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Listado de palabras, frases y canciones con las cuáles
aprenden inglés nuestros alumnos.
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Más información
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Historia de México
La independencia de la Ámerica
española.

AUTOR: Jaime E.
Rodríguez O.
Universidad Nacional Autónoma
de México ISBN 968-837-093-2
EL IMPERIO ESPAÑOL EN AMÉRICA
LAS REFORMAS BORBÓNICAS
El creciente sentimiento de la identidad americana
entró en conflicto con la determinación de España,
a lo largo del siglo XVIII, de reducir al Nuevo Mundo a la condición
de colonia. El proceso se inició con el advenimiento de
una dinastía nueva. La victoria de Felipe V en la guerra
de sucesión española permitió al nuevo monarca
Barbón iniciar una serie de cambios orientados a centralizar
el gobierno de España, sanear las finanzas y reorganizar
las fuerzas armadas. Los consejeros franceses y los reformadores
españoles, como José Patiño y José
del Campillo, revitalizaron la economía española
al emplear las políticas mercantilistas. Entre las transformaciones
más importantes estuvo el establecimiento del sistema de
intendentes de administración en la Península. El
intendente era un administrador provincial con autoridad militar,
financiera, económica y judicial. Responsable en forma
directa ante el rey, el nuevo funcionario tenía instrucciones
de disminuir el regionalismo y reforzar el gobierno nacional.18
Durante el reinado de Carlos III (1759-1788), funcionarios diligentes
se empeñaron en crear una sociedad más eficaz y
más racional, en
restructurar la administración, la educación, la
agricultura, la industria, el comercio y el transporte. Estos
hombres de la Ilustración ansiaban un gobierno mejor y
más eficaz. Rechazaron la idea de los Habsburgo acerca
de los reinos "federados", propugnando en lugar de éstos
una España unida y centralizada que reinara sobre sus colonias
ultramarinas. Señal indicativa de su actitud fue el cambio
que se dio en el título del monarca que, en tiempos de
los Habsburgo, fue "rey de las Españas y de las Indias",
en tanto que bajo los Borbones se convirtió en "rey
de España y emperador de América". Los funcionarios
de Carlos III fueron los primeros en referirse a las posesiones
americanas con el título de "colonias", término
tomado en préstamo de Gran Bretaña y Francia, en
lugar del tradicional de "reinos".19
Aunque el programa de regeneración de los Borbones se inició
en España, en 1743 José del Campillo volvió
su atención hacia el Imperio en un estudio denominado Nuevo
sistema de gobierno económico para la América. En
él propuso que la monarquía llevara a cabo una inspección
general del Nuevo Mundo con el fin de reunir datos precisos. Luego,
con base en tales informes, podría instituir las mejoras.
Sugirió igualmente que el establecimiento de intendencias
y del "libre comercio" dentro del imperio se convirtiera
en la piedra de toque de la reforma americana. Poco fue lo que
se logró; sin embargo, hasta el adve¬nimiento de la
guerra de los Siete Años. Sorprendida por la toma de La
Habana por los británicos en 1762 y consternada por el
sorprendente aumento en el comercio resultante, España
tomó las medidas para iniciar los cambios al término
de las hostilidades.20
En tanto que la guerra demostró claramente que la monarquía
espa–ola necesitaba controlar mejor su imperio si
quería reclamar su lugar como una de las mayores potencias
mundiales, la situación en el Nuevo Mundo contribuyó
asimismo a dar a la reforma un signo de urgencia. Como lo ha apuntado
John Lynch:
Existían ciertas características
del gobierno de América que preocupaban .a los Borbones.
Las instituciones no funcionaban de manera automática sólo
promulgando leyes y recibiendo a cambio obediencia. El instinto
normal de los súbditos coloniales era el de cuestionar,
evadir o modificar las leyes y sólo, como último
recurso, obedecerlas [...] La burocracia colonial tomó
el camino de aceptar el papel de mediadora entre la Corona y sus
súbditos, en lo que podría ser denominado "consenso
colonial".21
Para los reformadores Borbones quizá el
aspecto más turbador de la situación en el Nuevo
Mundo era el hecho de que los americanos ejercían un control
considerable sobre sus asuntos. Las élites locales de los
distintos reinos o regiones del hemisferio occidental tenían
poder económico, eran las propietarias de las haciendas,
minas, obrajes y otras empresas. En tanto que los españoles
peninsulares tenían el dominio del comercio en gran escala
entre España y América, los criollos y los mestizos
se dedicaban con frecuencia al comercio interno e interameri¬cano
en forma extensa. De igual forma, los americanos ejercían
una influencia política considerable. En teoría,
los funcionarios reales --que no debían establecer lazos
con los grupos locales- gobernaban la región; pero la administración
real en América era débil y a sus representantes
se les obligaba a menudo a colaborar con las élites locales
a fin de poder gobernar con mayor efectividad. Los notables de
la región cooptaban a los burócratas reales por
medio de la amistad, el matrimonio, las actividades comerciales
y el soborno.22 Los alcaldes mayores y los corregidores,
funcionarios de nivel medio que trabajaban en las localidades
eran considerados especialmente propensos a la cooptación
y la corrupción, puesto que obtenían sus ingresos
no de un salario sino del comercio. Así, conseguían
fondos tanto de los mercaderes locales como de los hombres de
empresa y a continuación adelantaban dinero en efectivo,
equipo y mercancías a los pequeños granjeros y a
los indios de su jurisdicción a través del repartimiento
de comercio. Aunque éste servía como un sistema
de crédito efectivo en muchas regiones, y aunque los campesinos
y los indios lo utilizaban con frecuencia para favorecer sus propios
intereses, algunos funcionarios también abusaban del repartimiento
para obligar a la gente del campo a comprar mercancías
que no necesitaba y a producir para el mercado de exportación.
En Perú el repartimiento produjo innumerables quejas. Sin
embargo, sirvió muy bien a los grupos de poder en la región.
Los americanos buscaban también cargos públicos
en sus respectivas patrias. Querían autogobernarse del
mismo modo que lo hicieron algunos reinos peninsulares, como Cataluña
en el siglo XVII. No sólo deseaban la mayoría de
los nombramientos a los cargos diversos en el Nuevo Mundo sino
que también los querían en sus propias patrias,
pues en tal sentido los criollos procedentes de otras regiones
eran considerados apenas diferentes de los peninsulares. El deseo
de obtener puestos públicos en sus patrias respectivas
se hizo posible cuando la Corona, en su desesperación por
recaudar fondos, empezó a vender cargos a mediados del
siglo XVII. Como resultado, los americanos lograron los nombramientos
necesarios para desempeñar los cargos en corregimientos,
ayuntamientos, audiencias y, en alguna ocasión, el puesto
de virrey.23 De este modo, los reinos del Nuevo
Mundo llegaron a ser relativamente autónomos.
Los americanos lograron el control de las audiencias de sus regiones
en el periodo 1687-1750. Aunque tal práctica fue iniciada
por los Habsburgo, los primeros reyes Borbones, Felipe V y Fernando
VI, aceleraron este proceso. A lo largo de la primera mitad del
siglo XVIII designaron a 108 criollos para 136 cargos en las audiencias
americanas. Las exigencias financieras que imponían las
guerras en las que participó España hicieron que
aumentara la venta de los cargos de oidores. La Corona vendió
la mayoría de los puestos de oidores en los lugares menos
amenazados, como Guadalajara, Quito, Lima, Charcas y Santiago
de Chile; en tanto que sólo vendió algunos puestos
en las audiencias sometidas al ataque de los británicos
como Santo Domingo, Santa Fe de Bogotá y México.
Preocupada por el poder creciente de los americanos, en 1750 la
Corona dejó de vender cargos en las audiencias, mas fueron
tantos los americanos que habían logrado obtenerlos que
pudieron mantener su mayoría en las audiencias de México,
Lima y Santiago hasta la década de 1770-1780.24
Los americanos buscaron los puestos en el gobierno con tanta vehemencia
porque creían que si lograban el dominio del gobierno local
podrían llegar a ser capaces de determinar su propio destino,
lo cual era posible porque, como lo ha indicado John 1. Phelan:
La monarquía española era absoluta
sólo en el original sentido medieval de la palabra. El
rey no reconocía a nadie que fuera superior a él
dentro o fuera de sus reinos. Él era la fuente definitiva
de toda la justicia y de todas las leyes. La antigua frase medieval
decía: "El reyes emperador en su reino". Sin
embargo, las leyes que llevaban la firma real no constituían
la expresión despótica de los deseos arbitrarios
del rey. Las leyes y el grado a que se obligaba a cumplidas reflejaban
las aspiraciones complejas y diversas de todos, o al menos de
numerosos grupos de esa sociedad corporativa y multiétnica.
La monarquía era representativa y descentralizada a un
grado que pocas veces se sospecha.
Aunque en las Indias no había asambleas de representantes
establecidas o Cortes, cada una de las corporaciones principales,
como los cabildos, los diferentes grupos eclesiásticos,
las universidades y los gremios, cada uno de los cuales gozaba
de una medida considerable de autogobierno, podía, y de
hecho lo hacía, hablar en nombre de sus respectivos constituyentes.
Sus observaciones llegaban al rey y al Consejo de Indias directamente
a través de sus representantes acreditados o indirectamente
por medio de los virreyes y las audiencias; y sus aspiraciones
modelaron de manera profunda el carácter de las decisiones
definitivas.25
Los americanos consideraban que sus patrias eran
reinos dentro de la monarquía española que se extendía
por todo el mundo y no colonias, como las de Gran Bretaña
y Francia. Estaban convencidos de que
una constitución no escrita [requería]
que las decisiones fundamentales fueran tomadas mediante la consulta
informal entre la burocracia real y los súbditos del rey
[en el Nuevo Mundo]. Por lo general se llegaba a una conciliación
entre lo que en idea querían las autoridades centrales
y lo que las condiciones y presiones locales podrían tolerar
en realidad.26
No obstante, los reformadores borbónicos
creían en un Estado absolutista y no en uno basado en el
consenso. Aún más, rechazaban la dependencia de
los Habsburgo respecto de la Iglesia y favorecían una administración
secular integrada por burócratas civiles y militares. Al
igual que los liberales del siglo xx, los hombres de la Ilustración
del siglo XVIII consideraban que el Estado era la institución
más capacitada para promover la prosperidad y el bienestar
de la monarquía. Pese a que los reformadores encontraron
oposición considerable de parte de los intereses locales,
procedieron con determinación porque tenían el apoyo
del monarca.
