, en suma, les simplificaba
la tarea: ya no se planteaba el asunto de la reacción de
los indios. El historiador Fernández de Oviedo, conquistador
y campeón de la tesis de la desigualdad, dejó varios
relatos sobre este tema. Se empieza por capturar a los indios.
"E después de estar metidos en cadena, uno les leía
aquel Requerimiento, sin lengua o intérprete, e sin entender
el letor ni los indios; e ya que se lo dijeran con quien entendiera
su lengua, estaban sin libertad para responder a lo que se les
leía, y al momento tiraban con ellos aprisionados adelante,
e no dejando de dar de palos a quien poco andaba" (29, 9).
En el transcurso de otra campaña, Pedradas Dávila
le pide al propio Oviedo que lea el famoso texto. Éste
le contesta a su capitán: "Señor, parésceme
que estos indios no quieren escuchar la teología deste
Requerimiento, ni vos tenés quién se la dé
a entender; mande vuestra merced guardalle, hasta que tengamos
algún indio déstos en una jaula, para que despacio
lo aprenda, e el señor obispo se lo dé a entender"
(29, 7).
Como dice Las Casas al analizarlo, no se sabe si lo "absurdo"
del requerimiento "cosa es de reír o de llorar"
(Historia, ni, 58).
El texto de Palacios Rubios no se mantiene como base jurídica
de la conquista. Pero se encuentran los rastros más o menos
debilitados de su espíritu incluso entre los adversarios
de los conquistadores. Quizás el ejemplo más interesante
sea el de Francisco de Vitoria, teólogo, jurista, y profesor
en la Universidad de Salamanca que es uno de los sitios culminantes
del humanismo español del siglo XVI. Vitoria hace pedazos
los argumentos que generalmente se presentan para justificar las
guerras de América, pero sin embargo concibe la posibilidad
de "guerras justas". Entre las razones que pueden llevar
a ellas, hay dos tipos que son especialmente interesantes para
nosotros. Están por una parte las que descansan en la reciprocidad
que se aplican indistintamente a los indios y a los españoles.
Así ocurre cuando se viola lo que Vitoria llama "título
de la sociedad natural y comunicación" (De los indios,
3, 1, 230). Este derecho a la comunicación se puede entender
en varios niveles. Ante todo es natural que las personas puedan
circular libremente fuera de su país de origen y debe ser
“lícito a cualquiera dirigirse a la región
que quisiera y recorrerla “ (3, 2, 232). También
se puede exigir la libertad de comercio y Vitoria recuerda aquí
el principio de reciprocidad: "Ni sus príncipes [
los de los indios] pueden impedir a sus súbditos que comercien
con los españoles, ni, por el contrario, los príncipes
de los españoles pueden prohibirles el comerciar con ellos"
(3, 3, 245) Por lo que se refiere a la circulación de las
ideas, Vitoria evidentemente sólo piensa en la libertad
de los españoles para predicar el Evangelio a los indios,
y nunca en la de los indios para propagar el Popol Vuh en España,
pues la salvación" cristiana es para él un
valor absoluto Sin embargo, podríamos equiparar este caso
con los dos anteriores.
No ocurre lo mismo, en cambio, con otro grupo de razones, que
Vitoria ofrece para justificar las guerras. En efecto, considera
que una intervención es lícita si se hace en nombre
de la protección de los inocentes contra la tiranía
de los jefes indígenas o de sus leyes, "como son las
que ordenan sacrificios de hombres inocentes o permiten la matanza
de hombres exentos de culpa para comer sus carnes" (3, 15,
290) Tal justificación de la guerra es mucho menos evidente
de lo que le hubiera gustado a Vitoria, y no en todos los casos
es recíproca: aun si esta regla se aplicara indistintamente
a indios y españoles,
estos últimos son quienes decidieron el sentido de la palabra
"tiranía", y eso es lo esencial. Los españoles,
a diferencia de los indios, no son sólo parte, sino también
juez, puesto que ellos determinan los criterios según los
cuales se habrá de emitir el juicio; deciden, por ejemplo,
que el sacrificio humano implica tiranía, pero no opinan
lo mismo para la matanza.
Esa distribución de los papeles implica que no existe una
igualdad auténtica entre españoles e indios. En
realidad, Vitoria no lo oculta; su última justificación
de la guerra contra los indios es totalmente clara a este respecto
(si bien es cierto que se presenta en un modo dubitativo). "Esos
bárbaros, aunque, como antes dijimos, no sean del todo
ámenles, distan, sin embargo, muy poco de los amentes.
