Historia de México
1492-1992
La interminable Conquista

Compilador: Joaquín Mortiz
Editorial Planeta ISBN 968-27-0402-2
Roberto García
¿Qué es el indio?
Gentes y criaturas
“Al cumplirse el cuarto siglo desde que un
hombre de Liguria, con los auspicios de Dios, arribó el
primero a las ignotas playas de allende el Océano Atlántico,
las gentes se regocijan y celebran la memoria de tan grato acontecimiento
y enaltecen a su autor. [...]
Por obra suya, del seno del inexplorado Océano emergió
otro mundo; innumerables criaturas salieron del olvido y las tinieblas
para ser restituidas a la sociedad común del género
humano, cambiando sus hábitos salvajes por mansedumbre
y humanidad. [...]
Se aparecían a su ánimo [de Colón] ingentes
multitudes sumidas en lamentables tinieblas, ritos insanos y supersticio-nes
idolátricas. Gran miseria es el vivir con hábitos
y costumbres salvajes; pero mayor miseria aún el no tener
noti-cias de las cosas trascendentales y permanecer en la ignorancia
del único y verdadero Dios. Movido su ánimo por
estas cosas, su ferviente deseo fue extender por Occidente el
pueblo cristiano y los beneficios de la caridad cristiana."
De un lado "gentes" y del otro "criaturas"
ignorantes, sumergidas en "lamentables tinieblas, ritos insanos
y supersticiones idolátricas". Esta visión
maniquea del mundo y de su elemento humano no data del siglo XV
sino del año 1892. Es parte de la "Epístola
de su Santidad nuestro Señor León, por la Divina
Providencia Papa XIII, a los arzobispos y obispos de España,
Italia y ambas Américas", escrita con motivo de las
celebraciones del "IV Centenario del Descubrimiento de América"(l).
"Indios" y "negros"
Cuando Cristóbal Colón arribó
a las costas del hemisferio occidental, creyó que había
tocado tierra en la India. Y sin carecer de cierta lógica
infirió que sus habitantes eran "in-dios". Sin
embargo, transcurridos siete años de su muerte, divisó
Vasco Núñez de Balboa en el "istmo de Darién"
el "mar occidental" -tan buscado por Colón en
su cuarto viaje- y quedó establecido el hecho de que la
inferencia del almirante se había basado en una falacia
geográfica.
A pesar de haberse rectificado este error geográfico desde
hace casi medio milenio, se sigue utilizando la falsa inferencia
de Colón, utilizándose el nombre de "indios"
hasta hoy en día. El por qué de esta persistencia
es fácil de entender. Se trata de un mecanismo psico-lingüístico
de dominación social muy útil, que convierte al
"indio" en un ser humano de segunda clase, al igual
que al "negro", es decir a todos aquellos que al primer
mundo le sirven como animales de trabajo o que le resultan superfluos
por no explotables.
Colón demiurgo
No carece de ironía que se festeje a Colón
por el "descubrimiento" de América -que no es
de él-, mientras que sus verdaderas hazañas no encuentran
el reconocimiento debi-do en los monumentos ni en las celebraciones
de la historia oficial. Y estas hazañas no son nada despreciables.
El genovés cambió el plan bíblico de la génesis
considerablemente, al generar las condiciones para crear el establecimiento
del Primer y Tercer Mundo. Esto sucedió de la siguiente
manera:
Los europeos ya habían "descubierto" al sur del
"viejo mundo" un continente lleno de "negros".
Y ahora el "hombre de Liguria, con los auspicios de Dios",
había "descubierto" un nuevo continente en el
hemisferio occidental con abundantes "indios". Era cuestión
de sentido común que las élites de poder europeas,
experimentadas en siglos de guerra fraticida y de rapiña,
armadas con la lógica política de Maquiavelo y la
amoral e insaciable codicia mercantilista, llegasen a la conclusión
de que había que poner a trabajar a "indios"
y "negros" para el propio bien y el progreso de la civilización.
Los europeos entendieron entonces que en este mundo se podía
vivir bien poniendo a trabajar a los demás y expropian-do
sus riquezas. Cuando llegaron al África dijeron: "esos
van a laborar para nosotros" y cuando desembarcaron en Amé-rica
repitieron el veredicto / sentencia. Y de esta manera nació
el próspero comercio mundial con el "oro negro"
de África, el "oro blanco" (azúcar) y
los metales preciosos de América por las baratijas y productos
mercantiles de Europa.
El "indio": una especie de fantasma
No existían en el hemisferio occidental "indios",
como tampoco había en África "negros".