Tras la guerra de los Siete Años, Cuba se convirtió
en el lugar ideal para hacer un experimento reformista. Los Borbones
instituyeron en primer lugar una visita, o inspección,
durante los años de 1763 y 1764. A continuación
establecieron una intendencia, un nuevo ejército permanente,
así como un comercio más libre dentro del Imperio.
En vista de que los resultados fueron positivos -los americanos
fueron eliminados poco a poco de los puestos públicos,
aumentó la recaudación de impuestos y el ejército
nuevo pareció funcionar relativamente bien-, los Borbones
decidieron establecer las reformas a lo largo de todo el Imperio.
La Nueva España experimentó el
primer intento en gran escala de llevar a cabo las transformaciones
mediante la visita general de José de Gálvez, efectuada
de 1765 a 1771. El visitador general Gálvez, extremadamente
antiamericano, estableció las normas de las reformas reales.
El visitador tomó por asalto, audazmente, el antiguo orden,
poniendo en duda la idea del virreinato, que constituía
el centro de la estructura imperial de los Habsburgo. Lo agresivo
del enfoque de Gálvez y las acciones decisivas que puso
en juego para remediar los problemas que observaba hicieron que
los novohispanos se sintieran tan ofendidos que consideraron estas
acciones como un uso arbitrario de la autoridad. Acostumbrados
al consenso político, encontraron difícil aceptar
sus cambios.
José de Gálvez pretendía remplazar el virreinato
con un sistema de comandancias generales e intendencias poderosas
de segundo nivel con las que esperaba aumentar la recaudación
de impuestos y mantener el orden de manera más efectiva.
También propuso eliminar el repartimiento de comercio y
sustituir a los alcaldes mayores y corregidores con funcionarios
pagados por el Estado. La audiencia, en su calidad de elemento
importante de la estructura tradicional, fue asimismo sometida
al ataque. Gálvez redujo la jurisdicción de los
oidores mediante el recurso de conceder fueros, el derecho de
juzgar a sus propios dependientes, a diversas agencias gubernamentales,
como el servicio de correos, los estancos de la pólvora
y el tabaco, el monopolio de los naipes y los organismos fiscales.
La reforma cobró fuerzas en 1776, cuando Gálvez
se convirtió en ministro de las Indias. A pesar de la oposición
que había encontrado en Nueva España, estaba decidido
a llevar las reformas al resto del Imperio americano. En el mismo
año, Antonio de Areche, uno de los lugartenientes de mayor
confianza de Gálvez en la Nueva España, inició
una visita general a Perú que se prolongaría hasta
1784. Areche ya había mostrado su virulenta actitud antiamericana
en Nueva España, a la que definió como prácticamente
un desierto con sólo cuatro o cinco ciudades malhechas.
Las condenas más punzantes que lanzó, sin embargo,
fueron contra el mestizaje y la moralidad de los novohispanos.27
Por lo anterior, puede decirse que la visita de Areche a Perú
sólo sirvió para crear tensiones mayores. Juan Francisco
Gutiérrez de Piñeres, otro de los asistentes de
Gálvez, mostró ser igualmente hostil a los americanos
durante su visita general a la Nueva Granada en los años
de 1778 a 1781.
El esfuerzo de los visitadores para cambiar la administración,
abolir antiguos acuerdos y aumentar los impuestos encontró
considerable oposición en América. A lo largo de
toda la región, los perjudicados por las reformas recurrieron
a todos los procedimientos legales para obstaculizar o modificar
el nuevo sistema. En algunos lugares la población recurrió
a la resistencia armada para reparar los agravios recibidos. El
primer levantamiento ocurrió en Quito, centro de producción
textil cuyos obrajes padecieron en forma sustancial a manos de
la competencia europea. El aumento de los impuestos, especialmente
sobre el aguardiente, llegó primero a protestas y, en 1765,
a violentos motines.28 Levantamientos esporádicos se produjeron
en varias zonas de la sierra de la audiencia de Quito en los años
siguientes.29 En 1766 estallaron tumultos en múltiples
regiones de la Nueva España -San Luis Potosí, Guanajuato,
Michoacán y otros lugares del norte-. Las revueltas en
Nueva España, agravadas por la expulsión de los
jesuitas, muchos de los cuales eran originarios de América,
se extendieron al año siguiente. Las masas populares atacaron
los monopolios de la pólvora y del tabaco, saquearon comercios
y las oficinas de la Real Hacienda, liberaron a los presos, asaltaron
a quienes consideraban responsables por la expulsión de
los jesuitas y pusieron en fuga a los militares y oficiales reales.30
Entre los años de 1777 a 1780 las ciudades del Alto Perú
tuvieron tam¬bién que soportar esta inestabilidad.
Sin embargo, los mayores levantamientos ocurrieron en Perú
y Nueva Granada. La revuelta de Túpac Amaru amenazó
con abarcar todo el virreinato de Perú. Iniciada por el
cacique José Gabriel Túpac Amaru, quien se decía
descendiente de los Incas, la revuelta buscó al principio
corregir los abusos de los corregidores, del sistema de repartimiento,
lo que incluía terminar con la mita, mejorar las condiciones
de trabajo en las minas y obrajes y establecer una audiencia en
Cuzco. El movimiento, si bien estaba dirigido a las masas indígenas,
también intentó ganar el apoyo de mestizos, criollos
y esclavos negros, a quienes declaró oficialmente libres.
Al tiempo que grandes regiones de la sierra se unieron a los rebeldes,
otros grupos en el Perú, temerosos de los resultados de
un conflicto racial y de clases, se distanciaron de ellos y, de
hecho, apoyaron a las fuerzas militares que suprimieron la revuelta
en 1783.31
Si bien la otra gran revuelta de la época, el levantamiento
de los comuneros en Nueva Granada, tuvo su origen en agravios
semejantes, tomó una forma muy diferente. El aumento considerable
en los impuestos y la obligación por la fuerza de sostener
el monopolio del tabaco dieron lugar a amplias protestas en las
regiones productoras de tabaco de Socorro y San Gil. Cuando el
visitador Gutiérrez de Piñeres se negó a
tomar en cuenta las quejas de los lugareños, éstos,
dirigidos por Francisco Berbeo, vecino de Socorro, integraron
un "supremo consejo de guerra". Los rebeldes exigían
la abolición del monopolio, poner fin a tantos impuestos,
la expulsión del visitador y mayor autonomía. Cuando
alrededor de 20000 personas marcharon en dirección a la
capital, las autoridades decidieron pactar y estuvieron de acuerdo
con muchas de las demandas. Los comuneros obligaron a "las
autoridades a desempeñarse dentro del espíritu de
la 'constitución no escrita', cuyos principios guías
eran el debate, el cogobierno y el pacto",32 Pese a sus logros,
los comuneros sólo consiguieron retrasar, mas no detener,
la campaña de los Borbones en favor del dominio en América.
La intendencia, que constituía el centro de la reforma
en América, suscitó una oposición local considerable.
La reforma, puesta en marcha inicialmente en Cuba en 1764, había
mejorado la administración, en especial la recaudación
de impuestos; mas afrentó tanto a la élite de la
isla que el capitán general solicitó la revocación
de la ordenanza. y aunque la Corona rehusó tal petición,
la reacción cubana demoró el establecimiento de
intendencias en el resto de América. El visitador general
Gálvez propuso, en su Plan de intendencias (1768), la instau¬ración
de ellas en la Nueva España; pero la reforma languideció
hasta 1776, cuando él se convirtió en ministro de
las Indias.
A causa de la oposición que encontró en la élite
americana y a los obstáculos que oponían los burócratas,
Gálvez comenzó a implantar reformas en las regiones
periféricas del Imperio. En 1776 se estableció en
el norte de la Nueva España la comandancia general de las
Provincias Internas, la cual pretendía dar cohesión
a la región y proteger a los colonos allí asentados.
En el mismo año, Venezuela fue reorganizada como capitanía
general e intendencia. El virreinato de Río de la Plata
fue fundado en 1776, pero no hubo intendencias allá hasta
1782. Dos años después el sistema fue llevado a
Perú y en 1786 a la Nueva España.
Pese a que el visitador general Gutiérrez de Piñeres
propuso en 1782 el establecimiento de intendencias en Nueva Granada,
la oposición del virrey y las repercusiones del levantamiento
de los comuneros lo impidieron. La audiencia de Quito experimentó
sólo un cambio menor al convertirse en intendencia la provincia
sureña de Cuenca. La Corona fundó otras intendencias
en Puerto Rico, Chiapas, Nicaragua y Chile.33
Aunque el sistema de intendencias tuvo éxito en lo que
respecta al mejoramiento del gobierno de las provincias, el aumento
en la recau¬dación de impuestos y el fomento del desarrollo
económico regional, en última instancia su legado
fue impulsar el regionalismo. Los poderosos nuevos funcionarios
dislocaron los lazos políticos y económicos existentes
que unían a las élites locales con sus equivalentes
de las capitales virreinales; mas también dieron oportunidades
de movilidad social y económica en el plano provincial.
Mejoraron los caminos y las obras públicas, la salubridad
y el abastecimiento de agua, al igual que otros servicios públicos,
y contribuyeron a acrecentar el orgullo cívico.