[. . .] Nada o poco más valen para gobernarse a sí
mismos que los amentes, y ni aun son mucho más capaces
que las mismas fieras y bestias, de las que no se diferencian
siquiera ni en utilizar alimentos más tiernos o mejores
que los que ellas consumen." Y añade que su "rudeza"
es "mayor que la de los niños y amentes de otras naciones"
(3, 18, 299-302). Así pues, es lícito intervenir
en su país para ejercer lo que equivale a un derecho de
tutela. Pero, incluso si se admite que se deba imponer el bien
al otro, ¿quién decide, una vez más,
qué es barbarie o salvajismo, y qué es civilización?
Sólo una de las dos partes que se enfrentan, entre las
cuales ya no subsiste ninguna igualdad ni reciprocidad. Estamos
acostumbrados a considerar a Vitoria como defensor de los indios;
pero, si buscamos el impacto de su discurso, y no sus intenciones,
queda claro que su papel es otro: al amparo de un derecho internacional
fundado en la reciprocidad, proporciona en realidad una base legal
para las guerras de colonización, que hasta entonces no
la tenían (por lo menos no tenían ninguna justificación
que pudiese resistir a un examen más o menos serio).
Junto a estas expresiones jurídicas de la doctrina de la
desigualdad, también encontramos muchas otras, en las cartas,
los informes o las crónicas de la época; todas ellas
tienden a presentar a los indios como imperfectamente humanos.
Escojo dos testimonios entre mil, sencillamente porque sus autores
son un religioso y un científico y letrado, es decir, representan
a los grupos sociales generalmente mejor intencionados frente
a los indios. El dominico Tomás Ortiz escribe al Consejo
de Indias:
"Comen carne humana en la tierra firme; son sodométicos
más que en generación alguna; ninguna justicia hay
entre ellos; andan desnudos, no tienen amor ni vergüença;
son estólidos, alocados, no guardan verdad si no es a su
provecho; son inconstantes; no saben qué cosa sea consejo;
son ingratíssimos y amigos de novedades [...] Son bestiales,
y précianse de ser abominables en vicios; ninguna obediencia
ni cortesía tienen mozos a viejos, ni hijos a padres. No
son capaces de doctrina ni castigo. [. . .] comen piojos y arañas
y gusanos crudos, doquiera que los hayan; no tienen arte ni maña
de hombres.
Cuando han aprendido las cosas de la fe, dicen que esas cosas
son para Castilla, que para ellos no valen nada, y que no quieren
mudar costumbres; son sin barbas, y si a algunos les nascen, pélanlas
y arráncanlas. [. . .] quanto más crescen se hacen
peores; hasta diez o doce años paresce que han de salir
con alguna crianza y virtud; pasando adelante se tornan como bestias
brutas. En fin digo que nunca crió Dios tan cozída
gente en vicios y bestialidades, sin mistura alguna de bondad
o policía. [. . .] Son insensatos como asnos, y no tienen
en nada matarse" (Pedro Mártir, vil, 47).
Me parece que frente a este texto huelgan los comentarios.
El segundo autor es, una vez más, Fernández de Oviedo,
rica fuente de juicios xenófobos y racistas: en sus escritos
los indios no están rebajados al nivel del caballo o del
asno (o incluso un poco más abajo), sino que se encuentran
en algún lado cerca de los materiales de construcción,
madera, piedra o hierro (en todo caso, objetos inanimados). Tiene
una expresión extraordinaria, de la que difícilmente
podemos concebir que no sea irónica; pero no lo es: ".
. .ni tampoco tienen las cabezas como otras gentes, sino de tan
rescios e gruesos cascos, que el principal aviso que los cristianos
tienen cuando con ellos pelean e vienen a las manos, es no darles
cuchilladas en la cabeza, porque se rompen las espadas" (v,
"Proemio"). No es de sorprender el que Oviedo sea de
hecho partidario de la "solución final" del problema
indio, solución cuya responsabilidad quisiera hacer asumir
por el Dios de los cristianos. Proclama con gran seguridad que
"los ha Dios de acabar muy presto" (VI, 9), y también
que "Ya se desterró Satanás desta isla [la
Española]; ya cesó todo con cesar y acabarse la
vida a los más de los indios" (v, 4). Y aún
dice más: quemar pólvora contra los paganos equivale
a quemar incienso ante
el Señor.
El debate entre los partidarios de la igualdad o de la desigualdad
de indios y españoles llega a su apogeo, y al mismo tiempo
encuentra una encarnación concreta, en la célebre
controversia de Valladolid que enfrenta, en 1550, al erudito y
filósofo Juan Ginés de Sepúlveda con el abad
dominico y obispo de Chiapas, Bartolomé de las Casas. La
misma existencia de esa confrontación tiene algo de extraordinario;
por lo general, este tipo de diálogo se establece de libro
a libro y los protagonistas no se enfrentan directamente. Pero,
precisamente, a Sepúlveda se le negó el derecho
de imprimir su tratado sobre las justas causas de la guerra contra
los indios; buscando una especie de apelación, provoca
el encuentro frente a un jurado de sabios, juristas y teólogos;
Las Casas se propone para defender el punto de vista opuesto en
esta justa de oratoria. Cuesta trabajo imaginarse el espíritu
que permite que los conflictos ideológicos se resuelvan
con diálogos de este tipo. Por lo demás, el conflicto
no había de quedar verdaderamente resuelto: después
de escuchar largos discursos (especialmente el de Las Casas, que
dura cinco días), los jueces, agotados, se separan, y no
adoptan finalmente ninguna decisión.