Ni uno solo de ellos. Mas el interés de explotación
de los colonizadores exigía su existencia y de este modo
fueron creadas las especies fantasmas de "indios" y
"negros".
"Indios", "negros", "indígenas"
etc. son, como mostraron Franz Fanón y Jean Paúl
Sartre en brillante reflexión, el producto necesario del
proceso de colonización: ni ser humano ni animal, sino
un término medio entre ambos. En el lenguaje brutal-revelador
del fascismo: Untennenschen (infrahumanos), que en su totalidad
constituyen los pueblos marginales (Randvoelker) que sirven a
los pueblos dominantes (Herren-vólker) del Primer Mundo
como esclavos de trabajo.
"Indios" y "negros" nacieron de la dialéctica
de la explotación. Los invasores europeos requerían
bestias de trabajo para minas y plantaciones. De ahí que
los seres humanos encontrados no podían ser tratados como
tales. Tenían que ser destruidos en su identidad y dignidad
humana.
Por otra parte era imprescindible mantener un mínimo de
capacidad racional de producción que garantizara un superior
valor de uso del "indio" frente al animal de trabajo.
De esta dialéctica nacieron, en una metamorfosis kafkiana,
el "indio" y el "negro".
Un parangón histórico nos ilustra acerca de este
importante aspecto: en la economía esclavista romana se
diferenciaba entre el instrumentum mutum, el instrumentum semivocale
y el instrumentum vocale, referiéndose estas categorías
a la herramienta, los animales (de uso) y los esclavos; en esta
escala, el esclavo era el "más perfeccionado de los
instrumentos" o sea, una cosa con voz. Esta práctica
de la cuna de la civilización europeo-cristiana fue extendida
al "nuevo mundo", adaptándose y perfeccionándose
según las exigencias de la explotación colonial.
La continuidad del discurso respectivo muestra, más que
todos los sermones dominicales y solemnes declaraciones de los
políticos apologéticos del Primer y Tercer Mundo,
que sustancialmente no ha cambiado nada, que el hecho fundamental
de la degradación y explotación de estos pueblos
sigue en pie.
La internalizacion de la opresión
Y tampoco ha cambiado mucho en la opresión
internalizada en las cabezas de los "indios" que se
identificaron con el término peyorativo impuesto, integrando
el estigma como parte -no comprendida- de su identidad. Los conquistados
llevan al conquistador en sí.
"Indio" no representa -como pretenden los ensueños
románticos pequeñoburgueses de tantos ciudadanos
del Primer Mundo y las ilusiones obsoletas de muchos-antropólogos
sociales metropolitanos- la auténtica cultura originaria
pre-europea, más pura y más humana que ésta,
sino que es el producto sincretista, en rigor, Frankensteiniano,
que resultó del terrorismo de Estado de los invasores:
el infrahumano (underman) como "el hombre que está
debajo de los standards de capacidad y adaptabilidad impuestos
por el orden social en que vive" (2), es decir, del orden
social que le fue impuesto por los conquistadores.
Mestizaje y enajenación
El "indio" es, etnolingüísticamente,
el producto del "mestizaje", id est, de la imposición
del vencedor, al igual que el mestizo como entidad biológica
es ontogenéticamente el producto de la violación
física y apropiación de facto de las mujeres americanas.
La función psico-social del término corresponde
a la función de la "estrella de David" usada
durante el nacional-socialismo en Alemania. Esto evidencia nuevamente
el continuismo de 500 años de relaciones sociales de dominación,
de privación material y destrucción psico-cultural.
Obviamente, el nombre y auto-nombre "indio", son sólo
síntomas de un síndrome de dominación. No
carece de cierta comicidad, cuando los bien-intencionados habitantes
del Pri-mer Mundo admiran la vestimenta de las "cholas"
bolivianas o el sombrero de ciertas etnias ecuatorianas como algo
auténticamente "indio", sin tener conciencia
del hecho de que, por ejemplo, el sombrero de los últimos
es originalmente italiano, y fue introducido por los españoles
en el siglo XVI.
Otro tanto ocurre, cuando en la música "india"
de México aparecen trompetas o en la de la Amazonia peruana
guitarras -ambos instrumentos musicales que pertenecen a la cultura
dominante europea- o cuando determinados bailes del folklore,
que son sátiras sobre los conquistadores, son identificados
como "indígenas".
"Indígenas, naturales y aborígenes"
Cuando los vencedores no quieren hablar de "indios",
esos "abortos de la especie humana", como decía
el Abad Luigi Brenna (3) -como sucede a veces entre intelectuales
liberales del sector cultural- prefieren utilizar el término
"indígenas" y nos aclaran que se trata de una
categoría etimológica y semánticamente correcta
y no discriminatoria. Esta categoría tiene, en efecto,
un carácter descriptivo-objetivo, pero sólo in abstracto.