Dado que la llegada de funcionarios poderosos, de prestigio y
bien remunerados aumentó el nivel de las capitales de provincia,
también los intendentes y las élites locales contribuyeron
a menudo al propósito de lograr influencia y autoridad
mayores en sus respectivas regiones. Como resultado, los nuevos
funcionarios no sólo colaboraron sin darse cuenta en el
crecimiento del regionalismo sino que se vieron enfrascados en
la política local.
Sin embargo, los funcionarios de segundo nivel, subdelegados que
sustituyeron a los corregidores y alcaldes mayores, no la pasaron
tan bien. Desprovistos de los ingresos y el prestigio de los intendentes,
se mostraron incapaces de ofrecer una buena administración
y una justicia adecuada en el campo. Muchos de ellos sucumbieron
pronto a las demandas en favor de la restauración del repartimiento
del comercio. En algunos casos las élites locales consideraron
que el repartimiento era necesario para obligar a las comunidades
indígenas a participar en el comercio; en otros, la gente
deseaba su restauración, dado que el repartimiento de comercio
constituía el único sistema viable de crédito
al alcance de los pequeños propietarios y las comunidades
indígenas.34
Los reformadores borbónicos consideraron a la Iglesia como
un obstáculo a su plan de modernizar España. Dicha
institución no sólo ejercía gran influencia
sino que también era dueña de una enorme riqueza.
Los reformadores consideraban al numeroso clero como parásitos
improductivos que agobiaban a la sociedad y que, al mantener la
tierra en un régimen de manos muertas, privaban al Estado
de ingresos y a la sociedad de riqueza productiva. El conde de
Campomanes, por ejemplo, sugirió que la expropiación
tal vez sería necesaria a fin de remediar el desequilibrio
entre una Iglesia rica y un Estado indigente.
Los reformistas borbónicos buscaron aumentar el poder del
Estado a expensas de la Iglesia. En España, la Iglesia,
y en especial la Compañía de Jesús, dominaba
la educación superior por medio de los colegios mayores,
que, destinados originalmente a lugar de residencia de los estudiantes
pobres, fueron tomados por los hijos de las familias ricas propietarias
de la tierra. Los hijos de la nobleza baja, excluidos de los colegios
mayores y conocidos peyorativamente como manteístas a causa
de las largas capas o mantas que se les obligaba a portar, lucharon
por lograr su educación. Debido a sus privilegios, los
colegiales, los egresados de los colegios mayores, predominaban
en el clero y la administración real.
No obstante, durante el reinado de Carlos III muchos de los reformadores
eran manteístas y, como se oponían al poder de la
Iglesia, también fueron considerados "jansenistas"
por sus adversarios. De este modo se formaron dos grupos que tenían
puntos de vista opuestos respecto a la Iglesia: los ultramontanos
-los colegiales-, que se identificaban con los jesuitas y estaban
en favor del orden tradicional; y los reformadores -manteístas-,
que deseaban poner fin al poder de los jesuitas sobre la sociedad
hispánica. La ocasión de imponer el cambio se dio
en marzo de 1766, cuando en Madrid se produjo un motín
en contra de las reformas del ministro de Carlos III, el marqués
de Esquilache, nacido en Italia.
Aunque el motín de Esquilache tuvo su origen en una serie
de factores muy diversos, como malas cosechas, aumento de impuestos
y los fracasos de España en la guerra de los Siete Años,
los funcionarios reales culparon del motín a las maquinaciones
de los jesuitas, los colegiales y a otros opositores de la reforma.
Una vez restaurado el orden, la comisión de investigación
determinó, tras una pesquisa secreta, que los jesuitas
habían alentado el motín y, como consecuencia de
lo anterior, el 27 de febrero de 1767 el rey ordenó que
fueran expulsados de España y de todos sus dominios.35
La expulsión de 2 500 jesuitas afectó de manera
profunda a América. La mayoría de ellos había
nacido en el Nuevo Mundo, donde la Com¬pañía
de Jesús desempeñó un papel de primera importancia.
Los jesuitas eran los maestros y consejeros de la élite
local; controlaban las instituciones de educación superior
y las universidades; eran dueños de muchas haciendas y
obrajes; administraban hospitales, orfanatorios y otras instituciones
de caridad; proporcionaban el personal para las misiones establecidas
en los extremos norte y sur y, en Paraguay, tenían bajo
su dominio un enclave que gozaba de autonomía considerable.
Los reformadores borbónicos consideraron a la Compañía
de Jesús como el ejemplo extremo del poder casi autónomo
de la Iglesia en Hispanoamérica.36 En un principio, los
americanos reaccionaron con gran cólera ante la expulsión,
a la que consideraron como un hecho inexplicable. En algunos lugares,
especialmente en la Nueva España, el pueblo se amotinó.
A todo lo largo y ancho del Nuevo Mundo las clases dirigentes
criticaron la acción real mediante la cual se expulsó
a sus familiares, maestros y consejeros. No obstante, con el paso
del tiempo, fueron apaciguándose debido a que las valiosas
propiedades de los jesuitas que fueron expropiadas se vendieron
a aquellos que disponían de crédito y posición
social. Otros, entre ellos las demás órdenes religiosas,
tomaron posesión de las instituciones de educación
superior, de las misiones y de las obras de caridad de los jesuitas.
Aunque la transferencia de las propiedades jesuitas, de sus instituciones
y de sus zonas de influencia encontró en América
gente muy dispuesta a hacerse cargo de ellas, los jesuitas se
llevaron consigo un activo considerable: el patriotismo americano,
que posteriormente tomaría forma en sus escritos e influiría
en la actitud de los dirigentes del Nuevo Mundo.
La redefinición de la jurisdicción legal del Estado
sobre los asuntos del clero se convirtió en el principal
motivo de controversia entre los reformadores y la Iglesia. Los
fueros eclesiásticos habilitaban a las cortes diocesanas
a reclamar jurisdicción exclusiva sobre determinados delitos
cometidos por miembros del clero y, mientras éstos disfrutaban
de inmunidad personal respecto de las autoridades civiles, reclamaban
también el derecho de intervenir en la sociedad secular.
En el caso del asilo, la Iglesia se interpuso entre el pueblo
y la justicia real La Corona hizo el intento de excluir del asilo
a determinados tipos de criminales y declaró a algunos
templos "iglesias frías", es decir, estaban imposibilitadas
para ofrecer asilo.
Mediante el acto de declarar que toda propiedad era temporal,
los reformadores transfirieron a los juzgados seculares la jurisdicción
sobre los títulos de propiedad de la tierra y otras clases
de propiedades eclesiásticas. También se restringió
la inmunidad personal del clero a la persecución y arresto
por los funcionarios seculares. A finales del siglo XVIII las
salas de crimen de las audiencias juzgaban a los infractores pertenecientes
al clero. En tanto que algunos miembros de la alta jerarquía
de la Iglesia aceptaban como necesarias muchas de las reformas,
la mayoría de los eclesiásticos, en especial el
clero bajo, se oponía amargamente y resentía la
pérdida de la inmunidad eclesiástica, aspecto que
influyó en numerosos curas en la posterior lucha de independencia.37
El Ejército, al contrario de la Iglesia, obtuvo nuevo poder
e influencia en América. Una vez terminada la guerra de
los Siete Años, Gran Bretaña y España se
convirtieron en los competidores principales en la lucha por el
dominio del Nuevo Mundo. Ambas potencias militarizaron la región
al establecer ejércitos permanentes. La Corona española
tomó la decisión de defender América mediante
una fuerza armada integrada alrededor de un núcleo de miembros
regulares del. ejército español y una milicia bien
adiestrada como reserva. Los americanos pagarían la nueva
fuerza armada mediante un aumento en las alcabalas, que pasó
de 2 a 6%. Tal proceso, que se inició en Cuba en 1763,
se extendió posteriormente a Nueva España, Nueva
Granada, Quito y Perú.
El ejército de América se convirtió pronto
en un ejército americano, pues para finales del siglo los
americanos constituían el 60% del cuerpo de oficiales y
el 80% de los soldados. Las milicias eran casi totalmente americanas.
Para alentar el reclutamiento, a los miembros del nuevo ejército
y de la milicia se les concedió fuero militar, privilegio
que se extendió, en cierta medida, incluso a las castas
y a los pardos, y que otorgaba la protección de los juzgados
militares y cierto grado de exención fiscal.38
El fuero militar y otras prerrogativas atrajeron el deseo de reconocimiento
de los americanos. En algunos lugares, especialmente en aquellos
con una considerable población de origen africano, como
Cuba, Venezuela, Nueva Granada y Perú, el ejército
y la milicia abrieron camino a la movilidad social. Las élites
sudamericanas obtuvieron también beneficios de la nueva
estructuración, pues entre ellas tener un cargo de oficial
aumentaba considerablemente la posición socioeconómica
de una persona.
Sin embargo, eran numerosos los americanos que no mostraban ningún
entusiasmo por el servicio militar, puesto que los apartaba de
sus hogares. A los oficiales de la milicia las maniobras les significaban
una interrupción de sus actividades mercantiles y, tanto
a los soldados como a sus familiares, las obligaciones militares
les resultaban extremadamente problemáticas.
La nueva estructura militar de América obtuvo resultados
diversos. En tanto que el ejército de América reforzó
las defensas del continente, la milicia probó ser inútil.
En Perú, por ejemplo, no logró sofocar la sublevación
de Túpac Amaru, pues fue necesaria la acción del
ejército regular, de los civiles y del clero para reprimirla.
Sólo en las regiones de frontera tuvo éxito la milicia.
Aunque era necesaria la reforma militar, las autoridades españolas
del Nuevo Mundo se preocuparon por la americanización de
las fuerzas armadas. El tiempo mostró que sus temores estaban
bien fundados pues, más tarde, los oficiales de la milicia
dirigieron a las unidades insurgentes en la lucha de independencia.