Sin embargo, la balanza se inclina más bien del lado de
Las Casas, pues Sepúlveda no obtiene la autorización
para publicar su libro.
Sepúlveda apoya su argumentación en una tradición
ideológica de la que también sacan sus argumentos
los demás defensores de la tesis de la desigualdad. Mencionaremos
entre esos autores a aquel cuyo patrocinio reivindica —con
toda razón— esta tesis: Aristóteles. Sepúlveda
tradujo la Política al latín, y es uno de los mejores
especialistas de su tiempo en el pensamiento aristotélico;
¿y acaso no es Aristóteles, precisamente en la Política,
el que establece la célebre distinción entre quienes
han nacido amos y quienes han nacido esclavos? "Aquellos
hombres que difieren tanto de los demás como el cuerpo
del alma y la bestia del hombre [. . .] son por naturaleza esclavos
[...]. Es pues esclavo por naturaleza el que [. . .] participa
de la razón
en cuanto puede percibirla, pero sin tenerla en propiedad"
(1254b).
Otro texto al que se encuentran referencias frecuentes es un tratado,
De regimine, atribuido en esa época a santo Tomás
de Aquino, pero que es obra de Tolomeo de Luca, donde se añade
a la afirmación de la desigualdad una explicación
ya antigua, y que sin embargo tiene un gran povenir: su razón
se debe buscar en la influencia del clima (y en la de los astros).
Sepúlveda cree que el estado natural de la sociedad humana
es la jerarquía, no la igualdad. Pero la única relación
jerárquica que conoce es la de superioridad / inferioridad;
por lo tanto no hay diferencias de naturaleza, sólo diferentes
grados en una misma y única escala de valores, aun si la
relación se puede repetir al infinito. Su diálogo
Democrates alter, aquel cuyo imprímatur no logró
obtener, expone claramente sus puntos de vista al respecto. Inspirándose
en los principios y en las afirmaciones particulares que encuentran
en la Política de Aristóteles, declara que todas
las jerarquías, a pesar de sus diferencias de forma, están
fundadas en un solo principio único: "el imperio y
dominio de la perfección sobre la imperfección,
de la fortaleza
sobre la debilidad, de la virtud excelsa sobre el vicio"
(p. 20). Da la impresión de que eso es evidente, de que
se trata de una "proposición analítica";
en el momento siguiente, y todavía con espíritu
aristotélico, Sepúlveda da ejemplos de esta superioridad
natural: el cuerpo debe estar subordinado al alma, la materia
a la forma, los hijos a los padres, la mujer al hombre, y los
esclavos (definidos tautológicamente como seres inferiores)
a los amos. Sólo falta dar un paso para justificar la guerra
de conquista contra los indios: "Esos bárbaros [.
. .] en prudencia, ingenio y todo género de virtudes y
humanos sentimientos son tan inferiores a los españoles
como los niños a los adultos, las mujeres a los varones,
los crueles e inhumanos a los extremadamente mansos, los exageradamente
intemperantes a los continentes y moderados; finalmente cuánto
estoy por decir los monos a los hombres" (ibid., p. 33; la
última parte de la frase falta en algunos manuscritos).
Todas las operaciones que constituyen el universo mental de Sepúlveda
tienen en última instancia el mismo contenido; y las afirmaciones
anteriores se podrían volver a escribir como una interminable
cadena de proporciones:

Claro que no todos los partidarios de la desigualdad tienen un
pensamiento tan esquemático; vemos que Sepúlveda
reúne toda jerarquía y toda diferencia en la simple
oposición entre bueno y malo, es decir que finalmente se
las arregla bastante bien con el principio de la identidad (más
que con el de la diferencia). Pero la lectura de esas oposiciones
en cadena no es menos instructiva. Hagamos primero a un lado la
oposición donde el afirmar la superioridad del segundo
término respecto al primero es cercana a la tautología:
mal / bien; las que alaban tal o cual conducta (clemencia, continencia);
por último, las que se apoyan en una clara diferencia biológica:
animales / humanos, niños / adultos. Quedan dos series
de oposiciones: las que giran alrededor de la pareja cuerpo /
alma y las que oponen partes de la población del planeta
cuya diferencia es evidente, pero cuya superioridad o inferioridad
es problemática: indios / españoles, mujeres / varones.