Al ser utilizada en los contextos concretos neo-coloniales, pierde
su "inocencia". Y para entender esto, no necesita el
lector someterse a un profundo análisis lingüístico.
Basta con dirigirse a un ciudadano del Primer Mundo, o sea, de
los pueblos dominantes, y llamarlo "indígena"
y su reacción demostrará, inmediatamente, en qué
contextos el término opera como categoría objetiva
y cuándo se trata de un término peyorativo.
"Los naturales" es otro sinónimo para "indígenas"
e "indios". En este concepto queda aún más
clara la relación opresiva. La diferencia específica
entre hombre y naturaleza consiste precisa-mente, en que el primero
es una entidad dotada de razón y de capacidad de trabajo
racional-sistemático pre-planeado. Al categorizar un grupo
de seres humanos como "naturales" o "nativos",
son excluidos de la clase lógica y, en consecuencia, real,
de los seres humanos: se vuelven parte del reino de la naturaleza
de Hegel, extensión del sector no-espiritual del universo.
"Aborígenes" es otra categoría que cumple
la función de mantener vivo el discurso neocolonial y las
relaciones socia-les que lo sostienen. Activa asociaciones de
pre-historia y de paleontología que perpetúan la
percepción de los pueblos colonizados como antropoides
en lugar de seres humanos.
Los ejemplos para mostrar la persistencia del discurso chauvinista
y neocolonial son casi ilimitados: nuevo mundo, caciques, chief,
tribu etc., son sólo algunos de los baluartes psico-lingüísticos
de una línea de defensa neocolonial invisible, erigida
por los afortunados ganadores del sistema de 1492 en nuestras
cabezas.
El "Pequeño Larousse" y
la "Real Academia"
Son innumerables las manifestaciones de este discurso
neo-colonial. Basten dos ejemplos bien ilustrativos: en el Pequeño
Larousse Ilustrado, que según los editores, "no es
-no puede ser en ningún caso- instrumento de ninguna propaganda",
se define a los apaches de la siguiente manera: “Apache:...
Individuo de una tribu de pieles rojas, célebres por su
astucia ". (4)
Por su parte, en el Diccionario de la Lengua Española,
editado por la Real Academia Española, se lee bajo la entrada
"apache": "Dícese de ciertos indios salvajes
y sanguinarios que habitaban en los confines del noroeste de la
antigua provincia de Nueva España" (5).
El contenido abiertamente racista y propagandístico de
estos textos que constituyen, repito, sólo unparspro foto,
no requiere de comentarios. Ilustra, empero, la necesidad imperativa
de enfrentarse al eurocentrismo y chauvinismo primermundistas,
en general, y considerar este campo como uno de los frentes de
lucha principales en el trabajo emancipador hacia 1992.
1992 como oportunidad histórica
En este contexto podría pensarse en una reunión
continental de las organizaciones indígenas en 1992, financiada
por la ÜNESCO, en la cual ellas discutan y decidan el nombre
genérico suyo y, posiblemente también de "América".
Otros aspectos de este trabajo podrían abarcar la repatriación
del patrimonio cultural expropiado, el uso regional de las lenguas
"indígenas" vigentes como segundo idioma oficial,
etc. La rehabilitación de estos pueblos re-quiere un trabajo
serio y bicontinental, y 1992 ofrece una coyuntura histórica
que debería aprovecharse para avanzar este proceso de rehabilitación
y justicia.
1) "Epístola de su Santidad nuestro
Señor León, por la Divina Providencia Papa XIII,
a los arzobispos y obispos de España, Italia y ambas Amórteos",
en: Acta Sanctac Sedis, Romae, 1892-93; cit. en: América
la Patria Grande, No. 3,1989, p. 18
2) Lothrop Stoddard, The Revolt against Civilizatíon,The
Menace of the Under Man, New York 1922, p. 23.
3) Diario de Literatos, vol LVII, Pisa, 1785 reproducida en Europa
y Amerindia, Éd. Abya Yaia, Quito, 1986, p. 21.
4) Pequeño Larousse Ilustrado, Ed. Larousse 1978, Méx.
5) Diccionario de la Lengua Española, ed. por la Real Academia
Española, 19. Ed., Madrid 1970, p. 99
Gioconda Belli
Porque aún lloramos
"Después de varios meses de recios combates,
uno tras otro morían los guerreros. Vimos nuestras aldeas
arrasadas, nuestras tierras entregadas a nuevos dueños,
nuestra gente obligada a trabajar para los encomenderos. Vimos
a los jóvenes púberes separados de sus madres, enviados
a trabajos forzados, o a los barcos desde donde nunca regresaban.