La reforma económica, otra de las tesis mayores del programa
borbónico, al igual que la transformación política,
buscó un mayor dominio imperial. Como el virrey ilustrado
en la Nueva España, Juan Vicente Güemes de Pacheco
y Padilla, segundo conde de Revillagigedo, explicó a su
sucesor:
No debe perderse de vista que esto es una colonia
que debe depender de su matriz, la España, y debe corresponder
a ella con algunas utilidades, por los beneficios que recibe de
su protección, y así se necesita gran tino para
combinar esta dependencia y que se haga mutuo y recíproco
el interés lo cual cesaría en el momento que no
se necesitase aquí de las manufacturas europeas y sus frutos.39
En el esfuerzo por controlar el comercio del
Nuevo Mundo, los reformadores borbónicos promulgaron el
reglamento de 1778, en el que se apelaba por "un comercio
libre y protegido", proyectado para reducir a los americanos
al papel de proveedores de metales preciosos y de materias primas,
así como de consumidores de los productos elaborados en
España. A partir de 1765, las autoridades españolas
abolieron el monopolio que ejercía el puerto de Cádiz
abriendo el comercio, en el Caribe, primero a ocho puertos de
la Península y, posteriormente, a Luisiana en 1768, Campeche
y Mérida en 1770 y Perú, Chile y el Río de
la Plata en 1778.
Aunque en este último año la Corona dio a conocer
el Reglamento de comercio libre y protegido, la Nueva España
y Venezuela quedaron excluidas durante otro decenio debido a que
la segunda se encontraba bajo el dominio de la Compañía
de Caracas y porque las autoridades temían que la poderosa
economía de la primera desplazara a la de regiones americanas
más pobres. Venezuela fue incluida dentro del sistema en
1788 y Nueva España en el año siguiente.
Si bien se daba fin al monopolio de Cádiz,
el comercio libre limitaba todavía el comercio americano
sólo a los puertos españoles e hispanoamericanos.
El comercio con el extranjero siguió siendo prohibido,
puesto que la intención principal de la Corona era mantener
al Nuevo Mundo como una colonia. Y debido a que la industria española
no podía satisfacer todas las necesidades de su Imperio,
otros países participaron en el comercio hispanoamericano
transbordando sus mercancías en la Península o bien
mediante el contrabando.4O
El comercio libre extendió el intercambio mercantil con
España cuando los puertos catalanes y gallegos comenzaron
a comerciar abiertamente con América. Entre 1778 y 1796,
periodo en que trabajó bien el comercio libre antes de
desplomarse en 1797 como resultado de la alianza de España
con la Francia revolucionaria, los embarques peninsulares al Nuevo
Mundo se cuadruplicaron y las exportaciones americanas a España
aumentaron 10 veces.
Aunque Barcelona, centro de la industria española, embarcó
a América productos manufacturados, la mayoría de
las exportaciones peninsulares a América consistía
en productos agrícolas. También aumentóel
rembarque de mercancías extranjeras. Si bien la plata continuó
siendo el artículo americano de mayor importancia, los
productos agrícolas, como cacao, azúcar y tabaco,
y otras materias primas, como cochinilla, índigo y pieles,
constituyeron 44% del total de las exportaciones de 1778 a 1796.
Nueva España continuó siendo el mayor importador
y exportador no sólo porque era el principal productor
de plata sino también porque era la región más
rica, más desarrollada y más poblada de América.41
El comercio libre no benefició de manera uniforme al Nuevo
Mundo. Los sectores manufactureros pertenecientes a las regiones
principales experimentaron una declinación. En algunos
casos, como el de la industria textil del Bajío en la Nueva
España, contribuyeron también los factores internos;
pero en otros, como Quito, el descenso fue resultado directo de
los cambios administrativos y comerciales dentro del Imperio.42
El establecimiento del virreinato del Río de la Plata afectó
adversamente a Perú y Quito. De forma parecida, el hecho
de que hubiera terminado sus operaciones la Compañía
de Caracas, así como la creación de la intendencia
de Venezuela, dañó a la industria cacaotera de Guayaquil.
43
Por otra parte, las regiones agrícolas de Sudamérica,
especialmente la del Río de la Plata y la de Chile, se
beneficiaron de las condiciones cambiantes.44
En el norte, el vasto, populoso y rico virreinato de la Nueva
España efectuó un reajuste interno a medida que
sus regiones agrícolas y de plantación, como la
Nueva Galicia, el Bajío, Veracruz, Oaxaca y Yucatán
eran favorecidas por las oportunidades que les ofrecía
el comerció libre.
El ajuste gradual de los reinos de América a las nuevas
condiciones fue interrumpido por las guerras en Europa, que afectaron
profundamente el comercio imperial. En 1793 la España de
los Borbones se alió a otras monarquías europeas
en la guerra contra la regicida República francesa. Al
momento de iniciarse las hostilidades, las finanzas reales funcionaban
bien y la economía era próspera. Sin embargo, a
finales de ese año la situación había cambiado
drásticamente. La guerra obligó a la Corona a aumentar
los impuestos y a imponer las primeras cargas fiscales directas
a la nobleza. Con el fin de afrontar la emergencia, el gobierno
también expidió vales reales y ordenó la
expropiación de las propiedades de la Iglesia. Estas medidas,
que no lograron detener el deterioro de la economía, sí
erosionaron el apoyo popular al gobierno y, todavía peor,
las graves derrotas militares forzaron a Madrid a aceptar un tratado
humillante que unía España a Francia, convirtiéndola
así en enemiga de Gran Bretaña.
El nuevo alineamiento internacional obligó a España
a sostener una serie de guerras contra Bretaña y sus aliados,
agotando aún más la eco¬nomía española.
En 1796 la armada británica bloqueó los puertos
españoles separando a la Península de sus posesiones
ultramarinas. El comercio español con América llegó
a su virtual fin. En marzo de 1797 las autoridades de Cuba abrieron
el puerto de La Habana a los embarques neutrales. En un esfuerzo
tardío por mantener algunas medidas de con;trol sobre el
comercio de América, Madrid autorizó a las naves
neutrales a transportar mercancías al Nuevo Mundo, en especial
azogue y pólvora para las minas de plata. Con la Paz de
Amiens (1802) se puso fin a las hostilidades, permitiendo que
reviviera la atribulada economía española. El comercio
con América aumentó y se recuperó la producción
nacional, que alcanzó su punto culminante en 1804. El gobierno
incluso comenzó a retirar de la circulación los
vales reales, mas para entonces Francia y España estaban
otra vez en guerra contra Gran Bre¬taña. La derrota
de Trafalgar, que se dio al año siguiente, destruyó
la armada española y América quedó separada
de España. Para 1807 ni un solo barco español llegó
a La Habana, y la Península no recibió un solo cargamento
de plata. Nuevamente, la única solución a mano era
volver a los barcos neutrales.45

Mapa1, La américa española
durante la colonia, c. 1800. (Fuente; John Lynch, Bourbon Spain,
1700-1808, Oxford, Basil Blackwell, 1989.)
Los nuevos y perjudiciales alineamientos internacionales
no constituyeron la única queja que los americanos tenían
contra la Madre Patria. Los aumentos exorbitantes de impuestos
era la queja mayor que elevaba el Nuevo Mundo. Carlos III y todos
sus consejeros estaban convencidos de que América debía
rendir mayores "utilidades" a la Corona. De hecho, prácticamente
todas las reformas de los Borbones estaban encaminadas a subir
los impuestos a un "nivel apropiado". El gobierno real
aumentó la alcabala de 2 a 4% y, finalmente, a 6% en los
años finales del siglo XVIII y gravó con una gran
variedad de impuestos al aguardiente, los cereales, el ganado
y otros bienes; creó asimismo un considerable número
de monopolios estatales, como el de los naipes, el de la pólvora
y el del tabaco. Pese a las protestas e incluso motines violentos
que se dieron en Quito, Perú, Nueva Granada y Nueva España,
los funcionarios reales insistieron en la recaudación de
impuestos.
El estanco del tabaco obtuvo vastas ganancias. Por ejemplo, en
Nueva España tuvo ingresos por 69.4 millones de pesos en
el periodo de 1765 a 1795; 44.7 millones de esta suma fueron enviados
a España.46 La recaudación fiscal
en Nueva España aumentó inmensamente, pues de 1780
a 1810 ascendió 155% en relación con los 30 años
anteriores. El aumento se debió, en parte, a un sistema
más eficaz de recaudación de impuestos -extorsión,
de acuerdo con el punto de vista de los novo hispanos-.47
El aumento en la recaudación de impuestos no se limitó
a la rica Nueva España, pues el Reino de Quito, cuya economía
estaba muy deprimida, proveyó también a la Corona
con crecientes ingresos. Las tesorerías de Quito, Guayaquil
y Cuenca promediaron aumentos anuales de 5.4, 3.8 y 4.7% en recaudaciones
fiscales en el periodo de 1777 a 1804, lo que constituyó
un incremento aún mayor que el del gran virreinato del
norte.48
Las incesantes y crecientes exigencias de dinero por parte de
España para costear las guerras en Europa minaron las finanzas
de América. Aunque los ingresos aumentaron e manera sustancial,
no podían equi¬pararse con los gastos, especialmente
los destinados a la economía de guerra, que crecían
a una tasa aún más rápida. Aumentó
el déficit. Por ejemplo, en Nueva España la deuda
creció de 3 millones de pesos en 1780 a 31 millones en
1810. La desintegración financiera del gobierno real en
América, como ha hecho notar John TePaske, "constituyó
un proceso gradual e inexorable que se inició a principios
del decenio 1780-1790 y, de hecho, el derrumbe
financiero del Estado era ya casi un hecho cumplido hacia L..]