Claro que es revelador encontrar que los indios se equiparaban
con las mujeres, lo cual prueba el paso fácil del otro
interior al otro exterior (puesto que el que habla siempre es
un varón español); recordemos, además, que
los indios hacían una distribución simétrica
e inversa: los españoles se equiparaban con las mujeres,
a través de la palabra, en la conversación de los
guerreros aztecas. Es inútil especular para saber si lo
que se proyectó fue la imagen de la mujer en el extranjero,
o los rasgos del extranjero en la mujer: ambos han estado siempre
ahí, y lo que importa es su solidaridad, no la anterioridad
de uno o de otro. El hacer que estas oposiciones se consideren
como equivalentes con el grupo relativo al cuerpo y al alma es
algo igualmente revelador: ante todo, el otro es nuestro propio
cuerpo; de ahí la equiparación de los indios y las
mujeres con los animales, con aquellos que, aunque animados, no
tienen alma.
Para Sepúlveda todas las diferencias se reducen a lo que
no es diferencia, la superioridad / inferioridad, el bien y el
mal. Veamos ahora en qué consisten sus argumentos en favor
de la justa guerra que hacen los españoles. Cuatro razones
vuelven legítima una guerra (hago una paráfrasis
de su discurso de Valladolid, pero los mismos argumentos se encuentran
en el Democrates alter):
1. Es legítimo dominar por la fuerza de las armas a los
hombres cuya condición natural es tal que deberían
obedecer a otros, si rechazan dicha obediencia y no queda ningún
otro recurso.
2. Es legítimo desterrar el abominable crimen que consiste
en comer carne humana, que es una ofensa particular a la naturaleza,
y poner fin al culto de los demonios, el cual, más que
cualquier otra cosa, provoca la ira de Dios, con el monstruoso
rito del sacrificio humano.
3. Es legítimo salvar de los graves peligros a los innumerables
mortales inocentes que esos bárbaros inmolaban todos los
años, apaciguando a sus dioses con corazones humanos.
4. La guerra contra los infieles se justifica porque abre el camino
para la propagación de la religión cristiana y facilita
la tarea de los misioneros.
Se puede decir que esta argumentación reúne cuatro
proposiciones descriptivas sobre la naturaleza de los indios con
un postulado que es también un imperativo moral. Esas proposiciones
son: los indios son de naturaleza sumisa; practican el canibalismo;
sacrifican seres humanos; desconocen la religión cristiana.
En cuanto al postulado-prescripción, es el siguiente: uno
tiene el derecho, incluso el deber, de imponer el bien al otro.
Quizás haría falta precisar de inmediato que uno
mismo es quien decide lo que está bien o mal;
uno tiene el derecho de imponer al otro lo que uno mismo considera
como un bien, sin preocuparse por saber si es igualmente un bien
desde el punto de vista del otro. Este postulado implica, pues,
una proyección del sujeto enunciante sobre el universo,
una identificación de mis valores con los valores (cf.
figs. 20 y 21).
No se pueden juzgar de la misma manera las proposiciones descriptivas
y el postulado perscriptivo. Las proposiciones, que se refieren
a la realidad empírica, pueden ser discutidas o completadas;
de hecho, en este caso particular, no están muy lejos de
la verdad. Es indiscutible que los aztecas no son cristianos,
que practican el canibalismo y realizan sacrificios humanos. Incluso
la proposición sobre la tendencia natural a la obediencia
no está totalmente desprovista de verdad, aunque su formulación
sea evidentemente tendenciosa: es seguro que los indios no tienen
la misma relación con el poder
que los españoles; que, precisamente, la simple pareja
superioridad / inferioridad cuenta menos para ellos que la jerarquía
global de la sociedad.
No sucede lo mismo con el postulado, que no surge de la verificación
ni del más-o-menos, sino de la fe, del todo-o-nada; se
trata de un principio que es la base misma de la ideología
operante en Sepúlveda, y por ello no puede ser discutido
(sino sólo rechazado o aceptado). Este es el postulado
que tiene en mente cuando ofrece el argumento siguiente: "San
Agustín [. . .] asegura que es mayor mal que perezca un
alma sin bautismo que el hecho de que sean degollados innumerables
hombres aun inocentes" (Democrates, p. 79). Esa
es la concepción "clásica": existe un
valor absoluto, que aquí es el bautismo, la pertenencia
a la religión cristiana; la adquisición de este
valor pesa más que lo que la persona individual considera
como su bien supremo, a saber, la vida. Y es que la vida y la
muerte del individuo son, precisamente, bienes personales, mientras
que el ideal religioso es un absoluto, o más exactamente
un bien social. La diferencia entre el valor común, transindividual,
y el valor personal es incluso tan grande que permite una variación
cuantitativa inversa en los términos a los que van ligados
esos valores: la salvación de uno justifica la muerte de
miles de otros.