A los guerreros capturados se les sometía a los más
crueles suplicios; los despedazaban los perros o morían
descuartizados por los caballos.
Desertaban hombres de nuestros campamentos. Sigilosos desaparecían
en la oscuridad resignados para siempre a la suerte de los esclavos.
Los españoles quemaron nuestros templos: hicieron hogueras
gigantescas donde ardieron los códices sagrados de nuestra
historia; una red de agujeros era nuestra herencia.
Tuvimos que retiramos a las tierras profundas, altas y selváticas
del norte, a las cuevas en las faldas de los volcanes. Allí
recorríamos las comarcas buscando hombres que quisieran
luchar, preparábamos lanzas, fabricábamos arcos
y flechas, recuperábamos fuerzas para lanzamos de nuevo
al combate.
Yo recibí noticias de las mujeres de Teguzgalpa. Habían
decidido .no acostarse más con sus hombres. No querían
parirle esclavos a los españoles.
Aquella noche era de luna llena, noche de concebir. Lo sentí
en el ardor de mi vientre, en la suavidad de mi piel, en el deseo
profundo de Yarince.
Regresó de la caza con una iguana grande, color de hojas
secas. El fuego estaba encendido y la cueva iluminada de rojos
resplandores. Se acercó después de comer.
Acarició el costado de mi cadera. Ví sus ojos encendidos
en los que se reflejaban las llamas de la hoguera. Quité
su mano de mi costado y me resbalé más lejos, hacia
el fondo de la cueva. Yarince vino hacia mi creyendo que se trataba
de un juego para excitar más su deseo. Me besó sabiendo
cómo sus besos eran pulque jugoso en mis labios: me emborrachaban.
Lo besé. En mi surgían imágenes: agua de
los estanques, tiernas escenas, sueños de más de
una noche, un niño guerrero, rebelde, inclaudicable, que
nos prolongara, que se pareciera a los dos, que fuera un injerto
de los dos cargando las mas dulces miradas de ambos.
Me aparté antes de que sus labios me vencieran.
Dije: "No, Yarince, no". Y luego dije "no"
de nuevo y dije lo de las mujeres de Teguzgalpa, de mi tribu:
no queríamos hijos para las encomiendas, hijos para las
construcciones, para los barcos, hijos para morir despedazados
por los perros si eran valientes y guerreros.
Me miró con ojos enloquecidos. Retrocedió. Me miró
y fue saliendo de la cueva, mirándome cual si hubiera visto
una aparición terrible. Luego las ramas de la hoguera,
muriéndose encendidas.
Más tarde escuché los aullidos de lobo de mi hombre.
Y más tarde aún, regresó arañado de
espinas.
Esa noche lloramos abrazados, conteniendo el deseo de nuestros
cuerpos, envueltos en un pesado rebozo de tristeza.
Nos negamos la vida, la prolongación, la germinación
de las semillas.
¡Cómo me duele la tierra de las raíces sólo
de recordado!
No sé si llueve o lloro". *
Quizás mi primer contacto con las rebeliones
indígenas tuvo lugar una tarde, antigua ya en mi memoria,
en que mi abuelo materno me relató, en el viejo corredor
de su casona colonial en León, Nicaragua, la historia de
la princesa Xotchitl Acatalt -Flor de Caña- hija del poderoso
cacique de los Subtiava: Agateyte. La princesa se había
enamorado de un gallardo capitán español, quién
le había enseñado el dominio de los caballos. Juntos,
los amantes galopaban en las tardes causando la admiración
de nativos y recién llegados. Españoles y subtiavas
habían sostenido hasta entonces relaciones amigables. Sin
embargo, el momento llegó en que las ansias de dominio
de los Conquistadores los llevaron a querer subyugar a Agateyte
y su pueblo. El amante conspiró contra el suegro y una
noche, al mando de sus tropas se lanzó al ataque contra
el palacio del Cacique que ardió hasta sus cimientos. En
el medio de la batalla, la princesa Xotchilt Acatalt, armada de
arco y flecha, salió montada sobre el caballo que el traicionero
amante le regalara, lo buscó entre los soldados y le disparó
una flecha que le atravesó el corazón mientras ella
gritaba: "Muere traidor de mi padre, ladrón de mi
honra, asesino de mi pueblo". Tras haber consumado su venganza,
la princesa Flor de Caña se lanzó a las llamas de
su palacio encendido.