1810".49
Todavía más. Las exigencias periódicas de
préstamos para afrontár gastos extraordinarios en
la Península ibérica afectaron de manera adversa
la economía debido a que drenaban efectivo en metálico
del Nuevo Mundo. En 1783, por ejemplo, los gremios mineros de
Nueva España y Perú fueron forzados a prestar millones
de pesos a España. Posteriormente, los gremios artes anales
fueron obligados a transferir sus fondos de las cofradías
afiliadas a la Iglesia y ponerlos bajo el con¬trol del gobierno.
A los mercaderes financieros y los banqueros de la plata se les
ordenó también que pusieran su capital a disposición
del Estado.50
Quizá el trastorno mayor de la economía del Nuevo
Mundo se produjo cuando el rey hizo extensivo al imperio el Real
Decreto de Consolidación en 1804. Promulgado primero en
España en 1798 con el fin de redimir los vales reales y
liquidar otras deudas de guerra, el decreto autorizaba a los funcionarios
reales a embargar y subastar los bienes inmobiliarios de la Iglesia.
En restitución, las autoridades eclesiásticas recibirían
un interés de 3% de sus "préstamos" al
gobierno. La Corona pensaba que tal medida resultaría benéfica,
pues la subasta daría a los granjeros en pequeño
y a otros hombres de empresa la oportunidad de adquirir tierras.
En vista de que la Iglesia de la Nueva España funciona¬ba
como el banquero principal del país, tal medida podía.
arruinar al virreinato. Pese a las protestas desesperadas e incluso
amenazantes, las autoridades hicieron cumplir el Decreto de Consolidación
y, para 1808, los funcionarios reales de Nueva España habían
reunido más de 12 millones de pesos; esto es, aproximadamente
la cuarta parte de la deuda total que se debía a la Iglesia.
Medidas semejantes se tomaron en todo el resto del continente.51
Como si tales exacciones no bastaran, durante la segunda mitad
del siglo XVIII los americanos se vieron inundados por una ola
nueva de inmigrantes españoles. Funcionarios gubernamentales,
comerciantes y simples inmigrantes llegaron al Nuevo Mundo a "hacer
la América". En una época en que el régimen
favorecía a los peninsulares, los funcio¬narios y empresarios
españoles preferían dar empleo a sus compatriotas
y familiares, más que a los americanos. Isleños
provenientes de las Canarias, gallegos, asturianos y vascos buscaron
fortuna en el Nuevo Mundo. Aunque estos inmigrante s se integraron
rápidamente a la sociedad americana por medio del matrimonio,
no perdieron, por lo general, sus lazos con España. Por
supuesto, sus hijos criollos y parientes resentían a los
recién llegados. Pese a la lucha constante entablada en¬tre
las élites americanas y los europeos de alto y mediano
nivel por ganar el gobierno o las oportunidades comerciales, el
conflicto de ma¬yores dimensiones se presentó en el
nivel más bajo. Los comerciantes españoles minoristas,
los viajantes de comercio y los funcionarios de bajo nivel se
ganaron pronto la enemistad de las masas. Aunque nunca fueron
muchos -quizá unos 40 000 repartidos por todo el Nuevo
Mundo en 1800-, los americanos consideraron a los españoles
recién llegados como depredadores que les arrebataban las
oportunidades a las que tenían derecho. 52
La enemistad aumentó a lo largo de los años a medida
que España y los peninsulares exigían que los americanos
su¬bordinaran sus necesidades a las de la metrópoli
en peligro.
Las reformas de los Borbones no constituían un plan de
acción cuidadosamente orquestado, determinado y bien ejecutado.
Aunque las fuerzas armadas coloniales fueron renovadas con rapidez
después de 1763, quedaron sometidas a cambios sustanciales
a lo largo de los años. Las reformas comerciales, las transformaciones
de la administración e incluso los intentos de evitar que
los americanos se hicieran cargo del gobierno en sus respectivas
patrias resultaban inciertos, vacilantes e inconsistentes. El
sistema de la intendencia fue introducido parcial y gradualmente
en algunas regiones a lo largo de los años, mientras que
otras, como la Nueva Granada, no tuvieron nunca la experiencia
de la transformación. Del mismo modo, Nueva España,
el reino americano más rico, más desarrollado y
más productivo, tuvo que aguardar un decenio antes de poder
disfrutar de los beneficios del comercio libre.
Los americanos en todo el continente se opusieron o bien objetaron
las innovaciones y se las arreglaron para modificar muchas de
ellas de modo que se ajustaran a sus intereses. Si bien las reformas
de los Borbones fueron dañinas inicialmente para algunas
regiones o grupos, la Corona española sin duda hubiera
alcanzado con el tiempo acuerdos aceptables con todos los interesados.
No obstante, los acontecimientos en Europa a finales del siglo
XVIII impidieron un reajuste ordenado. El inicio de la Revolución
francesa desató 20 años de guerras en las que España
se convirtió, contra su voluntad, en participante. De este
modo, a principios del siglo XIX el Imperio español afrontó
la crisis más grave de su historia.
18 Jaime E. Rodríguez O., 7be Emergence of
Spanish America: Vicente Rocaluene and Spanish A merica
nism, 1808-1832 (Berkeley: University of California Press, 1975),
2. [Hay edición en español en el FCE.1
19 Colin M. MacLachlan, Spain S Empire in the
New Warfd: 7be Rafe of Ideas in Institutional
and Social Change (Berkeley: University ofCalifornia Press, 1988).
2O Miguel Anola, "Campillo y las refonna
de Carlos m", en Revista de Indias, XII (1952), 687-690.
Aunque el estudio de Campillo se publicó en 1762, como
parte del Proyecto económico de Bernardo Ward, y en foona
separada en 1787, circuló profusamente antes en forma de
manuscrito.
21 John Lynch, Bourbon Spain, 1700-1808 (Oxford:
Basil BlackweU, 1989), 329, 333.
22 Véase, por ejemplo, John 1. Phelan,
The Kingdom 01 Quito in tbe Seventeenth Century: Bureauaatic Politics
in the Spanish Empire(Madison: University of Wisconsin Press,
1967).
23 John H. Parry, The Sale 01 Public Office
in the Spanish Indies under the Habsburgs (Berkeley: University
of California Press, 1963); Fernando Muro, "El 'beneficio'
de oficios públicos en Indias", en Anuario de Estudios
Americanos, 35 (1978),1-67; Alfredo Moreno Cebrián, "Venta
y beneficios de los corregimientos peruanos", en Revista
de Indias (1976), 213-246; Kenneth J. Andrien, "The Sale
of Fiscal arrices and the Decline of Royal Authority in the Viceroyalty
of Peru, 1633-1700", en Hispanic American Historical Review
[en adelante HAHR/, 62: 1 (1982), 49-71.
24 Mark A. Burkholder y D. S. Chandler, From
impotence to Authority: 1be Spanish Crown and the American Audiencias,
1687-1808 (Columbia: University of Missouri Press, 1977). Tres
importantes trabajos acerca del tema aparecieron en HAHR, 520972):
Leon G. Campbell, "A Colonial Establish¬ment: Creole
Domination of the Audiencia of Lima during the Late Eighteenth
Century" , 1-25; Mark A. Burkholder, "FroÍn Creole
to Peninsular: The Transformation of the Audiencia of Lima",
395-415; y Jacques A. Barbier, "Elites and Cadres in Bourbon
Chile", 416-435. Véase tamhiénJohn L. Phelan,
"El auge y caída de los criollos en la audiencia de
Nueva Granada", en Boletín de Historia y Anti¬güedades,
59 (1972), 597-618; Y David A. Brading, Miners and Merchants in
Bourbon Mexico, 1763¬181º (Cambridge: Cambridge University
Press, 1971),40-44. [Hay edición en español en el
FCE.]
25 John L. Phelan, 7be People and Ibe King:
7be Comunero Revolttion in Colombia, 1781 (Madison: University
ofWisconsin Press, 1978), H2.
26 lbid., xviii.
27. Los puntos de vista de Areche son analizados
en Christon l. Archer, "What Goes Around Comes Around: Political
Change and Continuity in Mexico, 1750-1850", en Jaime E.
Rouriguez O. (compilador), Mexico in tbe Age of Democratic Revolution,
1750-1850 (Boulder: Lynne Rienner Publishers, 1994), 264-266.
28 Los mejores estudios que se han hecho de
este acontecimiento son los de Anthony MacFar¬lane, "The
'Rebellion of the Barrios': Urban Insurrection in Bourbon Quito",
en HAER, 690989), 283-330; Y KenethJ. Andrien, "Economic
Crisis, Taxes and the Quito Insurrection of 1765", en Past
and Present, núm. 129 (noviembre de 1990), 104-131.
29 Segundo E. Moreno Yánes, Sublevaciones
indígenas en la Audiencia de Quito, 3" edición
(Quito: Universidad Católica del Ecuador, 1985), 103-332.
30 Véase, por ejemplo, Felipe Castro
Gutiérrez, Movimientos populares en Nueva Esparla: Michoacán,
1766-1767(México: UNAM, 1990).
31 Existe una bibliografía muy vasta
acerca de la rebelión de Túpac Amaru, en la mayoría
de la cual se intenta definirla como uno de los primeros movímíentos
independentistas. El mejor estudio es el de Scarlett O'Phelan
Godoy, Rebellions and Revolts in Eighteenth-Century Peru and Upper
Pent (Colonia: Bóhlau Verlag, 1985), 209-256.
32 Phelan, The people and the King..., 239-240.
33 Lillian E. Fisher, Tbe Intendant System in
Spanish America (Rerkeley: University of California Press, 1929);
Luis Navarro García, Intendencias en Indias (Sevilla: Escuela
de Estudios Hispanoamericanos, 1956); John Lynch, Spanish Colonial
Administration. 1772-1810 (Londres: The Athlone Press, 1958);
John R. Fisher, Government and Society in Colonial Peru: 1be Intendant
System, 1784-1814 (Londres: The Athlone Press, 1970); Herbert
Priestley, José de Gálvez, Visitar General 01 New
Spain, 1765-1771 (Berkeley: University of California Press, 1916);
Ricardo Rees Jones. El despotismo ilustrado y los intendentes
de la Nueva España (México: UNAM, 1979); Dou¬glas
A. Washburn, "The Bourbon Reforms: A Social and Economic
History of the Audiencia of Quito, 1760-1810" (tesis de doctorado,
University of Texas at Austin, 1984), 117-122.
34 Margarita Menegus Bornemann, "Economía
y comunidades indígenas: el efecto de la supre¬sión
del sistema de reparto de mercancías en la intendencia
de México, 1786-1810", en Mexican Studies / Estudios
Mexicanos [en adelante MS / EA1!, 5:2 (verano de 1989), 201-219.
35 Constancio Eguía Ruiz, Los jesuitas
y el motín de Esquilache (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, 1947); Vicente Rodríguez Casado, La
política y los políticos en el reina¬do de Carlos
III(Madrid: Ediciones Rialp, 1962); Laura Rodríguez, "The
Riots of 1766 in Madrid", en European Studies Review, 3:30973),223-242;
así como su artículo "The Spanish Riots of
1766," en Past and Present, 590973), 117-146.
36 Acerca del tema de los jesuitas, véanse
Ignacio Osario Romero, Colegios y profesores jesuitas que enseñaron
latín en Nueva España, 1572-1767 (México:
UNAM, 1979); Magnus Morner,1be Political
and Economic Activities of the jesuits in the La Plata Region
(Estocolmo: Victor Pettersons Bokindustri Aktiebolag, 1953), así
como Tbe Expulsion of the jesuits from Latin America (Nueva York:
Knopf, 1965); Alberto Francisco Pradeau, La expulsión de
los jesuitas de las provin¬cias de Sonora, Ostimuri y Sinaloa
en 1767 (México: Antigua Librería Robredo de PorI'Úa,
1959). Los mejores estudios acerca de las propiedades de los jesuitas
son los de Herman W. Konrad, A jesuit Hacienda in Colonial Mexico:
Santa Lucía. 1576-1767 (Stanford: Stanfard University Press,
1980); Y el de Germán Colmenares, Las haciendas de los
jesuitas en el Nuevo Reino de Granada (Bogotá: Universidad
Nacional de Colombia, 1969).
37 El mejor trabajo acerca de la reforma eclesiástica
es el de Nancy M. Farriss, Crown and Clergy in Colonial Mexico,
1759-1821 The Crisis of Ecclesiastical Privilege
(Londres: The Athlone Press, 1968).
38 La reforma militar es, entre todas las reformas
de los Borhones, la estudiada más a fondo. Véanse,
por ejemplo, Allan J. Kuethe, Cuba, 1753-1815: Cmwn, Military
and Society (Knoxville: University of Tennessee Press, 1986),
así como su Military Re/ami and Society in New Granada,
1773-1808 (Gainesville: University of Florida Press, 1978); Christon
I. Archer, The Army in Bourhan Me.xico, 1760-1810 (Albuquerque:
University of New Mexico Press, 1977) [hay edición en español
en el FCEJ; Lean G. Campbell, Military and Society in Colonial
Pero, 1750-1810 (Filadelfia: American Philosophical Society, 1978);
y Juan Marchena Fernández, Oficiales y soldados en el ejército
de América (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos,
1983).
39 Citado en Catalina SielTa, El nacimiento
de México, 2" edición (México: Miguel
Ángel Porrúa, 1984), 177
40 John Fisher, Commercial Relations Betweem
Spain and Spanish America in the Era of Free Trade, 1778-1796
(Liverpool: University of Liverpool, 1985).
41 Javier Ortiz de la Tabla, Comercio exterior
de Veracruz, 1778-1821 (Sevilla: Escuela de Estu¬dios Hispanoamericanos,
1978).
42 John Super, La vida en Querétaro durante
la Colonia, 1531-1810 (México: Fondo de Cultura Económica,
1983); Robson Tyrer, Historia demográfica y económica
de la Audiencia de Quito, (Quito: Banco Central del Ecuador, 1988).
43 Michael T. Hamerly, Historia social y económica
de la antigua provincia de Guayaquil,1763-1842 (Guayaquil: Archivo
Histórico del Guayas, 1973), 57-85
44 Guillermo Céspedes del Castillo, Lima
y Buenos Aires: repercusiones económicas y políticas
de la creación del virreynato del Río de la Plata
(Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1949); Sergio
Villalobos, El comercio y el contrabando en el Río de la
Plata y Chile (Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1965).
45 Antonio García-Baquero, Comercio colonial
y las guerras revolucionarias (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos,
1972); ]ohn Fisher, Trade War and Revolution: Exports from Spain
lo Spanish America, 1797-1820 (Liverpool: University of Liverpool,
1992),
46 W, Kendall Brown, Bourbons and Brandy: Imperial
Reform in Eighteenth-Century Arequipa (Alhuquerque: University
of New Mexico Press, 1986); Susan Deans-Smith, Bureaucrats, Planters
and Workers: 7be Making of the Tobacco Monopoly in Bourbon Mexico
(Austin: University of Texas Press, 1992).
47 Juan Carlos Garavaglia y Juan Carlos Grosso,
"Estado borbónico y presión fiscal en la Nueva
España, 1750-1821", en America Latina: Dallo Slato
coloniale allo Stato nazionalle (J 750-1940), 2 vols. (Milán:
Franco Angeli, 1987), 1, 78-98.
48 KennethJ. Andrien, The Kingdom qfQuito,
1690-1830: ?be State and Regional Development (Cambridge: Cambridge
University Press, 1995), 200-204.
49 John J. TePaske, "The Financial Disintegration
of the Royal Govemment in Mexico during the Epoch of Independence",
en Jaime E. Rodríguez O. (compilador), The Independence
01 Mexico and the Creation 01 the New Nation (Los Ángeles:
VCLA Larin American Center, 1989), 63.
50 Carlos Marichal, "Las guerras imperiales
y los préstamos novohispanos, 1781-1804", y Josefa
Vega, "Los primeros préstamos de la guerra de Independencia",
en Historia Mexicana, 39 (abril¬junio de 1990),881-907, 909-931.
51 Romeo Flores Caballero, La contrarrevolución
en la Independencia: Los españoles en la vida política,
social y económica de México, 1804-1838 {México:
El Colegio de México, 1969),33-65;
Asunción Lavrin, "The execution of the Law of Consolidation
in New Spain", HAHR. 53 (febrero de 1973),27-49; Anthony
McFarland, Colombia before Independence: Economy, Society and
Po/i¬ties under Bourbon Rule (Camhridge: Cambridge University
Press, 1993), 306.
52 Flores Caballero, La contrarrevolución
en la Independencia..., 15-23; Brading, Merchants and Miners in
Bourbon Mexico, 14-15, 105-106; Alberto Flores Galindo, Aristocracia
y plebe: Lima, 1760-1830(Lima: InstitUto Nacional de Cultura,
1984),78-96; P. Michael McKinley, Pre-Revolutionary Caracas: Polities,
Economy and Socie y 1777-1811 (Cambridge: Cambridge Univcrsity
Press, 1985), 13-18.
LA CRISIS IMPERIAL
La Revolución francesa de 1789, que hundió
a Europa en una guerra de 20 años, así como la agitación
política que desató, hizo que se precipi¬tara
la crisis imperial en el mundo español. En el momento preciso
en
que la monarquía necesitaba de un gobierno fuerte, perspicaz
y ex¬perimentado, perdió al gran rey reformador Carlos
III en diciembre de 1788. Su sucesor, Carlos IV, era débil,
irresoluto e ineficaz. Al principio, el nuevo rey mantuvo la política
de su padre al sostener al conde de Floridablanca como primer
ministro. Mas el radicalismo de la Revolu¬ción francesa
atemorizó a Floridablanca, quien impuso la censura a la
prensa en el intento de aislar al mundo español del virus
revolucionario francés. Y cuando falló esta táctica
instituyó medidas aún más represi¬vas,
como la cancelación de la prensa en 1791 y el restablecimiento
de la Inquisición con el fin de eliminar los libros peligrosos
y a los subver¬sivos en potencia. 30
Tales actos dieron lugar a que se produjera una oposición
fuerte en España que amenazó también al primo
del rey Carlos, Luis XVI de Francia, quien había jurado
mantener la Constitución francesa. Con el fin de tranquilizar
el país y reducir las tensiones entre España y Francia,
Carlos IV sustituyó a Floridablanca con el francófono
conde de Aranda en febrero de 1792. El cambio en el ministerio
permitió que se vertieran en España las noticias
y la propaganda revolucionaria de Francia, puesto que Aranda disminuyó
la censura. La marcha atrás en la política preocupó
a numerosos españoles; así, en tanto que el radicalismo
aumentaba en Francia, las intrigas palaciegas en contra del primer
ministro de España obtuvieron mayor apoyo. Como resultado
de lo anterior, Aranda, quien ya estaba entrado en años,
fue destituido y remplazado por un favorito de la familia real,
Manuel Godoy, oficial de la guardia de 25 años.
El nuevo ministro gobernó a España de 1793 a 1808,
un periodo que hubiera puesto a prueba el talento de hombres de
Estado más experi¬mentados y respetados. Infortunadamente,
Godoy no tenía ni la forma¬ción ni la experiencia
necesarias para una tarea de tal envergadura. Logró, eso
sí, obtener un poder sin precedentes, pues gozaba de la
con¬fianza del rey y de la reina. El pueblo resentía
la influencia de Godoy, así como su ascenso tan inmerecido
al poder, resentimiento que creció cuando el rey otorgó
títulos y favores a su ministro.
La falta de méritos de Godoy, así como su relación
con la familia real, convirtieron al ministro en blanco fácil
de los detractores. Circula¬ban rumores de que era el amante
de la reina y de que cualquiera era capaz de comprar sus favores.