Mi abuelo tenía el don de contar vívida mente historias
y leyendas. La de la princesa Flor de Caña se quedó
grabada en mi imaginación de niña, hasta el punto
que, cuando sola en mi cama, de noche, la revivía, lloraba
imaginándome el terrible dolor de la princesa traicionada.
Desde entonces, mi infancia y temprana adolescencia estuvieron
signadas por la fascinación por el legado indígena.
Mientras viajaba en vacaciones a distintos lugares de Nicaragua,
me quedaba absorta mirando túmulos vegetales e irregularidades
del terreno, imaginándome que escondían ruinas de
la civilización arrasada de mis ancestros.
Después, he visitado cementerios indígenas, sitios
sagrados, he asistido a excavaciones cerca del Lago de Granada...
las estatuas, los fragmentos de cerámica pintados de rojo
y negro, los incensarios, me han hablado del dolor de una cultura
forzada a la sumisión y condenada por ignorancia al exterminio.
Muchas disquisiciones intelectuales se pueden y deben hacer alrededor
de la sumisión de los territorios americanos por los europeos
en este Quinto Centenario. Para mí, sin embargo, esta discusión
a pesar del tiempo transcurrido y -me atrevería a decir-
por fortuna, aún no ha trascendido el plano de lo afectivo.
Siempre me llama la atención la airada forma en que reaccionan
los españoles, cuando los americanos lamentamos la política
de tierra arrasada de la "Conquista". Tan visceral es
su reacción como la nuestra. Pareciera que estuviésemos
refiriéndonos a una disputa moderna, a sucesos recientes.
Quizás ellos quisieran que nosotros fuéramos capaces
de ver estos hechos a distancia, que fuéramos capaces de
apreciar los resultados juzgando el pasado a través del
presente, saboreando nuestro español, por ejemplo, la lengua
por cuyo legado Pablo Neruda perdonaba a los bárbaros conquistadores
en "Confieso que he vivido".
Estamos ante un hecho que tendrá distintas lecturas según
el grado de desarrollo de las sociedades "conquistadas".
Los ciudadanos de Estados U nidos, usurpadores del apelativo "americanos"
para auto-denominarse, no tendrán problemas para celebrar
Columbus Day con bombos y platillos, siendo como son, en su mayoría
inmigrantes europeos, tan ajenos al dolor ancestral, como lo son
a las condiciones de vida de los native Americans en sus reservaciones.
La paradoja es que, para los Latinoamericanos, el presente no
es un resultado amable que pueda balancear positivamente el saldo
rojo de los años de sumisión. Al contrario, la mayoría
de los pueblos de latinoamérica, frente a un presente y
un pasado histórico inmediato de neo-colonialismo y de
dominio del imperio moderno del Norte con su mass-media culture,
vuelve los ojos hacia atrás, hacia su pasado indígena,
para encontrar en él un sentido de identidad, de valor
propio. Aún seguimos resistiendo "colonias" de
diversos tipos y añorando los tiempos en que nos fue dado
florecer dentro de culturas nativas, autóctonas, nuestras.
España se defiende de nuestro dolor, argumentando que no
fué tan cruel como Inglaterra, que convivió y se
mezcló con nuestras sangres dando lugar al mestizaje. Yo
diría que quizás la diferencia cualitativa estuvo
dada más bien por el nivel de desarrollo de las culturas
indígenas al norte y al sur del Río Bravo. Si los
ingleses destruyeron culturas aún nómadas, los españoles
tuvieron que vérselas con culturas establecidas y con un
alto grado de desarrollo; con un Tenochtitlan y un Machu Pichu.
De allí también la resistencia secular de Latinoamérica
al mismo mestizaje, que hace que aún ahora sintamos que
somos pueblos en busca de la recuperación de nuestra verdadera
identidad.
La pervivencia de esta lucha, expresada en el contenido antiimperialista
de nuestras innumerables batallas, es lo que impide que contemplemos
impávidos y de forma desapasionada la "celebración"
del inicio de siglos de coloniaje y sumisión para nuestros
pueblos. No podemos hacerlo cuando aún persiste el peligro
de muerte por atrevemos a ser quienes somos, cuando aún
la mayoría de los habitantes del continente americano,
no hemos podido gritar "Tierra"; no se nos ha dado "descubrir"
la auténtica América nuestra; cuando el tiempo del
dolor y las lágrimas sigue siendo el tiempo presente.
*Fragmento de la novela de Gioconda Belli "La
mujer habitada", Parte correspondiente a la reflexión
de "!tzá", personaje indígena. Lo referido
por Itzá está basado en un período de la
rebelión indígena en Nicaragua en que los indios,
según López de Gomara: "...no dormían
con sus mujeres para que no pariesen esclavos de españoles..."
(tomo 1, p.346)