Tales historias empañaron la reputación de la familia
real y de la monarquía en el momento preciso en que las
tensiones resultantes de la grave situación internacional
estaban crean¬do un ambiente de descontento contra el gobierno.
Godoy, quien se consideraba un hombre de la Ilustración,
intentó con¬tinuar la política reformista de
Carlos III, táctica que le ganó escaso apoyo por
parte de la comunidad intelectual y la burocracia, quienes lo
conside¬raban un advenedizo. Al mismo tiempo, su política
alejó a los tradiciona¬listas, quienes temían
que la religión y la sociedad fueran amenazadas por los
excesos de la Revolución francesa. Debido a que la administración
de Godoy era considerada corrupta en extremo, numerosas personas
que fue¬ron nombradas para desempeñar cargos públicos
tanto en España como en América durante su prolongado
ejercicio quedaron desacreditadas.31
El reinado del Terror de los jacobinos, así
como la ejecución de Luis XVI, conmocionaron al mundo español
y condujeron a la nación a un conflicto con Francia. Así,
Carlos IV se alió en 1793 con otras mo¬narquías
europeas en la guerra contra la regicida República francesa
sólo para ver la derrota de su país. La lucha minó
el sistema político es¬pañol y dio lugar a trastornos
económicos graves. Y todavía más: París
impuso en 1795 un tratado de paz humillante mediante el cual se
unía España con Francia, convirtiendo así
al país en enemigo de Gran Bretaña.
La nueva alineación internacional obligó a España
a participar en una serie de guerras contra Gran Bretaña
y sus aliados, dañando aún más la economía
española. La Armada británica separó a España
de sus pose¬siones ultramarinas, permitiendo a los comerciantes
británicos penetrar en el mercado hispanoamericano. La
Paz de Amiens (1802) dio fin por breve tiempo a la guerra entre
Gran Bretaña y Francia, permitiendo la resurrección
de la agobiada economía española. No obstante, en
1804, Francia y España se encontraban nuevamente en guerra
contra Gran Bretaña. Los británicos arrasaron con
la flota española en Trafalgar, y el bloqueo de 1806, el
"sistema continental" de Napoleón, devastó
la eco¬nomía peninsular. Tales desastres no sólo
interrumpieron el comercio con Hispanoamérica sino que
también provocaron desempleo masivo y grave inflación
que, con el tiempo, llevaron .a la bancarrota al gobier¬no.
Las desgracias económicas y políticas del país
fueron atribuidas por el pueblo a la maléfica influencia
de Godoy.32
Quienes esperaban reintegrar a la nación su antigua prosperidad
vie¬ron como su adalid al príncipe heredero Fernando,
pues se oponía a Godoy y sentía rencor hacia la
dependencia que tenían sus padres respecto de su favorito.
En marzo de 1808, los seguidores del príncipe obligaron
a Carlos IV a abdicar en favor de su hijo, quien pasó a
ser Fernando VII. La querella dentro de la familia real coincidió
con la en¬trada de los soldados franceses en la Península
ibérica. En 1807 Napole6n había sido autorizado
a cruzar por España con el fin de ocupar Portu¬gal.
Una vez que sus fuerzas entraron en el país, el emperador
de los franceses decidió sustituir a los Borbones españoles;
utilizando como excusa la disputa en torno a la Corona española,
Bonaparte atrajo a Francia a la familia real y allí la
obligó a abdicar en su favor. Posterior¬mente otorgó
a su hermano José el trono de España.
Aunque las autoridades españolas, la burocracia
imperial, la nobleza, el clero y el ejército aceptaron
en principio a José Bonaparte como r y de España,
el pueblo no lo hizo. El 2 de mayo de 1808 el pueblo de Madrid
se levantó en contra de los franceses, iniciativa que fue
seguida a lo largo de toda España. Estos actos dieron principio
a una serie de acontecimientos políticos y militares que
transformaron todo el mundo español. En forma que ningún
teórico de la política habría podido ima¬ginar,
una monarquía cuyos territorios se extendían por
todo el orbe fue arrojada por la borda. Como lord Byron dijo acertadamente,
era ahora "un pueblo sin rey para un Estado sin espíritu".
33
LA REVOLUCIÓN POLÍTICA
La mayoría de los españoles y de los
americanos se oponía a los fran¬ceses. Con el paso
de dos siglos hemos llegado a aceptar como bené¬ficos
los resultados de la Revolución francesa; mas, en ese tiempo,
el pueblo hispánico relacionaba el movimiento francés
con los excesos revolucionarios: el terror, el "ateísmo",
el anticlericalismo, que se mani¬festaba en especial con el
estatuto civil para el clero, y un imperialismo nuevo y virulento
que había subyugado brutalmente a otros pueblos europeos.
Lejos de ofrecer oportunidades para alcanzar la "democra¬cia"
y el "progreso", los franceses eran el epítome
de todo lo que te¬mían los pueblos de España
y América. Para ellos, la dominación fran¬cesa
implicaba una centralización mayor y exacciones económicas
aún más cuantiosas.
En consecuencia, los pueblos de la Península y del Nuevo
Mundo se mostraron unánimes en su oposición a los
franceses. La amenaza exter¬na dio mayor relieve a los factores
que los unían: una monarquía, una fe, una cultura,
una sociedad en crisis. Constituían, pues, lo que pronto
llegó a ser conocido como la "nación española",
integrada por la Pe¬nínsula y los reinos ultramarinos.
Como lo recordó Simón Bolívar:
El hábito de la obediencia; un comercio de
intereses, de luces, de religión; una recíproca
benevolencia; una tierna solicitud por la cuna y la gloria de
nues¬tros padres; en fin, todo lo que formaba nuestra esperanza
nos venía de España, De aquí nacía
un principio de adhesión que parecía eterno. 34
Si bien compartían la creencia de que pertenecían
a una sola nación española, los pueblos de España
y América discrepaban en un buen número de asuntos.
No obstante, ni las reformas de los Borbones ni el aumento del
patriotismo americano habían resquebrajado la legitimidad
del sistema ni creado un abismo infranqueable entre los peninsulares
y los americanos. Aunque tales procesos engendraron controversias,
la monarquía española mantenía aún
la flexibilidad suficiente que hubiera resultado en un equilibrio
nuevo.
Es posible que, de no haberlo impedido los acontecimientos euro¬peos,
con el tiempo ambas partes hubieran alcanzado un reacomodo aceptable.
Así, en 1808 España y América respondieron
en forma seme¬jante al colapso de la monarquía. El
pueblo de ambas regiones se unióen lo que toca a las ideas
comunes y buscó soluciones similares a la crisis en marcha.
Inspirados por la revolución intelectual del siglo XVIII
y los cimientos legales de la monarquía, todos acordaron
que, en ausencia del rey, la soberanía se revertía
al pueblo, que ahora contaba con la autori¬dad y la responsabilidad
para defender la nación.
Las noticias acerca de cuatro acontecimientos -la abdicación
de Car¬los IV en favor de su hijo Fernando VII, la renuncia
al trono de la fami¬lia real en Bayona, el levantamiento del
pueblo en Madrid contra los franceses el 2 de mayo de 1808, y
la formación de juntas locales en España- alcanzaron
primero los puertos atlánticos de América en mayo,
junio y julio, para extenderse posteriormente a otras regiones
del conti¬nente. La situación desorientó a las
autoridades reales. ¿Quién mandaba en España?
¿Quién, si es que había alguno, debía
ser obedecido? ¿Qué debería hacerse? Los
americanos de todas las clases y razas se mostraban unánimes
en dar pruebas de su fidelidad a Fernando VII, su oposición
a Napoleón y su determinación de defender sus patrias
de los franceses.
A medida que fueron desarrollándose los sorprendentes aconteci¬mientos
en Europa, se hizo claro que, dependiendo de sus intereses particulares,
los diversos grupos estaban en favor de soluciones dife¬rentes.
Las autoridades reales de América se encontraron en una
posi¬ción delicada, pues todos debían su nombramiento
a Godoy, quien ahora se encontraba desacreditado y, además,
era sospechoso de trai¬ción, de acuerdo con muchos
americanos. La prensa que llegaba de España y Gran Bretaña
trazaba una situación compleja y en pleno des¬arrollo
que oponía al pueblo español con los funcionarios
reales.
Las autoridades constituidas en la Península
habían reconocido la abdicación de la familia real
en favor de Napoleón, mas el pueblo de España rehusaba
aceptar el cambio de dinastía. Como habían recibido
su mandato del rey, los funcionarios reales en América
carecían de autoridad, a menos que reconocieran al nuevo
gobierno establecido en España, ya fuera José Bonaparte
o alguna entidad aún desconocida. Unos cuantos funcionarios
en el Nuevo Mundo, al igual que sus contra¬partes en la Península,
estaban en favor de los franceses; pero la mayo¬ría
prefería aguardar, con la esperanza de que la nueva información
los ayudara a tomar la decisión acertada.
Al principio, la incertidumbre política creada por el colapso
de la monarquía dio a los americanos en favor de un mayor
control local, quienes, por lo común -mas no exclusivamente-
eran las élites urba¬nas, la oportunidad de presionar
para lograr el autogobierno. Tal ten¬dencia surgió
de manera más clara en la Nueva España. Las noticias
de los acontecimientos que ocurrían en la Península
llegaron a México en junio y julio de 1808. Por todo el
reino, el pueblo manifestó su apoyo a Fernando VII, así
como su oposición a Napoleón. La capital y las ciuda¬des
principales de provincia efectuaron celebraciones en honor al
rey, lo que constituyó, en opinión de Hira de Gortari,
una breve catarsis colectiva que alivió instantáneamente
los pesares y recla¬mos; así las fiestas permitieron
olvidar momentáneamente los sentimientos de incertidumbre
y temor provocados por la ocupación francesa del territo¬rio
españo1.35
Pese a la muestra de unidad, la nueva situación
dividió a las clases al¬tas. La mayoña de los
españoles europeos deseaba contemporizar o bien reconocer
a alguna autoridad en España. Numerosos criollos, como
los regidores Juan Francisco de Azcárate, Francisco Primo
de Verdad y el marqués de Uluapa; el alcalde del Crimen
de la audiencia, Jacobo Vi¬llaurrutia, y ciudadanos prominentes
como el conde de Medina, el con¬de de Regla y el marqués
de Rayas, estaban en favor de la autonomía.
El 19 de julio de 1808 el ayuntamiento de México, en el
que dominaban los americanos, propuso al virrey José de
Iturrigaray una resolución en la cual se le pedía
que permaneciera provisionalmente a cargo del go¬bierno. El
ayuntamiento justificó su posición con base en la
tradicional teoría política; al respecto, Iturrigaray
recordaba que por su ausencia [la del rey] o impedimento, reside
la soberanía representada en todo el reino y las clases
que lo forman, y con más particularidad en los tribunales
superiores que lo gobiernan, administran justicia y en los cuerpos
que llevan la voz pública.36
De acuerdo con el ayuntamiento, los representantes
de la nación eran los grupos y entidades que en forma tradicional
poseían el derecho a la representación ante las
cortes españolas. Tan pronto se enteraron de la propuesta
del ayuntamiento de México, otras ciudades, como Querétaro
y Valladolid, solicitaron que se convocara a un congreso de ciudades.
El virrey Iturrigaray pareció estar de acuerdo con los
razonamientos de los americanos. El 1º de septiembre de 1808
solicitó que los ayunta¬mientos de Nueva España
nombraran a sus representantes para efectuar una reunión
en la capital. El Real Acuerdo, compuesto por españoles
europeos, se opuso a la convocatoria de un congreso de ciudades.
En lugar de ello, el virrey convocó a cuatro reuniones
de las principales corporaciones de la ciudad de México
-la audiencia, el ayuntamiento, el consulado, el gremio minero,
los militares, los tribunales especiales, la universidad, los
monasterios de Guadalupe, Santo Domingo y el Car¬men, la nobleza
y los gobernadores indios de las parcialidades capitali¬nas-,
que se efectuaron el 9 y el 31 de agosto, así como y el
1º y e1 9 de septiembre y cuyo fin era aconsejado. Se trataba
en suma de un organismo muy parecido al recomendado por el ayuntamiento,
pero circunscrito a la capital.
Las reuniones fueron turbulentas. Los representantes de las juntas
de Sevilla y Oviedo, recién llegados, competían
entre ellos por su recono¬cimiento como la autoridad legítima
de España. El virrey rechazó sus demandas cuando
afirmó: "La España está en anarquía,
todas son juntas supremas y así a ninguna se debe obedecer".
Aunque las sesiones no llegaron a resolución alguna, sí
convencieron a los gachupines de que el aparente apoyo de Iturrigaray
a los autonomistas americanos amena¬zaba su posición
en el virreinato. Las noticias llegadas de España en el
sentido de que en Cádiz las turbas habían hecho
a un lado a las perso¬nas que Godoy había nombrado
para desempeñar los cargos públicos, llamándolos
colaboradores de los franceses, sólo contribuyó
a aumen¬tar la preocupación de los peninsulares, quienes
no estaban dispuestos a permitir que la élite americana
cumpliera su deseo de autogobierno. Momentos antes de la medianoche
del 16 de septiembre de 1808, un grupo pequeño de españoles
dirigidos por Gabriel Yermo arrestó al vi¬rrey. A las
dos de la madrugada, inmediatamente después del golpe,
el arzobispo y la audiencia aprobaron suspender del cargo a Iturrigaray
y nombraron virrey en funciones a Pedro Garibay, mariscal de campo
de 80 años de edad. Posteriormente, los conspiradores arrestaron
a los di¬rigentes del movimiento en favor de la autonomía
Y Aunque los penin¬sulares dominaron el virreinato, su golpe
de Estado echó por tierra la legitimidad en la Nueva España,
pues sus actos convencieron a algunos americanos de que sería
necesario recurrir a la fuerza para asegurar sus derechos como
ciudadanos de la monarquía española.
La crisis en la Península provocó también
divisiones en Venezuela, re¬gión que se había
caracterizado por sus relaciones relativamente armo¬niosas
entre los grupos de la élite. Antes, en 1806, Francisco
de Miranda, revolucionario inveterado, convenció a los
británicos de que el mo¬mento de la invasión
a Caracas estaba ya maduro; con el apoyo de los británicos,
intentó en dos ocasiones invadir Venezuela: la primera
vez en abril, empleando tres embarcaciones y J 50 hombres, y la
segunda en agosto, con 10 buques y 500 soldados. En ninguna de
las dos ocasio¬nes el pueblo de la zona mostró apoyo
a los británicos o a Miranda.38 Sin embargo, los habitantes
de la capitanía general de Venezuela temían que
tales ataques y el asalto posterior al Río de la Plata
fueran indicios de una eventual invasión británica
en gran escala en la región. En efec¬to, Gran Bretaña
preparaba una invasión a Sudamérica en la que parti¬ciparían
10000 hombres, pero los franceses que ocupaban España hi¬cieron
que aquélla cambiara sus planes.
La noticia de los acontecimientos ocurridos en España aumentó
el sen¬timiento de incertidumbre en Venezuela. El ayuntamiento
de Caracas reconoció, ansiosamente, el acceso al trono
de Fernando VII el 9 de ma¬yo de 1808. Entonces, el 15 de
julio, el barco francés Serpent trajo consi¬go documentos
provenientes del Consejo de Indias en los que se infor¬maba
al capitán general y gobernador, Juan de Casas, que los
monarcas de España habían abdicado, que el nuevo
rey era José I y que se requería a todos los funcionarios
que juraran obediencia al nuevo monarca.
37 Virginia Guedea, Criollos y peninsulares en 1808: dos puntos
de vista sobre lo español (tesis de licenciatura, Universidad
Iberoamericana, 1964); Enrique Lafuente Ferrari, El virrey Iturrigaray
y los origenes de la Independencia de México (Madrid: Instituto
Gonzalo Femández de Oviedo, 1941).
35 Caracciolo Parra Pérez, Historia de la primera República
de Venezuela, 2 vols. (Madrid: Edi¬ciones Guadarrama, I959),
1, 231-264.
78
LA REVOLUCIÓN EN EL MUNDO ESPAÑOL
Casas, que era un francófilo, hubiera reconocido
a José; mas el senti¬miento popular era tan hostil
a los franceses y tan leal a Fernando VII que, en lugar de lo
anterior, convocó a una junta de notables el 17 de julio
con el fin de discutir lo que debía hacerse.
La reunión puso de relieve las divisiones existentes en
el interior de la élite. La audiencia, dominada por los
peninsulares, se mostró favora¬ble a mantener el statu
qua en tanto que el ayuntamiento, en el que predominaban los americanos,
quería establecer un cuerpo gobernante local. Tras intensos
debates se decidió esperar la llegada de más no¬ticias
provenientes de España antes de proceder a los actos. Diez
días después, cuando se supo de la formación
en España de juntas provin¬ciales, el capitán
general Casas propuso establecer "una Junta a ejemplo de
la de Sevilla". El ayuntamiento contestó recomendando
la creación de una junta integrada por 18 personas que
incluyera a las autoridades civiles, eclesiásticas y militares
y a los representantes de los comercian¬tes, así como
a los hacendados, el clero, la universidad, el colegio de abogados
y el pueblo.
El temor a una posible conspiración republicana, sin embargo,
con¬venció a Casas de rechazar la propuesta a principios
de agosto, y en lu¬gar de aquélla confió en
mantener el sta tu qua. No obstante, las élites, tanto
peninsulares como criollos, mantuvieron su posición en
favor del establecimiento de una junta. El 24 de noviembre entregaron
una peti¬ción avalada por 48 firmas en la que solicitaban
la instalación de tal cuerpo. Aunque los peticionarios
representaban a la élite de Caracas, que incluía
a muchos españoles, Casas respondió arrestando a
todos los firmantes. Si bien algunos fueron puestos en libertad
en corto plazo, otros permanecieron bajo arresto domiciliario
hasta mayo de 1809. Los actos de Casas impidieron la integración
de una junta local moderada, y provocaron también bastante
descontento, que más tarde aparecería con mayor
radicalidad.39
Los acontecimientos en Europa afectaron también profundamente
al alguna vez aislado virreinato del Río de la Plata. Buenos
Aires, igual que Caracas, había sido objeto de una invasión.
Durante la guerra reciente entre Gran Bretaña, Francia
y España, una fuerza expedicionaria britá¬nica
al mando de Home Popham cruzó el Atlántico, desde
el cabo de Buena Esperanza, y tomó Buenos Aires el 27 de
junio de 1806. El mar¬qués de Sobremonte, quien era
el virrey, se refugió en el interior del país; pero
los vecinos del lugar, europeos y americanos, organizaron milicias
con el fin de defender el reino. Dirigidas por Santiago Liniers,
militar francés al servicio de España, las milicias
de Buenos Aires derro¬taron a los británicos el 12
de agosto, capturando a 1 200 hombres, entre ellos a su jefe.
Con el apoyo de un cuerpo militar compuesto por casi 8000 hombres,
todos americanos, Liniers se convirtió en el coman¬dante
militar de Buenos Aires.
La euforia de los porteños fue de corta duración:
un segundo cuerpo militar británico, más poderoso,
capturó la ciudad fortificada de Monte¬video, situada
al otro lado del estuario del Río de la Plata, frente a
Bue¬nos Aires, e13 de febrero de 1807. Una vez más
había fracasado el virrey Sobremonte y, en respuesta a
las demandas populares, la audiencia or¬denó su deposición
y arresto, y nombró a Liniers capitán general.
Aunque poco com |